Dicen que una enfermedad no existe hasta que la ponemos nombre pero es que ahora somos sorprendentemente promiscuos y hábiles poniendo denominaciones. Antes, un investigador, un médico, describía una patología que consideraba nueva y le ponía un apelativo basado en su síntoma más evidente: parálisis infantil a lo que ahora denominamos comúnmente poliomielitis o baile de San Vito a lo que ahora llamamos un huntington. Luego, en un gesto de respeto de la comunidad científica al principio de primacía, al primer descubridor de un trastorno o al primero que lo explica, muchas enfermedades eran denominadas con el nombre del que hizo la descripción inicial. Las enfermedades de Alzheimer, de Parkinson o la anteriormente citada de Huntington son buenos ejemplos.

Ahora tengo la sensación que algunos de los nuevos nombres los ponen los periodistas, que buscan lógicamente atraer la atención y el interés del lector o, un grupo peor, que son los científicos con afán de atraer la atención de los periodistas. De la que voy a hablar es de una nueva patología llamada trastorno explosivo intermitente. En los países anglosajones se le denominaba “road rage”. En España la conocemos con otros nombres como violencia vial, violencia vehicular, agresividad vial, conducción agresiva extrema o hijodesumadre al volante.

La nueva “enfermedad” fue identificada en los años 1987-1988 y denominada road rage, ira de la carretera, por una estación de televisión local de la zona de Los Ángeles, la KTLA. Sorprendentemente para su calidad de vida, California tiene un pobre sistema de transporte público y el coche no es una opción, es realmente una obligación de supervivencia. Cuando vivía allí era imposible hacer ninguna compra andando y conducía 30 kilómetros para ir a tomar un helado, exquisito eso sí. Eso hace que en las grandes aglomeraciones urbanas, en las horas punta, se produzcan unos atascos terribles, a pesar de que se sigan añadiendo carriles y carriles a las autopistas. La KTLA habló de road rage por primera vez después de que se produjera una sucesión de tiroteos entre conductores en las autopistas 405, 110 y 10 de Los Ángeles. El principal club de automovilistas, la AAA (American Automobile Association) llegó a publicar un manual de cómo actuar en una de estas situaciones. Una nueva patología había nacido.

La agresividad vial suele manifestarse como un proceso bidireccional, con intercambio alternante de expresiones de ira y hostilidad, lo que en ocasiones puede dificultar la distinción entre víctima y agresor, que pueden ir alternando sus papeles, además de poder involucrar también a los pasajeros. Los comportamientos típicos de la violencia vial están pautados:

  1. Aceleraciones súbitas o frenazos súbitos con riesgo para vehículos cercanos.
  2. Pegarse agresivamente al coche que va delante.
  3. Bloqueo voluntario del acceso a otros vehículos.
  4. Amenazas de choque o choque voluntario.
  5. Entradas y salidas rápidas a un carril o un desvío.
  6. Conducir a una velocidad desorbitada por un carril central para aterrorizar a los conductores de uno y otro lado.
  7. Uso excesivo del claxon o las luces.
  8. Gestos obscenos con las manos.
  9. Amenazas, insultos, gritos y otros exabruptos verbales.
  10. Amenazar con armas.
  11. Bajarse del coche y encararse con otro conductor en busca de una confrontación.
  12. Lanzar objetos desde un automóvil en marcha buscando impactar en otros vehículos.
  13. Daño al automóvil de la otra persona con objetos como palos, piedras o herramientas, con las manos o los pies.
  14. Pelea en la vía pública.
  15. Persecución en busca de venganza.

Existe una relación lógica entre la agresividad vehicular y los accidentes de tráfico. Y ello puede ser tanto por la persona con comportamientos descuidados que genera el enfado de otros conductores como en el agresor que inicia comportamientos aberrantes como los anteriormente mencionados. Hasta ahora se pensaba que la ira de la carretera era un problema de impaciencia, de ansiedad, de mala educación, de egocentrismo vinculado a un ambiente muy peculiar que es el coche y su entorno, el tráfico. Pero la realidad puede ser más compleja e implica circuitos neuronales y neurotransmisores.

