Imagina la situación: te levantas de la cama y sientes que tu pie se hunde en el suelo. Vas hacia la cocina y los suelos se curvan o se levantan o cuando intentas ir de una habitación a otra, el pasillo se convierte en un túnel de varios kilómetros de largo y además es como si estuvieras caminando sobre esponjas, las baldosas o el parqué se han convertido en algo blando que se hunde bajo tu peso. Angustiado, vuelves a la cama y te tumbas, te miras la mano, y ves que los dedos se extienden cientos de metros en la distancia, hacia el horizonte. Decides salir de casa, bajas a la calle y ves los coches como si fueran miniaturas, esos cochecitos con los que jugábamos de niños mientras que a ti mismo te ves gigantesco. Sin embargo, al llegar al trabajo, la silla parece enorme y tú pareces haber encogido, incapaz de adaptarte a ese asiento desproporcionado, de hecho, no sabes cómo subirte a esa silla. Parece que miras el mundo con una lupa o con un catalejo. Lo que tienes se llama síndrome de Alicia en el País de las Maravillas.

El síndrome de Alicia en el País de las Maravillas (SAPM) fue descrito por primera vez en 1952 por C.W. Lippman. En la publicación original Lippman hablaba de un paciente que sentía que su oído se había hinchado y abultaba 20 centímetros y de otro que sentía que su cuerpo estaba dividido en dos por una línea vertical y que el lado derecho era el doble de grande que el izquierdo. El síndrome se define como un cuadro de trastornos complejos de la percepción visual, como alteraciones en la forma, tamaño, color y situación espacial de los objetos. También es característica la distorsión de la imagen corporal (metamorfosia),de todo el cuerpo o especialmente de manos y cabeza, siendo más común el aumento de tamaño de estas partes del cuerpo (macrosomatognosia) que la disminución (microsomatognosia) que también aparece en algunos casos. Aunque la visión del paciente funciona normalmente, la gente, los coches, los edificios, los objetos parecen ser mucho más pequeños (micropsia) o más grandes (macropsia) de lo que en realidad son y las distancias se ven incorrectas: un armario puede parecer que tiene kilómetros de longitud o el suelo estar sorprendentemente cerca.  Otros signos,  como fenómenos de visión invertida, 

palipnosia (imágenes múltiples), prosopagnosia (incapacidad para reconocer rostros) o pérdida de visión estereoscópica (alestesia óptica) son referidos por algunos pacientes. En ocasiones se describe acompañado de episodios de desrealización, despersonalización y alteración de la percepción del tiempo (las cosas parecen suceder demasiado rápido o demasiado lento) o de los sonidos. Los pacientes son conscientes de la naturaleza irreal de sus percepciones, que suceden varias veces al día, y cada episodio tiene una duración en general inferior a tres minutos.

El nombre del síndrome viene de la experiencia de la protagonista del cuento de Charles Lutwidge Dodson, más conocido por su seudónimo Lewis Carroll. En el relato, una niña llamada Alicia se cuela en la madriguera de un conejo y entra en un mundo de fantasía poblado por peculiares criaturas antropomórficas. En el País de las Maravillas, Alicia sufre extrañas experiencias, las cosas desafían a la lógica y su relación con ese territorio interior cambia dramáticamente frente a lo que sucede en el mundo exterior. Recordemos algún pasaje del cuento de Carroll relacionándolo con lo que experimentan las personas que sufren este síndrome neurológico:

Distorsión de la percepción de objetos que no parecen ser del tamaño habitual

Pero, ¡ay!, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave era demasiado pequeña, lo cierto es que no pudo abrir ninguna puerta. Sin embargo, al dar la vuelta por segunda vez, descubrió una cortinilla que no había visto antes, y detrás había una puertecita de esos dos palmos de altura.

Distorsión de la imagen de uno mismo, con aumento o reducción del tamaño del propio cuerpo.

