No voy a hablar de la fregona, ni del chupa-chups, ni del autogiro, ni del submarino, ni la guitarra, ni de la grapadora, ni siquiera del botijo. En muchos países civilizados se considera que el mejor invento español es la siesta.

Los bebés y los niños necesitan dormir para desarrollarse física y mentalmente. Todos los humanos necesitamos dormir para mantenernos sanos y tener un buen rendimiento intelectual. Un cerebro durmiendo es mucho más que un cerebro en descanso. Por lo que sabemos, —y nos falta mucho por conocer—, es un cerebro que se está restaurando, asentando memorias, procesando información y, en general, realizando actividades de mantenimiento que son necesarias para el funcionamiento cotidiano. Tareas éstas que el cerebro no puede llevar a cabo durante las horas de vigilia.

Experimentos en ratas han demostrado que la privación de sueño genera un aumento de las hormonas de estrés, de la corticosterona sobre todo, y que estas hormonas se acumulan en una región cerebral llamada el hipocampo. Allí causan una disminución en la producción de nuevas neuronas, un fenómeno excepcional llamado neurogénesis que parece que está unido a la consolidación de nuevas memorias. La relación está bien establecida: menos sueño, más estrés, más corticosterona, menos neurogénesis, peor memoria. Estos estudios en roedores son concordantes con otros en humanos que han demostrado que las personas que duermen pocas horas tienen una memoria peor y les cuesta más recordar cosas recién aprendidas o que han vivido hace poco tiempo.

En las guarderías y muchos hogares se pone a los niños pequeños a dormir un rato de siesta durante el día. Se ha visto que ese reposo ayuda a mejorar la capacidad cognitiva, la velocidad de pensamiento, la destreza de su sistema nervioso. Al convertirnos en adultos perdemos en muchos casos, por estas vidas ajetreadas que llevamos, la siesta, perdemos esa opción de descanso y lo que ello significaba de respiro, tregua y restauración cerebral. Muchos de los que tenemos ocasión de recuperarla de vez en cuando notamos que tras esos minutos nuestra mente está más ágil, más descansada, con mejor concentración y capaz de afrontar con más decisión y entusiasmo las tareas de lo que queda de día.

Para los niños pequeños ese rato de siesta es imprescindible para su salud —a veces, también para la de sus padres— y hay investigaciones de que ese sueño diurno también puede ser de interés e importancia para otros sectores de población. Algunas publicaciones recientes señalan que los adolescentes necesitan dormir mucho más de lo que ellos suponen, de hecho, deberían dormir más que los niños. Estos estudios indican que los niños de entre 11 y 12 años deberían dormir por encima de 9 horas y los “teenagers”(13-19) por encima de 10, algo que raramente sucede. Es posible que señales tan frecuentes en esas edades como la falta de concentración en sus tareas, la irritabilidad, los problemas de comportamiento, los cambios de humor, tengan que ver con los hábitos de sueño y vigilia, y con un cerebro con numerosos cambios inducidos internamente (hormonas, desarrollo corporal) y externamente (nuevas actividades, nuevas emociones, desarrollo sentimental, exploración de sí mismos, de su grupo social y de su lugar en el mundo).

¿Y por qué nos echamos la siesta precisamente después de comer? Existen unas neuronas en el cerebro que normalmente nos mantienen alerta y despiertos. Se ha visto que cuando tenemos altos niveles de glucosa en sangre, por ejemplo, después de una buena comida, estas neuronas se apagan, aparecen desactivadas. Esa somnolencia tras la comida puede ser la forma en que nuestro cerebro dice a su organismo “relájate” tras haber encontrado e ingerido la comida que necesita, lo que señalan esos niveles altos de azúcar en la sangre. Lo mismo sucede, como nos muestran los documentales esos que dice que ve todo el mundo, dentro de los animales, sestean tras comerse a la gacela.

Denis Burdakov de la Universidad de Manchester encontró que un grupo de células del hipotálamo, las llamadas neuronas orexinérgicas, porque producen unas proteínas llamadas orexinas, pueden ser las responsables. Estudiando la frecuencia de disparo de estas neuronas se ha visto que esta actividad eléctrica se modifica en función de los niveles de glucosa y que son menos activas durante la noche. De hecho, si estas neuronas funcionan mal, se produce la llamada narcolepsia en la cual las personas afectadas no consiguen mantenerse despiertas. Del mismo modo, estas neuronas podrían explicar porqué no conseguimos dormirnos si estamos hambrientos: la actividad de estas neuronas aumenta cuando los niveles de glucosa en la sangre disminuye. Los investigadores piensan que estas neuronas se aseguran de que estemos preparados, dispuestos, atentos, cuando tenemos hambre, para asegurar un esfuerzo exitoso en la búsqueda de comida. Cuando estamos alimentados, estas neuronas dejan de disparar porque no tiene mucho sentido gastar energía buscando más comida que no es necesaria en esos momentos.

