Es una de las historias más repetidas y peor conocidas de la larga trayectoria de las Neurociencias. En 1953, dos estudiantes de doctorado, James V. McConnell  y Robert Thompson, trabajaban en la Universidad de Texas, utilizando como animal de experimentación unos gusanos aplanados llamados turbelarios o planarias. Las planarias son gusanos del grupo de los platelmintos, de pequeño tamaño, vida libre y en su mayor parte carnívoros. Presentan un sistema nervioso que conecta órganos sensoriales como ocelos, quimiorreceptores ciliados y receptores táctiles con una red de ganglios de neuronas y nervios. La mayor parte de esos ganglios neuronales están en la parte anterior del  animal formando una cierta cefalización. De este cerebro primitivo surgen dos cordones longitudinales ventrales conectados por puentes transversales. El objetivo de McConnell y Thompson era demostrar que las planarias, uno de los animales más primitivos que existen, podían aprender y recordar un estímulo condicionado.

El ejemplo más conocido de condicionamiento clásico son los perros de Ivan Pavlov, el investigador ruso que pudo demostrar que sus animales salivaban instantáneamente al oír una campana, un sonido que se había asociado experimentalmente con la llegada de comida. Thompson leyó su tesis y se marchó a la Universidad del Estado de Louisiana a trabajar con ratas, pero McConnell, que se trasladó a la Universidad de Michigan, siguió con los gusanos planos, a los que había conseguido hacer aprender y recordar cómo navegar un laberinto muy sencillo.

Las planarias tienen una propiedad fascinante, si se les corta por la mitad, tanto la parte de la cabeza como la parte de la cola son capaces de regenerar la mitad que les falta. Es algo asombroso en unos animales que tienen una organización compleja, incluido un sistema nervioso. Entonces McConnell planteó una cuestión crucial: si hemos hecho a una planaria aprender y recordar y la cortamos por la mitad, qué mitad (o ninguna, o las dos) recordará lo aprendido. McConnell formó un equipo, el Grupo de Investigación en Planarias, junto con dos estudiantes y para su sorpresa y disfrute, las colas mostraban tanta retención del aprendizaje memorizado, y en ocasiones más, que las regeneradas a partir del segmento cefálico.

McConnell envió el trabajo para su publicación y después de pelearse con los evaluadores, que ponían fuertes pegas a sus resultados, los publicó en el Journal of Comparative and Physiological Psychology. Los siguientes experimentos fueron igualmente llamativos: si en vez de dos partes, la planaria se cortaba en más segmentos, 3, 4, 5… cada segmento regeneraba un animal y retenía el entrenamiento original. También, en otra serie de experimentos comprobaron que si se repetía varias veces el proceso de corte y regeneración, hasta que el animal resultante no mantenía ninguna zona que hubiese estado en el animal que originalmente había aprendido a navegar el laberinto, éste seguía haciéndolo mejor que los controles.

Estos resultados hicieron postular a McConnell que la memoria era un proceso químico, que se basaba en una sustancia, algo que se mantenía de un animal a otro, aunque todas las neuronas fueran diferentes. Para comprobar esa hipótesis, McConnell necesitaba un sistema que permitiera transferir moléculas desde el animal entrenado a un animal naïve, que es como se llaman los que no han sido sometidos a condicionamiento, el grupo control del experimento. McConnnell intentó trasplantar la cabeza de una planaria entrenada sobre la cola de una sin entrenar pero la cabeza no prendía. El siguiente grupo de experimentos fue pasar por la batidora a una planaria entrenada e inyectar el puré resultante en una recipiente no entrenada pero tampoco funcionaba. Las agujas hipodérmicas eran demasiado grande —decían que era como tratar de pinchar una pasa con una jabalina— y si, por suerte, se le conseguía pinchar o el líquido rezumaba fuera o el gusano estallaba.