Los estudios realizados en Estados Unidos, Australia y otros países sobre la road rage muestran un incremento constante año tras año y un número importante de casos, superando los 1.000 anuales, los que terminan con muertos o heridos graves. En el famoso manual DSM IV-R (Manual diagnóstico y estadístico de las enfermedades mentales) el trastorno explosivo intermitente es ya, por decirlo de alguna manera, una enfermedad mental oficial. Para ser diagnosticado con TEI hay que haber tenido tres episodios de un impulso agresivo fuera de proporción con cualquier suceso inicial. La persona tiene que tener una súbita pérdida de control y dañar o romper algo de cierto valor, o golpear o herir a alguien o amenazar con golpear o herir a alguien. Legalmente, en algunos países se considera como una falta o delito más, independientemente de que el suceso (insultos, agresión, homicidio,..) se produzca en el contexto de una discusión de tráfico mientras que otros países y catorce estados norteamericanos tienen leyes y penas especiales para la persecución y castigo de los conductores rabiosos. Estudios de varios años sobre los lugares con más road rage muestran un mapa donde las peores ciudades van cambiando, manteniéndose normalmente Nueva York y Los Ángeles, al final las metrópolis más grandes. En la capital del Imperio, Washington, D.C. se calcula que la probabilidad de que alguien lance su coche voluntariamente sobre tu coche o sobre ti es cuatro veces mayor que en cualquier otro lugar del Planeta.

Hay muchas cosas que desconocemos sobre la ira de la carretera. Es interesante pensar porqué personas, muchas de las cuáles son ciudadanos ejemplares, de repente tienen su particular día de la ira y pierden el control. Parece que intervienen variables como los distintos estilos de conducción (lentos frente a deportivos), los “listillos” que se saltan las normas y nos hacen sentir engañados y humillados, los estereotipos sexuales, la experiencia previa de accidentes o el estrés generado por otras actividades relacionadas (competencia por un aparcamiento entre padres que llegan tarde a recoger a sus hijos del colegio, por poner un ejemplo). Un segundo punto importante es el efecto contagio, porqué la ira de un conductor pasa a otros que estaban relativamente tranquilos hasta ese momento. Somos animales sociales y cuando se inicia un conato de agresión en cualquier grupo de primates, unos se acercan a los contendientes y otros se alejan. Un tercero son los síntomas físicos, como cuando un animal eriza el pelo, enseña los dientes, ensancha el pecho mira clavando los ojos e inicia un gruñido ronco. El conductor bajo la ira, muestra también una versión humana de esta metamorfosis con grandes voces, miradas asesinas y gestos más propios de un gorila que de un humano. El cuarto es si es cierto, como consideran muchos expertos, que existen graves problemas emocionales debajo de ese estallido intermitente de ira. La opción más moderna es que habría un sustrato biológico subyacente, un desequilibrio cerebral, y que ese sustrato causaría los comportamientos extremos, de la depresión a la agresión. El quinto y último punto es cómo actuar y minimizar este problema. Si eres una posible víctima los consejos son los siguientes:

  • Quédate en el coche. No salgas nunca.
  • No respondas a las provocaciones.
  • Si es de noche, enciende la luz del habitáculo.
  • Si puedes alejarte, hazlo con tranquilidad.
  • Si has cometido un error de conducción, haz un gesto pidiendo disculpas (juntar las palmas de las manos por un segundo o agachar un poco la cabeza puede funcionar)

Si eres un conductor descuidado intenta esforzarte por hacerlo mejor y no molestar a los demás conductores. Además, una cosa es un error y otra determinados comportamientos homicidas. Creo que todos hemos visto personas comiendo, bebiendo, maquillándose o incluso afeitándose mientras van conduciendo. Un norteamericano escribía en su blog LA Can’t Drive,  haber visto a un conductor leyendo el periódico mientras se incorporaba a la autopista. En sus palabras “Literalmente, en el retrovisor, no veía la cara de la persona en el coche detrás de mí, solamente el periódico extendido.”

Todo parece una cascada. Cuantos más conductores están distraídos o haciendo cosas inapropiadas, hay más conductores que empiezan a pitar, insultar, a enseñarle lo largo que tienen el dedo medio y cosas así. Eso genera una espiral de riesgo que a su vez, se agudiza si algún conductor ha tomado sustancias psicoactivas. Las personas que han consumido cánnabis o que tienen problemas con la bebida tienen una probabilidad mucho más alta de estar involucrados en episodios de violencia vial, tanto como agresores como como víctimas. Y finalmente, si alguna de las personas involucradas en una bronca de tráfico tiene un TEI, se puede producir una catástrofe.