Jugando con las neuronas orexinérgicas, podemos buscar una solución a un problema como es la obesidad. Puesto que estas neuronas intervienen en el control del apetito y del ritmo del metabolismo buscamos “engañar” a las neuronas orexinérgicas y que mantengan un nivel bajo de actividad aunque caigan los niveles de glucosa. Es decir, que no causen ansiedad en el organismo cuando iniciamos una dieta ni inicien una cascada de actividad cerebral que nos lleva a buscar comida.

Numerosas evidencias demuestran que la siesta es un buen invento. Un estudio de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Harvard ha demostrado que una siesta habitual de media hora reduce en un 40% la probabilidad de morir de un ataque cardíaco. Se supone que el período de sueño diurno protege al corazón al disminuir la concentración de las hormonas relacionadas con el estrés. De hecho, los efectos eran más marcados en las personas en situación laboral activa que en los jubilados. La idea de los investigadores es que en las personas afectadas por una carga de trabajo intensa se producen hormonas de estrés, que producen inflamación en los tejidos corporales, que dañan las arterias y que aumentan el riesgo de un infarto, algo que sería eliminado o al menos paliado con el descanso de la siesta. Incluso para los que no sean forofos de dormir durante el día o su situación laboral no se lo permita, hacerlo de forma ocasional, el fin de semana o en medio de una conferencia, también es positivo, salvo que el conferenciante sea tu jefe. El estudio en el que se siguió durante seis años a 24.000 voluntarios mostraba que estos siesteros ocasionales tenían un riesgo un 12% menor que los que nunca echaban la siesta. El estudio, a pesar de estar realizado desde Harvard, se llevó a cabo en un país mediterráneo, en Grecia, probablemente porque nuestra región es el mejor sitio para encontrar miles de voluntarios dispuestos a sacrificarse y echarse una siesta con regularidad. Todo sea por la Ciencia.

La siesta tiene mala imagen en países, culturas y personas donde no es habitual realizar ese descanso tras la comida. Hay un claro gradiente norte-sur y forma parte de los tópicos más estúpidos y se asimila a defectos como la indolencia o la vagancia. La típica imagen del mejicano en los Estados Unidos o en nuestra propia España del andaluz o canario, no solo tiene tintes racistas o va unido a una adaptación lógica al clima, sino que además hace agua por los cuatro costados. Es un tópico idiota o de idiotas, a elegir. La siesta es parte de un estilo de vida mediterráneo, en mi opinión uno de los mayores cénit culturales de la Humanidad. Mediterráneo, para mí, va unido a democracia, a participación en la política, a terrazas y teatros, a ocio al aire libre, a libros y cafés, a vino, ensalada y cordero, a cruce de culturas y hospitalidad, a comidas largas y ruidosas, a sobremesas más largas aún, a respeto y sentido del humor, a familia y amistad. En Alemania se nota todavía hasta qué zonas llegaron las guarniciones romanas y lo que era territorio bárbaro por eso tan sencillo del joei de vivre.  En el mundo también, aunque ahora domine lo que podíamos llamar la cultura de otro mar, del Atlántico Norte, va existiendo un sentimiento “mediterráneo” que encaja en palabras como inclusividad, diversidad y sostenibilidad.

Por último, a esos workaholics candidatos al infarto que miran con superioridad y ceño inquisitorial al que echa la siesta, como si se estuviera gastando sus impuestos mientras duerme, comentarles que la ciencia ha demostrado que la siesta mejora la productividad. Sarah Mednick, de la Universidad de Harvard, ha puesto una serie de trabajos extenuantes a 30 voluntarios. Tenían que hacer una tarea de alta concentración en cuatro bloques de una hora de duración, repartidos en sesiones de mañana y tarde. Un tercio de los voluntarios dormía una hora de siesta, otro tercio, una siesta de media hora y el último tercio nada. La conclusión fue que los que echaban siesta eran más rápidos en sus tareas y cometían muchos menos errores. Algo similar se ha comprobado en profesiones con tareas de alta concentración y responsabilidad como los cirujanos. Los que echaban un rato de siesta tenían mejores índices de éxito en las propias operaciones realizadas por la tarde y en el seguimiento postoperatorio de sus pacientes.

Por lo tanto, vale ya de hablarnos solo de no comer chorizo ni salchichón, de hacernos correr dando vueltas a la manzana como si nos persiguiera el cobrador del frac, de tomar preparados alimenticios que reducen quizá el nivel del colesterol pero también el nivel hedónico, el placer asociado a la alimentación. Vamos a hacer algo a favor de la salud pública y que engarce con las más sólidas tradiciones culturales ibéricas. Vamos a dormir la siesta.

Para leer más:

  • Naska A, Oikonomou E, Trichopoulou A, Psaltopoulou T, Trichopoulos D. (2007) Siesta in healthy adults and coronary mortality in the general population. Arch Intern Med 167(3):296-301.
  • Scott MM, Marcus JN, Elmquist JK (2006) Orexin neurons and the TASK of glucosensing. Neuron. 50(5):665-667.