El sistema a seguir llegó en marzo de 1960 cuando otro experto en gusanos le escribió a McConnell sobre una especie de planaria que tenía tendencia caníbales: se comía a planarias de su misma especie. McConnell y su equipo realizaron cuatro tandas de experimentos y publicaron en el Journal of Neuropsychiatry, que el experimento funcionaba, que aparentemente el condicionamiento de un gusano pasaba a otro que devoraba al primero. Aquello generó rugidos de escepticismo e indignación en muchos laboratorios.

La identificación del ADN como sustrato de la herencia había favorecido en cierta manera la idea de que la memoria no usaba un almacenamiento eléctrico sino químico. Dando vueltas a las moléculas disponibles con variabilidad suficiente para almacenar muchos recuerdos diferentes, con vidas medias prolongadas, se pensó que podría ser el ARN. Así, el ADN codificaría la información innata y el ARN la información adquirida.

McConnell indicó que había inyectado gusanos naïve con ARN de otros entrenados para moverse en un laberinto señalando que el aprendizaje se había transferido. Él concluyó que estos resultados evidenciaban que memorias específicas estaban codificadas en el sistema nervioso en forma de variantes estructurales únicas de moléculas de ARN.

De nuevo, la comunidad científica tuvo serias dudas sobre esos resultados. McConnell era un científico  muy poco convencional y había fundado su propia revista, el Journal of Biological Psychology. En esta revista publicaba artículos científicos serios y artículos humorísticos relacionados con las planarias. Cuando empezó a recibir críticas por esa mezcla, donde algunos decían que no se distinguía bien qué iba en serio y qué en broma, fundó otra revista, titulada Worm Runner’s Digest, para las sátiras y las bromas y donde puso la portada al final de la revista. Los libreros se indignaban y devolvían los ejemplares del Worm Runner’s Digest diciendo que la gente pensaba que estaban mal encuadernados. En su vida personal McConnell también era particular. Después de investigar pasaba tardes y noches con los estudiantes en sus residencias en sesiones improvisadas de rap. Hacía declaraciones escandalosas  como que en un futuro la humanidad estaría programada por fármacos y drogas y llegó a decir que ya puestos, prefería “ser un programador en vez de un programado”.  En 1964 un artículo del Saturday Evening Post describió su trabajo y sugirió que algún día los hombres serían capaces de “aprender a tocar el piano tomando una píldora o aprobar cálculo con una inyección”. Dos meses más tarde, McConnell llevaba sus planarias al show de Steve Allen, uno de los programas más famosos de la televisión americana. Se había convertido en uno de los tipos de científico con peor fama entre los colegas, aquel que publica cosas dudosas y le gusta mucho la fama.

Para complicar las cosas, el trabajo con las planarias no era fácil de reproducir. Los animales eran difíciles de condicionar y varios grupos de investigación, incluido uno bajo la tutela del premio nobel Mac Calvin informaron de que habían sido incapaces de reproducir los resultados. La comunidad científica o sospechaba de él o directamente le consideraba un farsante.

En una época donde los científicos estaban ocultos en sus laboratorios, McConnell disfrutaba de la atención de los medios. No solo seguía apareciendo con sus gusanos caníbales en la tele, sino que salía en las revistas más difundidas como Time, Newsweek o Life y aceptaba de buen grado que se le apodara, en una variante de su apellido, McCaníbal. Él hacia especulaciones arriesgadas sobre que en el futuro habría píldoras de la memoria o inyecciones que multiplicarían nuestros recuerdos, haciendo profecías que nadie cumplió jamás, pero el éxito mediático fue enorme. A ese impacto se unió la idea del canibalismo, algo que nos eriza todavía la piel y que se juntó con noticias de las atrocidades que estaban sucediendo entonces en África. De hecho, la hipótesis sobre la que trabajaba McConnell se denominó la hipótesis Mau Mau.

