Nuestro cerebro tiene una evolución de muchos cientos de millones de años, es un cerebro humano desde hace cientos de miles pero ha adquirido capacidades nuevas mucho más recientemente. Un ejemplo evidente es la lectura. Tenemos lenguaje escrito desde hace como mucho unos 5.000 años y la alfabetización generalizada de la población mundial es algo muy reciente, del último siglo. Y a pesar de todo ello, este cerebro humano es capaz de leer.

A veces es más fácil saber sobre la función cerebral cuando está dañada que cuando funciona a pleno rendimiento. Ciertas lesiones cerebrales en adultos pueden causar alexia (del griego , privativo, expresando negación, y λέξις = “palabra”), también conocida como ceguera al texto, ceguera para las palabras o afasia visual. Las personas que sufren una alexia tiene una pérdida o alteración de la capacidad de leer cuando ya se había adquirido esa habilidad, dejan de “saber leer”. La alexia puede encontrase sola o unida a la agrafia (alteración de la capacidad de escribir) o a la afasia (alteración de la capacidad de hablar).

La presencia de estos déficits funcionales va frecuentemente ligada a lesiones cerebrales. La presentación clínica puede ayudar a sospechar la región afectada. Así, la alexia sin agrafia suele ir asociada a una lesión del lóbulo occipital izquierdo del cerebro mientras que la alexia con agrafia se asocia a lesiones del giro angular izquierdo, otra zona distinta del encéfalo. La agrafia suele ser resultado de lesiones en lóbulo frontal posterior izquierdo o el lóbulo parietal superior izquierdo. Como vemos, el hemisferio cerebral izquierdo es el encargado de las palabras, para leerlas, para escribirlas y también para pronunciarlas.  La alexia sin agrafia también puede surgir por una desconexión entre ambos hemisferios. La corteza visual derecha recibe información del lado izquierdo del campo visual y esa información debería pasar a la zona de formación de palabras del hemisferio izquierdo. Si la comunicación está interrumpida, aunque vean las letras perfectamente, esos símbolos no son traducidos a palabras con sentido en la región cerebral encargada de hacerlo.

Las personas que tiene alexia pueden tener los mismos problemas que las que tienen dislexia del desarrollo pero mientras que la primera es un retroceso, algo que sucede normalmente en la vida adulta, la dislexia del desarrollo es una discapacidad para la lectura que se produce en la infancia, un problema en el perfeccionamiento de la habilidad lectora.

Jules Dejerine estudió un hombre inteligente y con un lenguaje rico y cultivado, que acababa de perder la capacidad de leer. Este paciente podía hacer cosas relacionadas como

deletrear, comprender las palabras que se le deletreaban, copiar palabras escritas y reconocer palabras después de escribir las distintas letras, pero no podía leer. La autopsia demostró que había una lesión en la región occipital izquierda, que interrumpía la transmisión de las señales procedentes de la vista tanto desde la corteza visual derecha como desde la izquierda hacia las áreas del lenguaje en el hemisferio izquierdo.

Aún es mucho lo que desconocemos sobre el cerebro y la lectura. Ahora nos empezamos a preguntar si el funcionamiento cerebral es similar para chinos, japoneses y coreanos que leen pictogramas y para los occidentales que escaneamos líneas, para los israelitas que leen palabras sin vocales moviéndose de la derecha a izquierda y para los ciegos, que transmiten esa información usando no la vista en vez del tacto. También podemos estudiar si el proceso cerebral de lectura es similar para las personas del sudeste asiático, cuyos lenguajes carecen de tiempos, pretérito, presente y futuro  o para  muchos grupos de indios americanos cuyos lenguajes se han puesto por escrito muy recientemente por académicos de otras culturas. ¿Es la misma actividad cerebral para un sacerdote cuando está en presencia de la Palabra que para el cliente de un supermercado que lee las etiquetas de los paquetes de fideos? Poco a poco vamos sabiendo algunas respuestas y así, por poner un ejemplo, se ha visto que chinos, coreanos y japoneses usan distintos circuitos neuronales para leer de los que usa un lector occidental. A un chino le cuesta leer un texto occidental y viceversa porque su cerebro está “recableado” para otras reglas de juego. El que partiendo de un cerebro tipo de un bebé se formen distintos circuitos neuronales de lectura es una muestra de la enorme adaptabilidad biológica del cerebro.

