El alcohol es la droga más consumida en el mundo. Está presente en casi todos los registros históricos en una enorme variedad de culturas especialmente en aquellas que son la cuna de la civilización occidental. Egipcios, babilonios, israelitas, griegos y romanos tenían sus botellones y sus literaturas nos hablan de distintas bebidas alcohólicas, sus efectos embriagantes, la desinhibición que generan o el ridículo de los bebedores. Un simposium (συμπóσιον), que ahora nos parece una reunión de gente seria y sesuda con intereses académicos o científicos significa, originalmente, un grupo que se reúne para beber juntos, un encuentro en el que se intercambian experiencias y opiniones, en el que surgen nuevas ideas, en un ambiente distendido y grato, favorecido por la desinhibición que causa el alcohol.

La combinación entre alcohol y literatura tiene también una larga historia. Catulo, poeta y borracho declarado del siglo I de la era cristiana, hablaba en sus poemas de las delicias del vino pero también se burlaba del alcoholismo de sus contemporáneos y del suyo propio. En España, mientras don Quijote pincha con su espada los pellejos de la venta, Lope de Vega y Quevedo sumergen su literatura y su vida en grandes cantidades de tinto de Valdepeñas. En el siglo XIX, la llamada “hada verde”, la absenta, un destilado de hasta 89º , suficiente para desinfectar heridas, se convierte en una bebida habitual para autores como Wilde, Baudelaire, o Álvares de Azevedo, que difunden que les ayuda a inspirarse o más probablemente, acaba con la vida de alguno de ellos. Distintas obras como  “Les Paradis Artificiels”de Baudelaire o el “Kreisleriana” de E. T. A. Hoffmann, tienen al alcohol como protagonista. Fitzgerald decía que la bebida era “el vicio de los escritores” y Hemingway preguntado qué es lo que distraía a un escritor o le quitaba de escribir respondía “El alcohol, el dinero, las mujeres y la ambición. Y también la falta de alcohol, de dinero, de mujeres y de ambición.” Malcolm Lowry habla de sí mismo diciendo “con una mano escribo y con la otra me sostengo”  y bebe hasta el final de su vida, desde ginebra a formol, en un camino de autodestrucción que deja la mayor parte de su obra inacabada. Oscar Wilde escribe: “¿Cuál es la diferencia entre un vaso de absenta y una puesta de sol?” Antes de morir de una meningitis cerebral no solo gastó cada moneda que caía en sus manos en alcohol sino que perdió completamente la alegría de vivir. Tenía 46 años.

Los propios escritores alcohólicos han menospreciado a los sobrios, a otros borrachos y, sobre todo, a los conversos, a los que intentaban dejar la bebida. Hemingway, por ejemplo, hablaba con sorna del declive de sus amigos Fitzgerald y Faulkner. Fitzgerald, en un esfuerzo por beber menos, decidió durante un tiempo ponerse el límite en un vaso de cerveza; eso sí, treinta veces al día. El propio Fitzgerald escribió sobre su deriva creativa, su declive como escritor en una pieza titulada “The Crack Up”. Hemingway le contestó invitándole a que tirase “sus cojones al mar, si es que le quedaba alguno.”  Mientras tanto el propio Hemingway sacaba libros de la biblioteca sobre la cirrosis y el daño hepático. Según George Plimpton, al final de su vida, el hígado le sobresalía de la barriga “como una sanguijuela gorda y larga”. F. Scott Fitzgerald murió a los 44 años.

A la hora de explicar esa relación entre alcohol y Literatura, Donald Goodwin, un psiquiatra de la Washington University dice en su libro “Alcohol and the Writer

“Escribir es una forma de exhibicionismo, el alcohol desinhibe y saca fuera ese exhibicionismo. Escribir requiere interés en la gente, el alcohol incrementa la sociabilidad; escribir implica imaginación, el alcohol promueve la fantasía. Escribir requiere confianza en uno mismo, el alcohol genera esa sensación. Escribir es un trabajo solitario, el alcohol mitiga la soledad. Escribir demanda una intensa concentración, el alcohol relaja.”

El alcohol es también un personaje de la literatura. De los barriles de ron que consumen los piratas de La isla del Tesoro o los que salva Robinson Crusoe del naufragio, las recetas del daiquiri de Hemingway o del gimlet de Raymond Chandler en “El Largo adiós”. Los personajes de “Tres tristes tigres” de Cabrera Infante toman mojitos mientras que los de las “Conversaciones en la Catedral” ese bar limeño magníficamente narrado por Vargas Llosa, consumen pisco. El Horacio de Cortázar, en Rayuela, ofrece vino francés “de la casa” a los clochards parisinos mientras que en su novela “La batalla en el desierto”, José Emilio Pacheco subraya la urgencia de la clase media mexicana por cambiarse a bebidas extranjeras y “blanquear el gusto”.

