Soy profesor. Esta declaración, que se parece mucho a lo que las películas nos muestran de las reuniones de alcohólicos anónimos, contiene más de lo que parece. Implica que me gusta dar clase, que una gran parte de mi vida ha trascurrido rodeado de gente joven, que he sentido la alegría de recibir preguntas inteligentes, de corregir exámenes perfectos, de encontrarme años después con un exalumno y que me dijera que recordaba aquellas clases lejanas con cariño y agradecimiento. También el desánimo cuando sientes que tu esfuerzo no tiene respuesta, cuando un alumno que sabes que ha trabajado te entrega un examen penoso, cuando das una clase mal preparada y te avergüenzas de ti mismo. Hay pocos placeres que recuerde tan vívidos como esa sensación de que te siguen, en bloque y uno a uno, a esa aventura, ese misterio, ese camino que les estás mostrando, un trocito de Ciencia. Pero  hoy no quisiera hablar de eso, sino de un artilugio conocido por todos, pero al que hacemos poco caso, la pizarra. Y en particular sobre un ruido, ese sonido desagradable que se produce cuando se te acaba la tiza, te descuidas o algunos, no es mi caso porque es un sonido que no soporto, cuando quieren que se restablezca el silencio en clase. Me refiero a raspar la pizarra con las uñas.

El sonido es una información muy importante. Somos animales visuales pero nuestros oídos nos informan de cosas que están lejanas, ocultas o que trascurren en la oscuridad.  Nos permiten localizar la fuente de un sonido en el plano horizontal pero lo hacemos mucho peor en el vertical, porque tenemos ambos oídos a la misma altura. Las lechuzas los tienen a diferentes niveles y pueden localizar a qué distancia se mueve en el suelo un ratoncito en la oscuridad. Hay sonidos que enmascaran otros, como el autobús ruidoso que pasa al lado de nuestra parada y  nos impide seguir una conversación y otros que tienen un timbre muy agudo, un volumen alto y que rompen súbitamente la maraña de ruidos que nos acompañan en la vida cotidiana. Lo notamos cuando una ambulancia cruza la ciudad, cuando los violines atacan un momento de una sinfonía, cuando en medio del jaleo de una boda una soprano se pone a cantar. Nos enderezamos en la silla, notamos que nos ponemos más atentos, alertas, porque algo importante está pasando. Pero nada comparable a ese ruido asqueroso de las uñas sobre la pizarra. No tiene nada que ver con culturas, con la edad, con el sexo, afecta a todas las personas que conozco.

No todos los sonidos son iguales para nuestro cerebro. Nuestro sistema nervioso procesa de una forma especial nuestro nombre y por eso somos capaces de oírlo cuando alguien, a ser posible del sexo opuesto, nos llama en medio de una fiesta. También tenemos sonidos con un alto valor emocional. Un ejemplo es el llanto de un bebé, sobre todo, si no vemos al niño y no sabemos si su mamá o su papá están cerca. Creo que estamos programados ante ese sonido para reaccionar con ansiedad y ponernos en movimiento inmediatamente. Aún recuerdo meterme hasta las rodillas en el fango siguiendo un llanto que luego correspondía a unos gatitos que un desalmado había abandonado en una caja y tirado al río. Pero mi cerebro estaba respondiendo a un ruido ascentral, atávico, creía que era un bebé humano pidiendo ayuda. Somos una especie social, cuidamos a nuestras crías y nos sentimos también atraídos en el mejor sentido por las crías de nuestros vecinos. Fíjense un día en las miradas de la gente cuando una madre saca a un bebé del cochecito. Miran y sonríen. Y si tenemos confianza queremos cogerlo, tocarlo, o al menos meter la cabeza dentro de la capota como si quisiéramos, es mi teoría, captar su aroma.