También existe una adaptabilidad cultural y la lectura ha tenido también una evolución muy viva que llega hasta nuestros días. A finales del siglo XVIII, se produjo una explosión en el hábito lector. Los libros pasaron de ser una rareza en los hogares de los ricos ilustrados a convertirse en objetos presentes en las vidas y los hogares de las clases medias y populares. También cambió el modo social de la lectura, que pasó de un modo intensivo donde la gente tenía unos pocos libros, una biblia, un almanaque, uno o dos libros devocionales y los leían una y otra vez, a menudo en voz alta y en grupos, a un nuevo modelo, donde la lectura se convirtió en algo íntimo, personal.  Marcel Proust lo define bien al decir “creo que leer, en su esencia original, es ese milagro fructífero de la comunicación en medio de la soledad”.

Los servicios a los lectores también fueron evolucionando. Se conservan los registros de préstamo de la biblioteca ducal de Wolfenbüttel, que se extienden de 1666 a 1928. Es palpable la democratización de la lectura en la década de 1760. Podemos pensar que es un dato puntual de una localidad determinada pero los registros de la Bibliothèque du Roi, en París, muestran un cambio parecido en fechas similares. En ambas bibliotecas también es parecido el número de usuarios, unos  cincuenta al año, incluyendo en el último caso un tal Denis Diderot. Las condiciones de uso eran muy diferentes a las actuales, no se podían llevar libros a casa, el bibliotecario solo abría dos mañanas cada semana pero a cambio invitaba a comer a los asistentes.

En la segunda década del siglo XVIII, la gente pasó del modelo “intensivo” a una lectura “extensiva”, los periódicos y revistas se habían multiplicado y popularizado, la alfabetización se había extendido, la nueva maquinaria había abaratado tanto la producción de papel como la impresión de libros, la variedad de la oferta se multiplicó y la lectura se popularizó. En el siglo siguiente, los ayuntamientos crean bibliotecas e incluso las organizaciones sociales como sindicatos y partidos políticos organizan ateneos y círculos obreros, así como programas de alfabetización y culturización.

Este proceso de los últimos 250 años, que algunos consideran una auténtica revolución, no estuvo carente de censuras y miedos. Los que criticaron la nueva moda lectora, no solo pensaban que podía afectar a la moral y al compromiso del ciudadano con la sociedad, sino también dañar la salud. En un tratado de 1795, J.G. Heinzmann hacía la siguiente lista de consecuencias físicas de leer en exceso: “susceptibilidad a los catarros, dolores de cabeza, debilitamiento de los ojos, sofocos, gota, artritis, hemorroides, asma, apoplejía, enfermedad pulmonar, indigestión, bloqueo de la voluntad, trastornos nerviosos, migrañas, epilepsia, hipocondría y melancolía”. Afortunadamente no se le hizo caso y en la actualidad leer es parte de los disfrutes de una gran parte de la población. La lectura es ya una de las habilidades generalizadas y exclusivas del Homo sapiens. El libro ha permitido el gran salto tecnológico de la Humanidad. Nos ha posibilitado conservar gran parte de la información de una generación y pasarla a las siguientes, nos ha permitido registrar emociones, memorias e incluso sabores y aromas. Los pueblos con un legado escrito importante forman parte de la Historia, muchos de los que tenían solo registros orales han desaparecido para siempre. La lectura se ha convertido en una parte íntimamente relacionada de nuestra formación y de nuestra diversión, haciendo las dos cosas al mismo tiempo. La obra de Marcel Proust “Sobre los libros” empieza así:

“Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente  vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito. Todo lo que, al parecer, los llenaba para los demás, y que rechazábamos como si fuera un vulgar obstáculo ante un placer divino: el juego al que un amigo venía a invitarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, la merienda que nos habían obligado a llevar y que dejábamos a nuestro lado sobre el banco, sin tocarla siquiera, mientras que, por encima de nuestra cabeza, el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena a la que teníamos que llegar a tiempo y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar, sin perder un minuto, el capítulo interrumpido; todo esto, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir otra cosa que su importunidad, dejaba por el contrario en nosotros un recuerdo tan agradable (mucho más precioso para nosotros, que aquello que leíamos entonces con tanta devoción), que, si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo”.