Las estadísticas, que para todo valen, dicen que un conductor normal de un país desarrollado se enfrenta a lo largo de su vida a una media de 43 de situaciones de ira de la carretera. Mudarse a un país en vías de desarrollo, tampoco parece ser la solución. Preparando este relato, leía un artículo sobre la abundancia e incremento de los episodios de road rage en Pakistán entre conductores de rickshaw, esos carritos tirados por personas que asociamos con Calcuta o Nueva Delhi.

Según el psiquiatra Emil Coccaro de la Universidad de Chicago, el Trastorno explosivo intermitente puede afectar hasta a un 6% de la población y no solo sucede al volante sino también en casa, en el trabajo, incluso disfrutando con los amigos. Un 6% es más que algunos trastornos más conocidos como la esquizofrenia. Según él, “Estas explosiones pueden ser rabietas, ataques de ira, tirar cosas alrededor, romper cosas, empujar o golpear a alguien.

Puede haber un problema subyacente continuo como una paranoia o también ser un estado aparentemente transitorio donde se ven comportamientos “animales”. En muchos mamíferos, ante un gesto de agresión hay dos respuestas, enfrentarte (enseñas los dientes, miras de frente, acercas la cara, buscas que tu silueta aparente el mayor tamaño posible) o intentar aplacarle (desvías la mirada, te encoges, agachas la cabeza). Hay distintas posibilidades de inicio del conflicto entre conductores, en algunos casos, la agresividad es una respuesta a un ataque de agresividad. Si uno de los dos no se asusta y adopta una postura de sumisión, los animales, aunque sean supuestamente racionales, suelen terminar en una pelea. En otros casos, la explosión de ira se produce por un rechazo. Por poner un ejemplo, una mujer que siente que no se la reconocen los mismos derechos que a cualquier otro conductor. Por último, hay otros casos de ataques de ira en personas que tienen una rigidez excesiva y explotan cuando su sentido del orden y sus esquemas formales (las leyes de tráfico, por ejemplo) son puestos en cuestión o vulnerados.

Los neurocientíficos que se dedican al Trastorno explosivo intermitente consideran que lo que todas estas personas con perfiles y elementos detonadores tan distintos tendrían en común es que su paso de la normalidad al atque de ira es mínimo, por así decirlo, su mecha para explotar es muy muy corta. No usan un poco más de tiempo para analizar la situación, para buscar posibles formas de responder sino que estallan con un lapso mínimo entre el suceso detonante y la agresión. Como en otros temas de salud mental, una explicación actualmente en boga es que estas personas tienen un desequilibrio neuroquímico. En un lenguaje de esos de revista popular, la serotonina, la “hormona de la felicidad”, actuaría como elemento inhibitorio, como freno para esos comportamientos desbocados. Si los frenos no son muy allá, si los niveles de serotonina son bajos, hay un grave riesgo de problemas. Aún es más complicado si el cerebro de algunas personas está afectado por moléculas implicadas en la agresividad como la testosterona y otros esteroides. Puede parecer una visión un poco simplista pero se ha visto que fármacos como los antidepresivos y los estabilizadores del ánimo pueden ayudar a reducir esos comportamientos agresivos, teóricamente reequilibrando el balance químico cerebral. También se ha visto que técnicas psicológicas como las terapias cognitivo-conductuales pueden ayudar a las personas a no entrar en el juego de provocación-agresión y técnicas de afrontamiento como una exclusión voluntaria, es decir, dejar la escena y alejarse de la situación y el posible agresor, pueden ser la mejor solución para las personas con este trastorno.

Para leer más:

  • Fierro I, Morales C, Álvarez FJ. (2011) Alcohol use, illicit drug use, and road rage. J Stud Alcohol Drugs. 72(2):185-193.
  • Shaikh MA, Shaikh IA, Siddiqui Z. (2011) Road rage behaviour and experiences of rickshaw drivers in Rawalpindi, Pakistan. East Mediterr Health J. 17(8):719-721.