Pero demasiado tiempo hemos tenido esa imagen del literato que en un bar de Montmartre o el Village bebe hasta caer desplomado mientras escribe obras maestras. En realidad, y sin puritanismos, el alcohol daña al cerebro. Así de claro y sencillo. Junto al daño directo, es también un factor principal en la violencia doméstica, los suicidios, los accidentes de tráfico y la delincuencia.Un estudio australiano reciente indicaba que las personas acusadas de “asalto” habían tomado, de media, 22 bebidas antes de su detención.

Las modernas técnicas de neuroimagen nos permiten estudiar el cerebro de las personas vivas. Eso permite tener unos registros mucho más exactos que los que hemos tenido hasta hace unos años porque antes, para estudiar un cerebro humano en cierto detalle, tenías que esperar a la muerte de la persona y una serie importante de factores: características de su enfermedad y agonía, medicación, tiempo transcurrido hasta realizar la autopsia y un largo etcétera, afectaban a los resultados y a su interpretación. Ahora podemos estudiar los cambios en una persona a lo largo del tiempo, en el cerebro en funcionamiento y con una resolución de una décima de milímetro. Podemos ver el cerebro normal, con un grado importante de actividad y el cerebro de una persona intoxicada por alcohol, apagado, deprimido.

Estos estudios en particular uno reciente del grupo de Fortier, nos han dado una información valiosa, y nos dan una pauta sobre esa relación histórica entre el alcohol, la actividad cerebral y la literatura.

1.- El daño inducido por el alcohol no es igual en todas las personas y hay distintos patrones de ingestión de bebida pero a pesar de esa variabilidad, la conclusión es contundete: a más cantidad de alcohol, mayor daño cerebral. Punto. Podría ser que el daño causado por el alcohol llegase hasta cierto punto y luego se estabilizara. No es así. La persona que sigue consumiendo, sigue aumentando la destrucción de su cerebro. Las personas que no consiguen dejar el alcohol terminan muriendo directamente del alcoholismo como Edgar Allan Poe, Jack Kerouac o Dylan Thomas o de algo conectado como la depresión y posterior suicidio de Ernest Hemingway. Buscando en Wikipedia aparecen 279 escritores famosos que se suicidaron, muchos de ellos alcohólicos o politoxicómanos.

2.- El alcohol “apaga” el cerebro y afecta a estructuras cerebrales que tienen una gran importancia en las funciones intelectuales o en las habilidades psicológicas y sociales. Por tanto, la persona alcohólica tiene cada vez más afectada su personalidad, su inteligencia, su memoria, su capacidad de juicio y raciocinio. El alcohol genera personalidades extremas, progresivamente asociales y aunque pueden ser atrayentes para el espectador ocasional, que observa esos gestos melodramáticos, los  ataques de ira, depresión, locuacidad, exhibicionismo con la curiosidad e interés del que ve algo insólito, el escritor alcoholizado termina convirtiéndose en el peor enemigo, de sí mismo, de los que le quieren y de su propia obra. La práctica totalidad de los escritores alcohólicos escribieron sus mejores obras antes de los 40, cuando su cerebro no estaba todavía muy deteriorado o en períodos de sobriedad. William Faulkner, que decía que “la civilización comienza con la destilación” nunca pudo escribir después nada de la calidad de lo que escribió antes de cumplir los 40. A Dashiel Hammett la bebida le provocó el llamado “bloqueo del escritor” una dificultad para escribir que duró treinta años. Es decir, cuando vemos a un escritor con una obra maravillosa y alcoholizado hay que pensar que la bebida no es la responsable de aquellas obras maestras sino que normalmente le está privando o le ha privado de escribir otras nuevas.

3.- Las zonas cerebrales donde el daño es mayor son los lóbulos frontales y temporales de la corteza cerebral. Estas áreas son claves en procesos complejos como el control de los impulsos, el ajuste a las normas sociales, el pacto comunitario en los comportamientos personales, ser un miembro positivo de la sociedad de los humanos. La importancia de estos resultados está en que las zonas más importantes para controlar un problema con la bebida son las más dañadas por el alcohol y con más bebida, más daño. Quizá por eso es tan difícil alcanzar y mantener la abstinencia, porque las zonas cerebrales que deberían encargarse de eso, de sobreponerse racionalmente a un hábito destructivo, están gravemente deterioradas.

4.- El daño a los lóbulos frontales tiene su correlación en cambios en la personalidad como impulsividad, dificultades para planear o razonar, salto frecuente de tema con poca constancia en la atención, no darse cuenta de la presencia de un comportamiento inapropiado, cambios de humor y agresividad. El daño a la corteza temporal normalmente termina afectando a la memoria y al lenguaje.

