Las orquídeas son un grupo llamativo de seres vivos y no sólo por su belleza. Forman la familia más numerosa de plantas con flor, con entre 22.000 y 26.000 especies, agrupadas en 880 géneros. Es una cantidad asombrosa, aproximadamente el doble de especies de las de aves y cuatro veces el número de especies de mamíferos. Las orquídeas se han extendido por todos los continentes y podemos observar desde orquídeas diminutas en nuestros prados y en las cunetas de las carreteras a ejemplares de una belleza asombrosa en las selvas tropicales, pasando por géneros poco exigentes y bonitos como Phalaenopsis o Cattleya y unos 100.000 híbridos que las han convertido en unas de las plantas de interior más populares.

La orquídea tiene una interesante relación con el sexo. Para empezar el nombre viene del griego orquis (ὄρχις) que significa “testículo”. Eso es así porque la raíz de bastantes orquídeas de las zonas templadas, Europa incluida, tienen esa forma globular y ovalada y algunos géneros como Orchis y Ophrys, tienen dos de esas raíces tuberosas, con lo que la semejanza es aún mayor. Una de estas estructuras de reserva ayuda a superar el invierno y proporciona nutrientes para el desarrollo de la otra, que es de donde surge el nuevo tallo. En la mitología griega, Orquis es el hijo de una ninfa y un sátiro y en una fiesta en honor del dios Dionisio (Baco), bebe demasiado e intenta violar a una sacerdotisa. Ella se defiende y pide ayuda a los animales salvajes del bosque, que le atacan y matan. Mirando su bello cadáver, ella pide a los dioses que le vuelvan a la vida, pero éstos lo hacen solo a medias y le convierten en un vegetal, la hermosa orquídea.

La flor de la orquídea tiene simetría bilateral con un pétalo muy modificado, el labelo, que se convierte en un potente atrayente de muchos insectos y en una auténtica pista de aterrizaje para ellos. Uno de los géneros más sugerentes es Ophrys, la llamada orquídea de las abejas. La estrategia reproductora de esta planta es el “engaño sexual” o “seudocópula”.  Distintas especies de Ophrys tienen distintos himenópteros polinizadores, parientes de la abeja, el abejorro, y la avispa. Estas plantas no ofrecen néctar o polen como recompensa para atraer a los insectos, sino que les prometen sexo. El  labelo, que forma la parte larga e inferior de la corola, ha adoptado —tras cientos de miles de años de evolución—  la apariencia vista desde arriba de una abeja hembra. La planta va más allá pues imita también el olor de las feromonas que emite el insecto hembra y el propio tacto de la espalda de la abeja sobre la que supuestamente se posa el incauto. Si nos fijamos en la flor, algunas especies imitan también, en la región central del labelo, el tono iridiscente de unas alas plegadas. El montaje muestra en apariencia una abeja hembra libando una flor de pétalos verdes, que en realidad corresponde al cáliz, los sépalos de la orquídea, mientras que el supuesto insecto hembra es en realidad la parte más visible y llamativa de la flor. El engaño está preparado.

Cuando el pobre himenóptero “salido” aterriza en lo que considera una hembra de su especie, intenta tener sexo con ella. En palabras de un botánico “se pone a realizar unos movimientos que parecen un intento anormalmente vigoroso y prolongado de cópula”. Esos movimientos y su propio peso hacen que la columna de la orquídea, una zona que contiene el estigma y los estambres, los auténticos órganos sexuales de la flor, se doblen sobre el insecto. Al contactar con él, los estambres le colocan sobre su cuerpo dos sacos de polen, lo que se llaman polinios, que quedan fijados por una sustancia pegajosa. Si al pobre insect ya se la han jugado antes y lleva el polen sobre sí, el estigma toca en ese momento estos granos de polen y la reproducción sexual, el salto de los gametos masculinos de una planta a otra se habrá consumado.

La orquídea no le da un poco de néctar para compensarle el coitus interruptus. Parece que frustrar al pobre bicho es parte de la estrategia de la orquídea pues después de terminar de forma abrupta la seudocópula con la planta que le ha engañado, no lo intenta con otra orquídea de las proximidades, sino que está volando un rato, hasta que se calma o se le olvida cómo le han timado, o encuentra algo que parece distinto y lo intenta de nuevo. Eso hace que se favorezcan los cruces entre plantas alejadas unas de otras, lo que favorece la diversidad genética. También se cree que esa otra orquídea, con mayor diversidad genética que la anterior, tendrá un aspecto y un olor ligeramente diferentes y como tantos machos, —sin señalar a nadie— ahora el pobre bicho sí piensa, ésta no me va a engañar. Por así decirlo, las imperfecciones en copiar el aspecto del insecto hembra son un factor clave del éxito de la orquídea para seducir y timar varias veces al insecto macho.

