En Anna Karenina de Tolstoi, Levin se acerca a hablar con Kitty caminando hacia una charca helada donde la gente está patinando. Decidido a causar una buena impresión en la chica, Levin nota que su corazón se acelera. Cuando llega junto a ella, empieza a tartamudear y a ruborizarse, e incluso es incapaz de reconocer a un amigo que pasa junto a él. En la novela, Levin se dice a sí mismo:

¿Qué haces? Qué te pasa? Tranquilízate, estúpido.  –le dice a su corazón. Pero cuánto más trataba de calmarse, más trabajosa se volvía su respiración.

Todos hemos sentido algo parecido. Nuestros pies parecen haberse vuelto de plomo, nuestro cuello ha reducido su diámetro y no podemos tragar ni un poco de saliva, notamos un sudor frío que nos recorre la espalda, no sabemos qué hacer con nuestras manos que también se han vuelto pegajosas, nuestra lengua que segundos antes estaba contando una historia divertida parece haber duplicado su tamaño y cuando intentamos producir unas palabras coherentes nos salen unos sonidos parecidos a los de un bebé de siete meses. ¿Qué ha pasado? ¿Un accidente cerebrovascular? ¿un alzhéimer instantáneo? Algo parecido, ha entrado una chica guapa en la habitación y soy un hombre.

Aunque parece cierto que con los años, los hombres –la mayoría al menos– superamos ese penoso modo de comportarnos y somos capaces de mantener la bipedestación, la saliva dentro de la boca y la expresión articulada enfrente de una señorita atractiva, parece que el aturdimiento mental generado por las mujeres en los cerebros masculinos nunca desaparece del todo. Más aún, antes de que algún iluminado se ponga a pensar en feromonas o la respuesta cerebral al contacto visual, no digamos táctil, el efecto se ha visto que sucede incluso si la dama no está en la misma habitación.

El experimento fue así: la Dra. Nauts y su equipo de la Universidad Radboud en Nimega (Holanda) han demostrado que interactuar con una mujer o el mero pensamiento de interactuar con una mujer es suficiente para limitar las capacidades mentales de un hombre. ¡Y es que los tíos somos así!

Vamos allá con el diseño del experimento. Los investigadores reclutaron un grupo de hombres y de mujeres heterosexuales con la falsa excusa de que iban a participar en un experimento sobre lectura de labios que sería controlado mediante una cámara web. Antes del experimento, los sujetos de experimentación -más conocidos como conejillos de Indias o también como estudiantes universitarios ávidos de dinero- (En este experimento se les pagaba 4 euros a cada uno ¡los holandeses y su justificada fama de ratas!) realizaron un test para medir su poder cognitivo, lo que llamamos un test de inteligencia. Entonces les dijeron que un investigador encendería la cámara web de forma remota, les mandaría un mensaje instantáneo diciéndoles que empezaran y valoraría de forma remota su desempeño. Ahora viene el punto clave del estudio, a la mitad de los sujetos del experimento se les dijo que el investigador que controlaría el experimento se llamaba Daniel y a la otra mitad que se llamaba Daniela.

Toda la historia de la lectura de labios era, como en un truco de magia, una estrategia de diversión.El verdadero objetivo del experimento era ver cómo reaccionaban las personas ante la interacción con otra persona, masculina o femenina, ya fueran hombres o mujeres, que no estaba presente. El objetivo del estudio era ver si esa interacción, y más aún, el pensamiento de que esa interacción iba a suceder, afectaba a la puntuación de la persona en el test de inteligencia.

La prueba fue lo que se llama un test de colores Stroop. Se les enseña a los participantes una pantalla con nombres de colores pero cada palabra está escrita en un color diferente al que nombra la propia palabra. A las personas se les dice que tienen que leer en voz alta el color con el que está dibujada la palabra, no el que la palabra indica. Parece fácil pero no lo es tanto. Puedes hacer una prueba intentando leer estas palabras de al lado a toda velocidad.

Los resultados fueron claros: los hombres lo hacen peor cuando se les dice que la persona con la que están interactuando es una mujer que cuando se les dice que es un hombre. Las mujeres muestran resultados similares tanto si tienen que interaccionar con un hombre como con una mujer. Los hombres funcionan peor tanto si están interactuando con una mujer como si tienen expectativas de que van a interactuar con una mujer. Y funcionan peor aunque no tengan ni idea de si la mujer les resulta atractiva o no.