Pero volvamos al punto inicial. ¿Cómo es posible que un proceso tan complejo como la lectura, que requiere un gran número de áreas cerebrales, con un procesamiento en paralelo de múltiples grupos de neuronas haya aparecido en un tiempo tan corto como unos pocos miles de años? No ha dado tiempo a que evolucione, pues la evolución es un proceso muy lento y la adquisición de novo de una habilidad nueva requeriría tiempos mucho mayores, del orden de cientos de miles de años, y tampoco puede ser una mutación afortunada, porque el proceso es muy complejo y porque la lectura apareció en áreas geográficas muy alejadas entre sí, en más o menos la misma época. La realidad es que el cerebro “recicló” otras áreas corticales, las especializadas en reconocer cosas, para leer. Es uno de los ejemplos más asombrosos de la capacidad plástica del cerebro y un proceso prodigioso que se revive cada vez que un niño aprende a leer. El flujo mental es complejo: con los ojos vemos las letras y las reconocemos en el papel, las convertimos mentalmente en sonidos y transformamos esos sonidos en palabras y luego las palabras las volcamos en pensamientos, en ideas, en conceptos.

La lectura es una habilidad que debe ser aprendida y que debe ser practicada generación tras generación. No nacemos con la capacidad de leer. La habilidad lectora requiere que regiones cerebrales con unos circuitos básicos se interconecten entre sí, generen nuevas conexiones neuronales para compartir información. Esto no sucede a la perfección en todas las personas por lo que se producen esos trastornos de la escritura de los que hablábamos al principio.

Es un proceso en evolución constante y muy dependiente de la repetición, de la dedicación de horas al proceso lector. Y está cambiando sustancialmente en los últimos años. El libro y la lectura tal como la hemos conocido los últimos cinco siglos y medio, desde Gutenberg, está siendo por nuevas formas de comunicación. Decimos que niños y jóvenes actuales son nativos digitales pero no nos damos cuenta de lo que eso implica. Podemos pensar que da igual leer en un libro de papel que en un kindle o un iPad pero hay cambios muy profundos. El sistema de búsqueda de información es diferente, nosotros mirábamos en una enciclopedia o diccionario y ellos buscan en google. Los textos son diferentes, ahora tienen enlaces, videos, música, conexiones a otros textos o recursos. El proceso muchas veces es interactivo, permiten comentar con otros lectores, discutir con el autor, incluso transformar la obra (Wikipedia). Recientemente se ha visto que la lectura digital no refuerza la lectura en papel, son demasiado diferentes y nuestro cerebro, una vez más, se está adaptando. A nivel biológico, esta diferencia de procesos implica que estamos reclutando nuevas conexiones cerebrales, un nuevo mapa del cerebro lector y que nuestra capacidad de leer novela o poesía, cambiará pero también nuestra capacidad y forma de pensar, de sentir, de comunicarnos con otros seres humanos será distinta a partir de ahora. John S. Dunne dijo que “las palabras y la música son las huellas de la evolución humana”. Lo seguirán siendo, pero estamos entrando, hemos entrado en una nueva fase del proceso evolutivo del cerebro lector.

Para leer más:

  • Gomery, D. (1989) Media in America. The Wilson quarterly reading. Woodrow Wilson Center Press, Washington D.C.
  • Wolf, M. (2008) Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain. Harper, Nueva York.
  • http://cirrie.buffalo.edu/encyclopedia/en/article/267/