La tarantela es un baile popular del sur de Italia, muy difundido de Puglia a Sicilia. Su origen está, al parecer,  en los colonos griegos que llegaron a Sicilia y el sur de la península itálica y llevaron con ellos los bailes en honor de Apolo y Dionisio. La danza se caracteriza por un movimiento muy vivo, in crescendo, en el que cada vez se baila más rápido, siguiendo el compás de una música con un compás de 6/8 (a veces 18/8 o 4/4) acompañada de palmas, castañuelas o panderetas. La tarantela, tanto el baile como la música que la acompaña, es conocida en todos los pueblos del sur de Italia desde la infancia y las madres se las cantan a los bebés mientras les hacen cabalgar sobre sus rodillas cada vez a mayor velocidad, con las consiguientes risas del niño. Su melodía incorporó posteriormente influencias como el fandango español o músicas africanas o árabes, con quien el sur de Italia ha estado siempre en contacto.

Históricamente, se ha atribuido a la tarantela un valor terapéutico para un trastorno del sistema nervioso. En la Edad Media se pensaba que bailar el solo de la tarantela curaba un tipo de locura llamado tarantismo supuestamente causado por una picadura de la mayor araña europea, la araña lobo o tarántula. Se suponía que bailar la tarantela permitía sudar el veneno de la sangre, como si esos movimientos cada vez más rápidos centrifugaran la ponzoña de la araña fuera del sistema circulatorio. Personas que sentían un picotazo o que se veían una marca en la piel creían ser víctimas de la tarántula e iniciaban, con la ayuda de sus vecinos, la danza de la tarantela. También se sumaban al baile personas que creían haber sido mordidas por una tarántula en el pasado y que pensaban que de no hacerlo, de no ponerse a bailar, el veneno que persistía en su organismo podía activarse, particularmente por el calor y había que eliminarlo sudando. De hecho, el tarantismo sólo se producía en los meses de verano.

Las primeras referencias conocidas al tarantismo aparecen en el siglo XI (hay una descripción de un médico de esa época  llamado Garipontus que lo denominó Antenaesmus) y fue común desde el siglo XV al XVIII donde desapareció de una manera brusca, aunque ha habido casos tan cercanos en el tiempo como 1957 y 1959. Un profesor, Ernesto de Martino estudió este brote de 1959 y vio que las personas involucradas no habían sido nunca picadas por una araña pero creían que habían sido infectadas por alguien que sí que había sido mordido o que había tocado una araña. El resultado era una histeria de masas, con una “cura”, el baile, con unos danzantes que parecían estar poseídos o ser víctima de alucinaciones, y en un ambiente que permitía algunos comportamientos, algunos con una fuerte carga sexual, inaceptables en ese país y en esa época.

Hay descripciones tardomedievales de ese proceso. Alexandro (1460-1523) un jurista de viaje por el sur de Italia incluye en su “Genialum dierum” la primera descripción directa de casos de tarantismo:

“Recuerdo viajar con algunos conocidos por aquellas amplias y pobres regiones que se estaban resecando bajo un sol de justicia. Oímos el sonido de tambores, silbatos y flautas en todos los pueblos y villas. Tras preguntar nos informaron que en esas regiones era un sistema para curar a la gente mordida por la tarántula. Entonces entramos en uno de esos pueblos y vimos un joven afectado por esta enfermedad. Parecía haberse vuelto loco, cantando con la mente ausente al ritmo de un tambor y con sus brazos y piernas y todo su cuerpo moviéndose al ritmo de la música. Era evidente que el sonido de los tambores le gustaba y rebajaba su dolor y empezó a prestar más y más atención al instrumento. Gradualmente sus movimientos se mostraron más vivos y finalmente comenzó a bailar. Puede parecer cómico y ridículo pero cuando el tamborilero dejaba de tocar por un corto período de tiempo, el paciente parecía quedarse entumecido, perdía sus sentidos y se desvanecía. Aunque tan pronto como el sonido de los tambores se volvía a oír, el paciente recuperaba su fuerza y empezaba a bailar con más vigor que antes.”