–¡Qué sensación más extraña! –dijo Alicia–. Me debo estar encogiendo como un telescopio, Y así era, en efecto: ahora medía sólo veinticinco centímetros, y su cara se iluminó de alegría al pensar que tenía la talla adecuada para pasar por la puertecita, y meterse en el maravilloso jardín. Primero, no obstante, esperó unos minutos para ver si seguía todavía disminuyendo de tamaño, y esta posibilidad la puso un poco nerviosa. “No vaya a consumirme del todo, como una vela”, se dijo para sus adentros. “¿Qué sería de mi entonces?”.

Y en otro párrafo:

Se levantó y se acercó a la mesa para comprobar su medida. Y descubrió que, según sus conjeturas, ahora no medía más de sesenta centímetros, y seguía achicándose rápidamente. Se dio cuenta en seguida de que la causa de todo era el abanico que tenía en la mano, y lo soltó a toda prisa, justo a tiempo para no llegar a desaparecer del todo.

Y en otro más en el que en vez de disminuir aumenta mucho su tamaño:

–¡Ya basta! Espero que no seguiré creciendo… De todos modos, no paso ya por la puerta… ¡Ojalá no hubiera bebido tanto!¡Por desgracia, era demasiado tarde para pensar en ello! Siguió creciendo, y creciendo, y muy pronto tuvo que ponerse de rodillas en el suelo. Un minuto más tarde no le quedaba espacio ni para seguir arrodillada, y tuvo que intentar acomodarse echada en el suelo, con un codo contra la puerta y el otro brazo alrededor del cuello.

Percepción deformada del cuerpo, con extremidades que se alargan y se alejan

¡Ahora me estoy estirando como el telescopio más largo que haya existido jamás! ¡Adiós, pies! –gritó, porque cuando miró hacia abajo vio que sus pies quedaban ya tan lejos que parecía fuera a perderlos de vista–. ¡Oh, mis pobrecitos pies! ¡Me pregunto quién os pondrá ahora vuestros zapatos y vuestros calcetines!

Los pacientes calculan mal las distancias y se vuelven torpes

Mientras decía estas palabras, le resbaló un pie, y un segundo más tarde, ¡chap!, estaba hundida hasta el cuello en agua salada.

Despersonalización

Estoy segura de no ser Ada –dijo–, porque su pelo cae en grandes rizos, y el mío no tiene ni medio rizo. Y estoy segura de que no puedo ser Mabel, porque yo sé muchísimas cosas, y ella, oh, ¡ella sabe poquísimas ¡Además, ella es ella, y yo soy yo, y…¡Dios mío, qué rompecabezas! (…) Probemos con la geografía. Londres es la capital de París, y París es la capital de Roma, y Roma… No, lo he dicho todo mal, estoy segura. ¡Me debo haber convertido en Mabel!

–Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora –dijo Alicia–, porque yo no soy yo misma, ya lo ve. –No veo nada –protestó la Oruga. –Temo que no podré explicarlo con más claridad –insistió Alicia con voz amable…

Distorsiones en el tiempo

Al lacayo le pareció ésta una buena oportunidad para repetir su observación, con variaciones:

–Estaré sentado aquí –dijo días y días.

Lo cuál no supondría ninguna ventaja –intervino Alicia, muy contenta de que se presentara una oportunidad de hacer gala de sus conocimientos–. Si la tierra girase más aprisa, ¡imagine usted el lío que se armaría con el día y la noche!

Depresión

Y la pobre Alicia se echó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola y muy deprimida.

  Con respecto a las causas del síndrome de Alicia en el País de las Maravillas en un estudio español donde se detallan 20 casos, casi la mitad, nueve, eran de tipo infeccioso (cinco asociados al virus de Epstein-Barr), migraña en ocho, consumo de tóxicos en dos y epilepsia en uno. Es un proceso de naturaleza benigna con resolución espontánea, es decir, desaparece al cabo de unos días y sin recurrencia en la mayoría de los casos. En relación con los tóxicos, comentar que el cambio en la protagonista del cuento se produce a menudo porque va tomando el contenido desconocido de botellitas, algunas de las cuáles tienen una etiqueta que pone “bébeme” y también come setas, que mordiéndolas por un lado le hacen aumentar de tamaño y por otro, disminuir. Alicia comenta sus aventuras y su impresión no es muy negativa:

Casi preferiría no haberme metido en la madriguera del Conejo… Y, sin embargo, pese a todo, ¡no se puede negar que este tipo de vida resulta interesante!