5.- El problema afecta tanto a hombres como a mujeres. El número de mujeres escritoras es menor pero algunas como Marguerite Duras o Dorothy Parker, han tenido graves problemas con la bebida. La poeta Anne Sexton viajaba siempre con un termo lleno de martinis. La biografía de la novelista Jean Stafford cuenta que empezó a beber en la universidad y en los años siguientes bebía jerez por la mañana mientras escribía. Pronto, según un amigo, “difícilmente se la encontraba sin que el aliento le oliera a alcohol”. Si salía a cenar, la tenían que traer de vuelta. Contó a su hermana que odiaba la bebida, que hacía su vida terriblemente miserable pero que no podía dejarla. Tras varios tratamientos, sufrió un delirium tremens y tuvo diferentes caídas y lesiones.  Se desmayaba borracha y la encontraban tirada en el suelo a la mañana siguiente. Siguió bebiendo después de un ataque al corazón. A los 63 años había dejado de comer prácticamente y murió de una parada cardíaca.

6.- El alcohol cumple todos los principios básicos de la adicción a una droga:

  • Tolerancia: necesitar más droga para sentir los mismos efectos.
  • Síndrome de abstinencia: malestar físico tras cesar o reducir el consumo.
  • “Craving”: un deseo irrefrenable de consumir.
  • Cambio de la escala de valores donde conseguir droga se convierte en la actividad principal.
  • Persistencia en el consumo a pesar de notar y conocer los efectos dañinos.

7.- Aunque el cerebro queda gravemente afectado por el alcohol, hay una cierta recuperación si se consigue dejar la bebida. Saber esto puede ser un factor de refuerzo, de motivación. Si alguien se esfuerza por recuperar la sobriedad, aunque con mucha probabilidad no será animado ni entendido por los que siguen en la bebida, mejorará su esperanza de vida. Un ejemplo en positivo puede ser Raymond Carver. Tras la característica espiral de hospitales, detenciones, juicios, centros de desintoxicación y vuelta a empezar, dejó la bebida en 1977. Durante un año no escribió nada “No consigo convencerme de que merece la pena hacerlo”, y se pasaba el tiempo jugando al bingo y comiendo dónuts pero entonces consiguió un reinicio, tanto en lo personal, se volvió a casar, como en lo profesional, escribiendo algunas de sus mejores obras, como el libro de relatos “Catedral”, nominado para el Pulitzer. Aún así, murió a los cincuenta años.

8.- Hay un evidente factor cultural. Mientras que muchos de los mejores escritores norteamericanos del último siglo se han sumergido en el alcohol, no ha sido así para muchos de los sudamericanos, responsables de otra Edad de Oro para la escritura en español. Cuatro escritores norteamericanos que han recibido el premio Nobel de Literatura, Eugene O’Neill, Sinclair Lewis, William Faulkner y Ernest Hemingway eran alcohólicos y un quinto, John Steinbeck, bebía como una esponja. Por el contrario, en América Latina no solo hay grandes escritores a quien resulta difícil imaginar perdiendo el control como Jorge Luis Borges sino que otros han considerado que Literatura y Alcohol eran dos amos a los que no se podía servir al mismo tiempo. Dos premios Nobel tan reconocidos como Vargas Llosa o García Márquez son buenos ejemplos. Vargas dejó incluso de fumar para no distraerse mientras escribía. Gabo abandonó su ambiente de tabernas, putas y borrachos para encontrar, en la vida familiar, la serenidad para construir una narrativa excepcional.

Por todo esto, no es necesario ser un alcohólico para convocar a las musas. Hay que romper con esa imagen romántica y perversa del narrador o poeta, enfermo y adicto, derrumbado sobre su propio vómito. Quizá no está de más recordar que muchos de ellos mueren antes que sus coetáneos, tras llevar una vida miserable y que mucho de lo que podrían haber escrito, nunca llegó a existir y mucho de lo que podrían haber disfrutado de su obra y de la vida, lo destruyó el alcohol. Baudelaire escribió que el alcohol se convirtió en un arma “para asesinar algo dentro de sí mismo, un gusano imposible de matar.” El alcohol y la sífilis le mataron, tras dejarle paralítico, con ataques de hemiplejía y sin habla. Tenía 46 años.

Para leer más:

  • Boler, K. (2004) A Drinking Companion: Alcohol and Writers’ Lives. Cardoza, Las Vegas.
  • Fortier CB, Leritz EC, Salat DH, Venne JR, Maksimovskiy AL, Williams V, Milberg WP, McGlinchey RE. (2011) Reduced Cortical Thickness in Abstinent Alcoholics and Association with Alcoholic Behavior. Alcohol Clin Exp Res. 2011 Sep 15. doi: 10.1111/j.1530-0277.2011.01576.x.
  • Goodwin, D.W. (1988) Alcohol and the Writer. Andrews & McMeel, Kansas City.
  • Behavior: The Writer’s Vice. Revista Time. 5 de octubre de 1970. http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,904358,00.html
  • Rubiano Vargas, R. Con una mano escribo y con la otra me sostengo. http://www.revistanumero.com/26mano.htm
  •  Waldron, A. (1989) Writers and alcohol. The Washington Post. 14 de marzo. pp. 13-15. http://207.228.230.17/sep/writers.htm
  • http://moreintelligentlife.com/content/tom-shone/when-novelists-sober