Otras descripciones muestran comportamientos muy variados en las personas supuestamente afectadas por la picadura de la tarántula: algunos cantan, otros ríen, sollozan, lloran o se duermen. Muchos vomitan. Algunos pacientes saltan y bailan mientras que otros sudan y tiemblan. Algunos muestran terror, mientras que otros deliran, están distraídos o se comportan como maníacos. Las personas afectadas tenían síntomas neurológicos evidentes como dolores de cabeza, vértigos, temblores, ansiedad, fatiga, calambres y alucinaciones. También se habla de palpitaciones o problemas estomacales. Algunos decían que les dolían los huesos como si se los hubieran roto y otros se sentían letárgicos.

Tras bailar la tarantela, los danzantes sentían que se habían “curado”, al menos temporalmente. Algunas descripciones del tarantismo y su cura por la tarantela más modernas cuentan como era el inicio del proceso: cuando una víctima, normalmente una mujer (se relacionaba también con la histeria), sentía haber sido mordida por la tarántula, se llamaba a los músicos, la noticia se difundía por el pueblo y se juntaban unas treinta personas. Manteniendo el ritmo frenético de la tarantela formaban una procesión que se dirigía a una capilla, a menudo consagrada a San Vito o a San Pablo. Allí, sin los músicos, sucedía un ritual donde las víctima pateaba las paredes, trepaba por las columnas del altar, se arrastraba por el suelo, daba gritos como un animal y gemía mientras el coro de la parroquia empezaba a cantar. Esto les calmaba y uno a uno se iba uniendo a los cánticos, se tomaban de las manos y lentamente volvían a la normalidad. Algunos de ellos participaban en otras actividades como atarse con cuerdas, azotarse unos a otros, simular una lucha con espadas, beber grandes cantidades de vino  o saltar al mar. Se decía que el tarantismo afectaba “a los histéricos, a los melancólicos, a los deprimidos, a los frustrados, a los neuróticos y a los que tenían un trastorno mental. También a los que llevaban vidas solitarias, mientras que los aburridos, los pedigüeños, los enfermos fingidos, los truhanes y los estafadores eran también vulnerables.”porque es muy corta el compo al mismo tiempo que me la enseñaban a mi el hombre habalemlgunos muestran terror, mientras que otro

Atanasius Kircher, un jesuita alemán que enseño Ciencia en el Collegio Romano. recopiló junto con dos clérigos de la Apulia todas las canciones, poemas y aires, usados para curar el tarantismo. El efecto curativo no dependía del músico y alguien, como Stephen Storace, un viajero del siglo XVIII, pudo experimentar no solo el encuentro con una persona afectada sino que tocó para curarle. Su historia es así

“…un pobre hombre que le llevaron enfermo a la calle… le vi estirado y parecía que iba a expirar. La gente me empezó a rogar, toca, toca la tarantela… pero yo nunca había oído esa canción.. Les dije que no podía tocarla porque no la conocía y entonces se acercó una anciana y luego otra mujer y me la enseñaron. La aprendí en diez minutos porque es muy corta pero al mismo tiempo que me la enseñaban, el hombre había empezado a moverse siguiendo el compás y se puso en pie como un rayo, como si hubiera sido despertado por una visión aterradora y empezó a mover de una forma salvaje cada articulación de su cuerpo, pero como no había aprendido bien la canción, dejé de tocar, no pensando que aquello pudiera tener algún efecto en el hombre. Pero en el instante que paré de tocar, el hombre cayó al suelo, gritando muy fuerte y distorsionando su cara, piernas, brazos y todas las partes de su cuerpo, arañaba la tierra con sus manos y hacía tales contorsiones que indicaban que estaba sufriendo una agonía miserable. Yo estaba muy asustado y me esforcé en aprender el resto de la melodía y cuando lo hice la toqué cerca de él. … En el instante que me oyó se puso en pie como había hecho antes y bailó tan fuerte como un hombre puede hacer, su danza era muy salvaje, mantenía un ritmo perfecto en el baile, pero no había ni reglas ni modelos, solo saltaba y corría de un lado a otro, haciendo posturas muy cómicas, parecidas a las danzas chinas que a veces vemos en el escenario y otras veces como si fuera algo muy violento, el joven no paraba de bailar Me sentía muy fatigado, y aunque tenía personas detrás de mí, algunos secando el sudor de mi rostro, otros dándome aire con un abanico para mantenerme fresco, otros separando a la gente, tuve mucho paciencia pues toque mas de dos horas, sin parar en ningún momento.”