La revuelta Mau Mau fue uno de los movimientos precursores de la independencia africana y tuvo lugar en Kenia entre los años 1952 y 1960. Los combatientes Mau Mau pertenecían a la etnia kikuyu y atacaron a colonos, soldados y colaboracionistas. Murieron 32 europeos, unos 200 soldados del ejército británico y tropas auxiliares y, en las operaciones de represalia, entre 12.000 y 20.000 civiles considerados miembros de los Mau Mau. La historia venía de lejos y en 1908 Churchill, que tendría responsabilidad personal en la política de su gobierno en África mostró cierta preocupación sobre lo que su país estaba haciendo en Kenia: “Parece una carnicería… Seguramente no es necesario seguir matando a esa gente indefensa a una escala tan enorme”.  Tras el levantamiento Mau Mau, los colonos ingleses, considerados los más racistas del imperio británico, respondieron con una brutalidad sin límite siendo denominados por el general Erskine como el “Mau Mau blanco”. El gobierno británico, en contra de las leyes internacionales que prohíben los castigos en masa, ordenó trabajos forzados, multas colectivas y siguió con la confiscación de tierras, ganado y otras propiedades. Para doblegar a los combatientes Mau Mau que estaban en las selvas, los ingleses lanzaron más de seis millones de bombas en las zonas arboladas, en aldeas, en cabañas aisladas. En Nairobi y otros centros urbanos detuvieron a decenas de miles de personas, internándoles en campos de concentración donde la tortura y el asesinato se convirtieron en la norma. Se ha llamado el gulag británico. Los medios ingleses impulsaron una guerra psicológica donde se relataban en detalle las atrocidades cometidas por los Mau Mau -a los que se les relacionó con canibalismo, adoración al demonio, brujería y orgías sexuales- que actuaban con una violencia extrema pero no se contaba que los ingleses habían saqueado a la población,  que trataban a sospechosos e inocentes con una crueldad imparable y les habían privado de futuro, propiedades y dignidad. Aún así, para un sistema de memoria que se podía transferir por canibalismo el nombre de hipótesis Mau Mau pareció un término apropiado. El nombre real fue el de Teoría del código molecular de la memoria.

En los años 60, cuatro laboratorios informaron de que habían tenido éxito haciendo transferencias de memoria en ratas, pasar memorias de un animal a otro mediante mediadores químicos. Más de 50 laboratorios incluyendo algunos de universidades prestigiosas como Harvard, Yale, Berkeley o el MIT se incorporaron a la investigación sobre transferencias de memoria. El propio McConnell, tras probar con salamandras y aves, también se puso a trabajar con el animal de experimentación más usado en estudios de Neurociencia en aquel momento, la rata.

De aquellos continuadores de las transferencias de memoria, el más famoso de todos fue Georges Ungar, quien en 1972 publicó que había descubierto una pequeña molécula, llamada escotofobina, que inyectada en ratas inducía miedo a la oscuridad. Según este autor norteamericano de origen francés, cada recuerdo estaba codificado por una serie de moléculas que establecían relaciones entre grupos de neuronas. Ungar realizó un test de aversión a la oscuridad. Para eso, en las jaulas de las ratas se fabricaban dos compartimentos, uno oscuro y otro con luz. El animal recibía una descarga eléctrica cada vez que se iba a “lo oscuro” algo que afortunadamente no sucedía en los pubs de nuestra juventud. Ungar entrenó a unos 6.000 animales y les extrajo los cerebros, juntando de ese modo unos 5 kilogramos de cerebros de rata, un trabajo de proporciones épicas. Fue purificando ese material biológico hasta conseguir aislar una molécula de quince aminoácidos que en teoría transmitía esa aversión a la oscuridad y que fue bautizada como “el recuerdo en un tubo de ensayo”, la escotofobina (de scotos, oscuridad y fobos, miedo). Según Ungar al inyectar la sustancia del cerebro de la rata en un ratón (esto último por consideraciones económicas, los ratones son mucho más baratos que las ratas), el ratón “asumía” o “incorporaba” el miedo a la oscuridad para el que había sido entrenada la rata. El artículo lo publicó la revista Nature después de un año de dudas junto con varias páginas de críticas al artículo, lo que Ungar consideró un ultraje. El investigador a continuación sintetizó la escotofobina en el laboratorio y envió la molécula a todos los laboratorios que se la pidieron (dieciocho al menos). Los resultados no fueron buenos para Ungar: se vio que la molécula solo era activa en ratones estresados, que generaba los mismos efectos no solo para la oscuridad sino para todas las aversiones y que los ratones seguían evitando el compartimento oscuro aunque estuviera iluminado. La idea de la escotofobina la destruyó finalmente Paul Mandel del CNRS de Estrasburgo. No era que el animal recordase nada sino que la molécula, que tenía una composición parecida a las endorfinas o morfinas endógenas, calmaba el estrés de los animales. Ni más ni menos. Los animales con más variaciones emocionales pasaban más tiempo en el comportamiento oscuro. La acción de la escotofobina, que reducía la actividad emocional al disminuir el estrés, podía explicar el acortamiento del tiempo pasado en el compartimento oscuro. Fue el final de la escotofobina, de las ideas sobre la transferencia de memoria y en gran parte de la carrera de Ungar.