Existen abundantes especies de orquídeas que generan una recompensa en comida, en néctar o polen a insectos y pájaros pero un tercio aproximadamente de las especies existentes han desarrollado esta estrategia más compleja: engañar y explotar a los animales. Algunas especies del género Orchis se asemejan a flores de otros grupos de plantas que van cargadas de néctar. En las llamadas orquídeas Drácula que son polinizadas por moscas, las orquídeas producen una serie de olores desagradables —para nosotros— que asemejan carne en distintos niveles de putrefacción y que son muy atractivos para las moscas. Otras orquídeas del género Serapias tienen unas flores cuya forma asemeja una cavidad. Los insectos van allí pensando que están entrando en la apertura de un refugio. Otras del género Oncidiums copian el aspecto de una abeja macho del género Centris. En este caso, el insecto polinizador macho considera que está enfrentándose a otra abeja macho para dilucidar en ese combate a quién pertenece ese territorio. El verdadero insecto choca con el señuelo y se embadurna completamente de polen. No es que las orquídeas hayan elegido este camino para tener éxito, han tenido éxito porque en todas las variaciones en que un ser vivo puede mutar, la suya tuvo premio. Los puntos de partida fueron sencillos, la simetría bilateral (la gran mayoría de los animales terrestres tienen simetría bilateral por lo que las flores con simetría radial, la mayoría, tienen menos posibilidades de asemejarse a un insecto y una gran diversidad genética conseguida mediante la reproducción sexual. Si lo pensamos bien, las orquídeas han sido capaces de desarrollar una enorme variedad de aspectos, incluyendo formas, colores, olores, texturas, etc. y han tenido éxito las que se asemejan a las tres motivaciones más básicas para un animal: comida, refugio y sexo.

El estudio de las orquídeas tiene un enorme interés en la Teoría de la Evolución. Después de escribir El Origen de las Especies, Darwin publicó en 1862 una obra titulada The Various Contrivances by Which Orchids Are Fertilised by Insects. Le maravillaba la variedad de formas de las orquídeas y cómo se había producido una adaptación a su fecundación por los insectos. Darwin dedujo que las orquídeas de la especie Angraecum sesquipedale tenían que ser fecundadas por una polilla que tuviera una espiritrompa de más de treinta centímetros. No se conocía una polilla así hasta que fue identificada en 1903, 20 años después de la muerte de Darwin. Él estaba asombrado y no entendía porqué las orquídeas de Ophrys se parecían tanto a una abeja (la seudocópula se observó por primera vez en 1916).  Darwin escribió

“En mi examen de las orquídeas, difícilmente me ha impresionado nada tanto con la interminable diversidad de estructuras para conseguir el mismo final, eso, es la fertilización de una flor con el polen de otra.

Darwin demostró que hasta las características más inexplicables de las flores tenían una función reproductiva. Muchas estructuras están perfectamente adaptadas tanto a los requerimientos de la planta y a la morfología y comportamiento del insecto que la visita. Las orquídeas proporcionaron a Darwin ejemplos contundentes de su revolucionaria teoría.

Una pregunta lógica es porqué ha tenido un éxito basado en mecanismos tan sutiles, tan elaborados y tan específicos, que dejan fuera a la mayoría de los insectos polinizadores. Una flor con forma de himenóptero hembra atraerá a un macho de la misma especie, pero no a otro tipo de insecto polinizador. La ventaja es que un insecto recolector de néctar o polen va de flor en flor en un campo, visitando plantas muy diferentes entre sí, y las que son de la misma especie, muy iguales entre sí. Por tanto, la variabilidad genética tras una polinización cruzada es baja. En cambio, en el caso de las orquídeas, la variabilidad genética es mucho mayor, eso explica que el número de especies sea tan asombrosamente alto. El sistema tiene la pega de que las posibilidades de que una planta sea polinizada son a menudo escasas. Para compensar eso, las flores se mantienen viables durante períodos muy largos. Por eso las compramos en las floristerías o regalamos la flor cortada, porque aunque sea comparativamente cara, la orquídea aguanta mucho más tiempo que otras flores. Las pocas veces que el polinizador visita la flor, la orquídea le impregna con una cantidad enorme de polen en una masa única de modo que cuando vaya a otra flor, puede fecundar de una sola vez, miles de óvulos, lo que implica y explica que las semillas de las orquídeas sean diminutas. Finalmente, en bastantes especies, si no es visitada por ningún insecto, la flor se cierra sobre sí misma y se autopoliniza con lo que no se pierde todo el esfuerzo biológico gastado en conseguir esa estructura reproductora, la flor.