El tarantismo es una versión regional, del sur de Europa, de un proceso mucho más extenso que fue la manía de la danza, la coreomania, la danza histérica, el baile de San Juan o el baile de San Vito, que de todas estas maneras se ha llamado. La coreomanía es un fenómeno poco conocido que tuvo lugar en la Europa continental entre los siglos XIV y XVII. Fueron famosos los brotes de Aachen (Alemania) en 1374 y el de Estrasburgo en 1518, que llegaron a implicar a varios miles de personas.

Los danzantes saltaban, bailaban de una forma incontrolada y rara, gritaban, cantaban y decían tener visiones o alucinaciones. Podían ser hombres, mujeres o niños (el flautista de Hamelín se ha relacionado con un caso de coreomanía que afectó a niños que partieron danzando hacia otra ciudad) y normalmente bailaban hasta derrumbarse exhaustos. Algunos morían de ataques al corazón o se rompían las costillas durante la danza por aquellos movimientos extremos.

Hay una gran discusión sobre la explicación de la coreomanía. Para algunos era un caso de histeria de masas, donde un gran número de personas sin ninguna razón explicable, muestran un mismo comportamiento psicogénico. Se supone que al menos algunas de las coreomanías correspondían a un trastorno neurológico conocido como corea de Sydenham.

La corea de Sydenham se caracteriza por movimientos espasmódicos, rápidos, descoordinados que afectan sobre todo a la cara, los pies y las manos. También muestran cambios en el comportamiento y un deterioro del control motor tanto grueso (mantener el equilibrio), como fino (escribir). Lo más llamativo es que se ha visto que la corea es el resultado de una infección en la infancia con el estreptococo beta-hemolítico del grupo A, un tipo de microbio. Parece que la infección con el microorganismo genera una respuesta inmune, la producción de anticuerpos, que se unen de forma indebida a receptores de neuronas situadas en el cuerpo estriado de los ganglios basales. Esa unión en las células cerebrales asemeja lo que sucede con moléculas normales de señalización, lo que provoca la liberación de dopamina. Esta dopamina sería la responsable de los tics y los problemas emocionales asociados con la enfermedad.

San Vito, cuya festividad se celebra en junio. es el santo patrón de los bailarines y de la gente del espectáculo , incluyendo actores, comediantes. También se le considera protector de los epilépticos, aunque este trastorno, la epilepsia, no tenga nada que ver con el baile de San Vito. Pero si decíamos que el tarantismo tuvo un especial desarrollo en el sur de Italia, la zona donde también nació la tarantela, no está mal recordar que san Vito era un santo siciliano y si comentábamos que el tarantismo va unido al calor, la fiesta de San Vito se celebra en junio, el mes de la llegada del verano. Músicos famosos como Rossini, Chopin, Tschaikovsky o Sarasate escribieron tarantelas, y también aparece en la banda sonora de películas como “El Padrino II” de Coppola o “Malditos Bastardos” de Tarantino.

Para leer más:

  •  Russell JF. (1979) Tarantism. Med Hist. 23(4):404-425.