Y  también respondemos a los gritos. Comunican que algo no va bien, alguien necesita ayuda, hay un peligro, alguien está muy enfadado y puede darse una situación complicada. A menudo no sabemos lo qué está pasando, pero los gritos nos tensionan, nos ponen a la defensiva. Estos sonidos, llantos y gritos, no son lenguaje, es algo mucho más primitivo. Un bebé llora desde que nace y berrea poco después. Lo seguimos haciendo toda nuestra vida. Son señales básicas, “animales” que transmiten los mensajes más básicos, el bebé que llora porque tiene hambre o sed o lo que sea, está pidiendo ayuda, el niño o el adulto que grita está diciendo que hay una situación anómala, peligrosa. Los animales tienen muchas veces ruidos parecidos, y lo vemos en las distintas formas en que ladra un perro o maúlla un gato, los animales más cercanos a nosotros y cuyas diferencias expresivas entendemos mejor. También somos parte de una naturaleza, no solo el ecosistema urbano que ha sido nuestra realidad desde hace menos de 10.000 años, sino los cientos de miles de años en que hemos sido parte de una naturaleza más rica, más diversa, más peligrosa. Así, entendemos los gritos de miedo de otras especies y nos ponemos en alerta también cuando una bandada de pájaros pía estruendosamente y sale volando o notamos si las ovejas están nerviosas aunque no sepamos lo que está pasando. No entendemos los balidos pero sabemos que algo pasa. Así que los investigadores han pensado si esa respuesta tan peculiar a algo tan artificial como unas uñas en una pizarra tendrá algo que ver con el mundo natural.

Randolph Blake, un catedrático de Psicología en la Universidad de Vanderbilt ha desarrollado una propuesta. Ese sonido —dice Blake—  es llamativamente similar al grito de alarma de un chimpancé. ¿Y por qué nos afecta así? La mayoría de nosotros sólo hemos visto un chimpancé unos minutos en un zoo y no hemos oído nunca su ruido de alarma. Dentro de ese arbusto que es la evolución, nuestra rama se separó de la de los chimpancés hace 6,5 millones de años. Durante una gran parte del tiempo siguiente, evolucionamos juntos en las sabanas del este de África. Los chimpancés se mantuvieron muy ligados a los árboles mientras que nuestros antecesores se movieron al suelo, pero ambos compartían la mayoría de los predadores (leones, guepardos, grandes águilas, etc.). Los chimpancés junto con otros simios y varias especies de mono tienen unas llamadas de alarma enormemente estridentes, que se oyen perfectamente en la selva. Nuestros antepasados es seguro que conocerían ese ruido y que sería un grito que produjera miedo, alarma, alerta, aprensión. No es de extrañar que la selección natural primara una respuesta potente al sonido de miedo de un chimpancé, indicaba que un peligro estaba cerca.

Como siempre en el análisis evolutivo, todo esto son especulaciones, no sabemos cómo era nuestro comportamiento hace cien mil años y no sabemos si esa es la explicación de que ese sonido nos resulte tan desagradable. Pero no hay nada mejor que probarlo uno mismo.  En esta dirección web tienes el sonido de alarma de un chimpancé. http://www.vanderbilt.edu/News/newsSound/Chimp.mp3 Pruébalo.

¿Qué pasó? ¿Se te puso la piel de gallina? ¿Apretaste los dientes? ¿Notaste como se tensaba todo tu cuerpo? La idea de Sam McDougle es que probablemente no habías oído nunca ese ruido y, sin embargo, tu cuerpo reaccionó con una mezcla de miedo, sorpresa y tensión. Tu cerebro guarda en sus neuronas el miedo que sentíamos cuando un chimpancé gritaba que un cazador estaba cerca, que la muerte estaba acechando.

En 2006, Blake ganó el premio Nobel alternativo, una broma de los estudiantes de Harvard, por su investigación sobre la psicoacústica de este sonido estridente. Los premios Ig Nobel están pensados para investigaciones que “primero hagan reír, y luego hagan pensar”. Pienso que lo consiguen perfectamente en este caso y creo que es hermoso pensar en aquellas eras cuando teníamos miedo en la noche de la selva, y el enorme camino que hemos recorrido desde entonces.

Para leer más:

  • Halpern, DL, Randolph Blake, R, James Hillenbrand J Psychoacoustics of a Chilling Sound,”  Perception and Psychophysics, vol. 39,1986, pp. 77-80.
  • McDougle, S. (2011) The Evolution of Chalkboard Torture. The Beautiful Brain. 18 de octubre de 2011. http://thebeautifulbrain.com/2011/10/the-evolution-of-chalkboard-torture/