John Alcock, autor de An Enthusiasm for Orchids, comenta que si experimentalmente se añade una pequeña cantidad de néctar en una flor de orquídea que normalmente no lo tiene, los polinizadores se quedan en la cercanía visitando otras flores de la misma planta (muchas orquídeas aparecen en grupos, inflorescencias con bastantes flores pequeñas). Eso origina semillas de baja calidad, resultado de una endogamia.

La orquídea opta por la especialización. Una planta que produce néctar recibe muchos visitantes, la inmensa mayoría de los cuáles no le aportan nada. La orquídea, por el contrario, busca un insecto que, de forma casi específica, le visite a ella y luego visite a otra orquídea de la misma especie, situada a cierta distancia. Otras plantas optan por la opción contraria: una polinización generalista. Producen néctar o polen que sea interesante para cualquier insecto recolector. Ese insecto puede visitar distintos tipos de flores, especies alejadas entre sí, manchándose sucesivamente de polen en distintas visitas. Solo cuando visite una flor de la misma especie, los granos de polen que allí deje, solo aquellos pertenecientes a la misma especie, fecundarán esa flor. La especificidad del sistema olfatorio es también un camino para la especiación, para esa asombrosa biodiversidad de las orquídeas. Las moléculas odorantes tienen una estructura molecular característica, que es reconocida por receptores específicos, en nuestra nariz o en las antenas de un insecto. Una mutación puntual puede causar un cambio en la molécula odorante. Ese cambio puede hacer que de repente se vuelva indiferente para el insecto polinizador habitual y atrayente para una nueva especie de polinizador. Este mecanismo provoca el mismo resultado que un aislamiento geográfico, ya que evita que las nuevas flores sean visitadas por los polinizadores habituales que podrían conseguir la “dilución” de esa mutación. La nueva mutación irá sumándose, ya que las nuevas generaciones se reproducen en un ambiente de aislamiento genético, el camino que lleva a la creación de una nueva especie.

Por otro lado, si pensamos que es un mecanismo tan bueno, porqué no hay más orquídeas. Tenemos por decirlo de una manera sencilla, muchas especies de orquídeas, pero pocos ejemplares de cada especie. La explicación es porque si fueran más abundantes su propio esquema de engaño se volvería contra ellas. Si un insecto visita flor tras flor y no saca nada de ellas, ni néctar ni sexo, terminará por abandonar esa flor, que terminará perdiendo su ventaja evolutiva. El sistema solo funciona si el timo es ocasional y la mayoría de las visitas se saldan con una recompensa. Por decirlo, en palabras de Pollan, las orquídeas dependen de la ubicuidad de flores honestas.

Para finalizar en estos temas es muy fácil caer en el antropocentrismo. No hay flores honestas que recompensan la visita con dulce néctar y otras perversas, que engañan con un señuelo sexual a los pobres himenópteros (llamarlos “pobres” ya es un rasgo de antropocentrismo al pensar en lo que nosotros consideraríamos engaño y frustración). Las orquídeas no buscan engañar porque no tienen consciencia. La reproducción sexual es ventajosa porque aumenta la diversidad genética, lo que hace que es más probable que aparezcan mutaciones, y entre muchas mutaciones es más fácil que aparezca alguna favorable para unas circunstancias determinadas. El sistema de las orquídeas es tan sofisticado, tan elaborado que es usado por los creacionistas para reclamar la presencia de un “diseñador”, de un ser superior que impulse, prevea y programe, la existencia de un Dios. Los evolucionistas piensan que la variedad de la Naturaleza, la existencia de un registro fósil donde había solamente especies más sencillas, la presencia de estructuras biológicas y funciones biológicas que son absurdas o de una crueldad extrema encajan con un proceso fase a fase y sin dirección ni moralidad y no con un programa perfecto.

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