Internet, como cualquier herramienta, puede usarse bien y puede usarse mal. A veces se criminaliza a la Red como si fuese cómplice de su uso por pederastas o ladrones. Es como si acusáramos a una compañía de teléfonos de que su línea ha sido usada por alguien para amenazar a otra persona o para planificar un atraco. Dicho esto, es cierto que Internet

tiene algunas posibilidades que son muy atractivas para las redes criminales como poder llegar a muchos miles de personas de una forma directa, mediante el correo electrónico, y sin que sea fácil seguir la pista de la fuente del mensaje enviado.

De todos estos delitos, el que menos repugnancia me produce son las estafas. El estafado también pretende muchas veces aprovecharse de la situación, ya sea del tontito que le vende las estampitas, ya sea de un caso de necesidad que obliga a la supuesta víctima a vender algo, un décimo de lotería premiado por ejemplo, por mucho menos de su –supuesto- valor. El grupo más numeroso de estafas que pululan por internet y llegan a nuestros correos electrónicos son las llamadas “nigerianas”. Tienen este nombre por el supuesto origen nacional de los estafadores y se trata de un mensaje donde te ofrecen colaborar en mover grandes cantidades de dinero (a menudo indicando que su procedencia proviene de un gobernante africano corrupto) y donde te piden tu colaboración a cambio de una buena comisión. El que pica se pone a la misma altura moral del supuesto presidente o ministro de petróleo, decidido a compartir el botín de un robo. Por supuesto, si aceptas colaborar necesitarán datos de tu cuenta bancaria que usarán no para engrosar tu saldo sino para adelgazarlo convenientemente. Pero de todas estas, hay una que es mi favorita: indica que con el colapso de la Unión Soviética un cosmonauta nigeriano (los rusos optaron por esta palabra mientras que los americanos lo hicieron por astronauta) quedó aislado en la estación Mir. Olvidado de su país y del mundo, el comandante africano siguió haciendo labores de mantenimiento en la estación espacial siempre pendiente de que de un momento a otro le volvieran a traer a la superficie terrestre. La estafa utiliza el argumento de que en ese largo tiempo pasado en el espacio, viviendo en la ingravidez,  acumuló una gran cantidad de dinero por dietas e intereses (quince millones de dólares) y que si envías a su familia 3.000 dólares, él compartirá esos millones contigo. La historia, de tan extravagante, es cómica pero me sirve de entrada para hablar del cerebro en el espacio.

Debido al altísimo coste de la exploración espacial y a los nuevos aires políticos que trajo la Perestroika y la caída del telón de acero, surgió la posibilidad de una cooperación entre las grandes agencias espaciales. Realmente, lo que más interesaba a los americanos de la NASA eran las experiencias sobre tiempos prolongados en el espacio desarrolladas por el programa soviético. La gran misión espacial que quizá pueda vivir nuestra generación es el viaje a Marte. Para un viaje al planeta rojo, con la tecnología actual, se calcula que hacen falta once meses de ida incluyendo un impulso en Venus, dos meses de trabajo en la superficie y unos seis meses y medio de viaje de vuelta. Ya ha habido personas que han estado más tiempo en el espacio. El comandante Sergei K. Krikalev pasó 803 días, 9 horas y 39 minutos, o lo que es lo mismo 2.2 años, en el espacio exterior.

Pasar tanto tiempo en condiciones de ingravidez causa serios problemas de salud. Los más conocidos son la pérdida de masa ósea y la atrofia muscular, pero también se han visto problemas de descompresión, barotrauma, inmunodeficiencia, cambios en el sistema circulatorio, desorientación, pérdida de equilibrio, dolores de espalda, alteraciones del sueño y daño inducido por radiación. Los dos primeros son cambios lógicos pues nuestro esqueleto y nuestro sistema muscular están sosteniendo durante muchas horas una carga importante, los kilos que pesamos. En situación de microgravedad ese peso desaparece y aunque los astronautas dediquen horas a hacer ejercicio físico en la nave, no es nunca comparable al trabajo de huesos y músculos en condiciones de gravedad, con la consiguiente pérdida de masa muscular y ósea. Eso hace que cuando vemos las imágenes sonrientes de un astronauta que ha vuelto a la Tierra tras un período prolongado en órbita esté normalmente en una silla de ruedas. Realmente, al volver a pisar nuestro planeta no puede sostenerse en pie, aunque con un trabajo adecuado de rehabilitación y ejercicio físico, el hueso y el músculo se recuperan y no quedan secuelas. Pero las últimas noticias son más preocupantes, porque apuntan a la generación de alteraciones en el sistema nervioso por las condiciones de la vida en órbita.