McConnell no lo pasó tan mal. Su libro “Entendiendo el comportamiento humano” fue adoptado como texto básico en más de 700 facultades y vendió más de un millón de copias. Se hizo rico, se compró un Mercedes, una mansión y la llenó con botellas de vino de a mil dólares cada una. No está mal para el McCaníbal. Ello no obstante, McConnell fue uno de los objetivos del Unabomber, el terrorista, más tarde identificado como Theodore Kaczynski, que mandaba bombas por correo a distintos investigadores. McConnell sufrió en 1985 una pérdida de audición cuando un paquete bomba, camuflado como si fuera un manuscrito fue abierto en su casa por su asistente Nicklaus Suino, de 25 años. La bomba hizo un agujero de 20 centímetros en la encimera de la cocina y dejó a Suino con metralla y quemaduras en brazos y piernas. En su carrera terrorista, Kaczynski hirió a otras 22 personas y mató a tres y, tras ser atrapado por el FBI, pena cadena perpetua sin posibilidad de remisión en la prisión de Florence, en Colorado.

Si pensamos, en los delitos de Kaczynski viene a la memoria una frase de Paul Mander, el que consiguió desmontar la hipótesis Mau Mau. Con respecto a la teoría del código molecular de la memoria, Mandel dijo que era “como la delincuencia, la creemos erradicada y vuelve con fuerza”. Y debe ser así: el ARN de interferencia, una de los temas de mayor actualidad en la biología molecular del siglo XXI tiene unas características únicas que le asemejan al fenómeno de la transferencia de memorias mediada por ARN. El ARN interviene en la modulación de la función neuronal y hace pensar si el ARN de interferencia puede ser uno de los mecanismos fisiológicos que usa el cerebro para regular la expresión en el largo plazo de distintos genes. A McCaníbal le hubiese gustado leerlo.

Para leer más:

  • Block, RA, McConnell, JV. (1967) Classically conditioned discrimination in the Planarian, Dugesia dorotocephala. Nature, 215: 1465-1466.
  • Chevassus-au-Louis, N. (2001) Escotofobina: gloria y decadencia. Mundo científico 227: 24-27.
  • Irwin, LN. (2006) Scotophobin: Darkness at the Dawn of the Search for Memory Molecules. Hamilton Books, Lanham, MD (EEUU)
  • McConnell, JV. (1962) Memory transfer through cannibalism in planarium, J. Neuropsychiat. 3 suppl 1: 542-548.
  • Smalheiser NR, Manev H, Costa E. (2001) RNAi and brain function: was McConnell on the right track? Trends Neurosci. 24(4): 216-218.