¿Por qué es así?  Puede que tenga que ver con esos comentarios desagradables de que los hombres no tenemos realmente el cerebro dentro del cráneo o que estamos continuamente pensando en sexo. La realidad es que los investigadores consideran que los hombres estamos continuamente pensando en cómo caerán nuestras acciones en las mujeres. No sé si es especular demasiado pero es posible que muchas mujeres heterosexuales se sientan muy a gusto con un amigo homosexual porque se sienten tratadas con mayor naturalidad, sin que exista esa presencia sexual detrás. El esfuerzo por resultar atractivo a una mujer parece ser constante y requerir un montón de energía cerebral ¿estoy siendo agudo y divertido? ¿estoy haciendo caso a lo que dice en vez de mirar del cuello para abajo? ¿mi lenguaje corporal manda señales adecuadas? ¿le estoy gustando? Todo ese esfuerzo en crear una imagen atrayente, con pensamientos conscientes e inconscientes, hace trabajar un montón a nuestras neuronas. Así, cuando la mitad de los hombres en el experimento supieron que iba a interactuar con una tal Daniela, sus cerebros se pusieron a funcionar en el tema “mujer”. Realizaron peor el test de Stroop porque estaban pendientes, inconscientemente probablemente, de que iban a interaccionar en pocos segundos con una mujer y su cerebro estaba trabajando en ese sentido, preparándose para tratar con una mujer. Los hombres a los que se les dijo que su referente iba a ser un hombre estuvieron menos distraídos: no tenían nadie a quien intentar impresionar. Del mismo modo, parece que las mujeres que participaron en el experimento, su cerebro estaba igualmente poco afectado por la expectativa de una interacción con un hombre o una mujer. De estudios previos sabemos que la interacción con una mujer, sobre todo si resulta atractiva y estamos tratando de causar una buena impresión requiere una enorme dedicación cerebral: debemos modular nuestro comportamiento y debemos controlar con una atención extrema los signos de que nuestras señales positivas están llegando y están siendo bien recibidas. En el caso de Levin, el personaje de Tolstoi con el que abría este relato, no es que estar con Kitty le haga tartamudear, es que para el momento que cruza las primeras palabras con ella, el cerebro está agotado. De hecho en el experimento, a los conejillos (mis queridos estudiantes) se les metió en un cubículo, separados por sexos y conducidos por una persona de su mismo sexo, para que no hubieran consumido su energía cerebral antes de empezar el estudio.

La verdad es que es divertido y un poco deprimente al mismo tiempo (para los hombres al menos). Si pensamos que nos volvemos estúpidos incluso con la expectativa de interactuar con una mujer de la que no sabemos nada, ni cómo es, ni qué tal está (en este experimento era un nombre solamente) y sabemos que cada día interactuamos con decenas o cientos de mujeres, la verdad es que no sé ni cómo nos atrevemos a salir de casa. También pensaba si todas las personas que cuiden exámenes deben ser hombres, para evitar que una parte de la población estudiantil rinda peor de lo que merece por dedicar neuronas a lo que no toca en ese momento. También quizá por eso las vendedoras de las compañías de teléfono que me llaman siempre a las tres y media de la tarde son mujeres e intentan hacerme pasar a un plan, que no es precisamente el que yo estaría pensando. Y es que, como decía el poeta, el cromosoma Y nos juega estas malas pasadas.

Para leer más:

  • Karremans, J. C., Verwijmeren, T., Pronk, T. M., & Reitsma, M. (2009). Interacting with women can impair men’s cognitive functioning. Journal of Experimental Social Psychology, 45, 1041–1044.
  • Nauts, S., Metzmacher, M., Verwijmeren, T., Rommeswinkel, V., & Karremans, J. (2011). The Mere Anticipation of an Interaction with a Woman Can Impair Men’s Cognitive Performance.  Archives of Sexual Behavior DOI: 10.1007/s10508-011-9860-z http://www.springerlink.com/content/j5797p0205w350p6/