Sin embargo, una persona afectada del síndrome durante un tiempo prolongado comentaba las dificultades de su vida:

Ver el mundo a través de una lupa hace que mi vida cotidiana sea muy difícil. Como no soy capaz de juzgar las distancias adecuadamente, me muevo de una forma muy torpe o sobrecompensada. Es una pelea salir de casa, tengo dificultades para percibir el suelo correctamente, por lo que caminar es algo complejo. Si no lo pienso, va bien, pero tan pronto como lo hago, me encuentro desplomándome o luchando para caminar en línea recta. Cruzar la calle lo vives como algo peligroso, cuando veo venir un coche, no tengo ni idea de qué tamaño es o a qué distancia está.

Sin duda el síndrome ha hecho mi vida infinitamente más desafiante, pero hay una parte que realmente me encantaba: a veces, sobre todo después de despertar, experimentaba un tipo de visión telescópica. Tumbado en la cama, miraba hacia fuera de la ventana y veía a los cuervos volar sobre los árboles a más de cien metros de distancia, pero podía ver lo detalles de cada pájaro y las copas de los árboles como si estuvieran al alcance de mi mano. Este efecto secundario parece que ha desaparecido y casi lo echo de menos.

La descripción del cuento es tan parecida a la realidad del trastorno en los pacientes y hay datos de que el propio Lewis Carroll tenía migrañas, lo que ha llevado a algunos autores a sugerir que él mismo podía estar aquejado de este síndrome pero no hay evidencias al respecto.  Pero sí que ha habido algunos estudios que muestran su presencia en otras personas creativas. Un artículo de Graeme Drysdale plantea que la artista expresionista alemana Käthe Kollwitz podía estar aquejada del síndrome de Alicia en el País de las Maravillas. Aunque parte de su obra se perdió en la guerra, sus pinturas, escritos y esculturas, entre las que destaca su obra Madre e hijo muerto en la Neue Wache de Berlín muestran el sufrimiento debido a la enfermedad, la miseria y la guerra. Su trabajo muestra frecuentemente distorsiones de manos y cabezas y en su diario describe las alucinaciones visuales que que sufría y que le causaban un gran pánico:

Tuve entonces esa horrible sensación de que los objetos empezaban a hacerse más pequeños. Era suficientemente malo cuando se hacían más grandes pero cuando se convertían en más pequeños era horroroso.

 Como vemos, algo alejado de esa atmósfera excitante y divertida que experimenta Alicia, la protagonista del cuento, en ese maravilloso País.

Para leer más:

  • Drysdale, G. (2009). Kaethe Kollwitz (1867-1945): the artist who may have suffered from Alice in Wonderland Syndrome. J. Med. Biography, 17 (2): 106-110.
  • Evans RW, Rolak LA. (2004). The Alice in Wonderland Syndrome. Headache 44:624-625.
  • Hemsley, R. (2008) I have Alice In Wonderland syndrome. The Guardian, 16 de febrero.  http://www.guardian.co.uk/lifeandstyle/2008/feb/16/healthandwellbeing.familyandrelationships
  • Losada-Del Pozo, R., V. Cantarín-Extremera, J.J. García-Peñas, A. Duat-Rodríguez, L. López-Marín, L.G. Gutiérrez-Solana, M.L. Ruiz-Falcó Rojas (2011) Características y evolución de los pacientes con síndrome de Alicia en el País de las Maravillas. Rev. Neurol. 53: 641-648. http://www.neurologia.com/pdf/Web/5311/bg110641.pdf