Lo ha publicado la revista Radiology. El resumen es que un estudio con resonancia magnética de los ojos y cerebros de 27 astronautas que pasaron períodos prolongados en el espacio –una media de 108 días- muestra anomalías preocupantes. Los cambios observados son similares a aquellos que se ven cuando aumenta la presión intracraneal sin una causa determinada (idiopática) en tierra. El cerebro aumenta de tamaño y presiona contra los ojos. Sin embargo, los astronautas no mostraban algunos de los síntomas presentes en las personas afectadas en la Tierra como dolor de cabeza crónico, visión doble, o pitidos en los oídos.

Los astronautas que han participado en el estudio habían trabajado en la Estación Espacial Internacional o en distintas misiones de las lanzaderas espaciales, los shuttle. 8 de los 27 astronautas incluidos en el estudio  tuvieron una segunda resonancia por una segunda misión, en la que pasaron en el espacio una media de 39 días.
Las diferencias significativas encontradas fueron las siguientes:

  • Expansión del líquido cefalorraquídeo rodeando el nervio óptico en 9 de los 27 astronautas (33%)
  • Aplanamiento de la base del globo ocular en seis (22%).
  • Abultamiento del nervio óptico en cuatro de los astronautas (15%)
  • Cambios en la glándula pituitaria y en su conexión al cerebro en tres (11%). Esta glándula interviene en el control del crecimiento, el metabolismo y la reproducción.

Los cambios encontrados se correlacionan bien con datos previos de problemas de la vista, como visión borrosa, comunicados por muchos astronautas tras su vuelo espacial. Un estudio de seguimiento de la NASA de 300 astronautas ha encontrado problemas de visión en un 48% de los que habían estado en misiones prolongadas y en un 23% de los que habían estado en misiones breves. En algunos casos, los problemas continuaron años después de la vuelta a la Tierra. La explicación parece estar en la acumulación de fluidos en la cabeza. En condiciones normales, la gravedad lleva esos líquidos hacia las piernas. En los astronautas, por el contrario, las piernas se adelgazan considerablemente (“piernas de pájaro”) y la cara se ve abotargada por la permanencia allí de liquidos. Esos cambios permiten explicar el flujo anormal de líquido cefalorraquídeo alrededor del nervio óptico, cambios en el flujo sanguíneo en los capilares de la parte trasera del ojo o la baja presión crónica en el globo ocular.

Estos datos parecen indicar que la microgravedad puede ser un factor de riesgo, lo que limitaría nuestras posibilidades de viajes espaciales de larga duración, algo que deberíamos evitar probando sistemas de gravedad artificial o utilizar como ya lo estamos haciendo, robots para la exploración estelar. Curiosamente, parece que las mujeres astronautas no muestran los cambios que sus compañeros hombres, así que otra posibilidad, si esta diferencia se confirmase con más estudios, es darles primacía a ellas en las estancias de largo plazo en el espacio exterior.

Otro punto importante será ver lo que sucede con los turistas espaciales porque una cosa es dañar tu cuenta corriente y otra tu vista o tu cerebro. También sugiere un replanteamiento del entrenamiento de los tripulantes. Los verdaderos astronautas tienen un entrenamiento muy intenso. Mientras que las aceleraciones reales del despegue y la reentrada en la atmósfera están en torno a 3 G, los simuladores de la NASA pueden llevar a los astronautas a aceleraciones en torno a 20 G. Es posible que haya que modular esos entrenamientos para minimizar el daño a los sistemas nervioso y visual.

Esta investigación ha tenido un resultado inesperado. Después de conocer a E.T, a los marcianos malaleche de Mars Attack, a tantos otros, por fin hemos podido entender la razón de que los extraterrestres sean cabezones y con los ojos más bien saltones: se les hincha el cerebro en el platillo volante una barbaridad.

Para leer más:

  • Larry A. Kramer, MD, Ashot E. Sargsyan, MD, Khader M. Hasan, PhD, James D. Polk, DO and Douglas R. Hamilton (2012) Orbital and Intracranial Effects of Microgravity: Findings at 3-T MR Imaging. Radiology epub doi:10.1148/radiol.12111986
  • Blog de la Canadian Broadcasting Corporation. http://www.cbc.ca/aboutcbc/discover/submissions.html
  • Blog de Discovery Channel. Race to Mars. http://www.racetomars.ca/mars/article_effects.jsp