El 21 de abril de 1884, un neurocientífico de 28 años aprovechó un rato de calma en su jornada en el Hospital General de Viena para escribir una carta a su prometida, Martha Bernays. Además de las típicas ñoñerías de la correspondencia entre una pareja de enamorados, le contaba sobre su trabajo, sus inquietudes, sus estudios y le mencionaba su interés por una sustancia química poco conocida: se llamaba cocaína “He estado leyendo sobre la cocaína, el ingrediente activo de la hoja de coca que algunas tribus indias mastican para hacerse resistentes a las privaciones y las fatigas”.

El joven investigador se llamaba Sigmund Freud. Las sucesivas cartas a Bernays describen la gran cantidad de experimentos que Freud hizo consigo mismo durante los siguientes meses, tomando cantidades variables de la droga y comentando a Martha que parecía ser útil para aumentar la concentración en el trabajo y para aliviar algunos episodios de depresión y ansiedad e, incluso, problemas estomacales: “Tomo pequeñas cantidades regularmente contra la depresión y contra la indigestión, obteniendo resultados espectaculares.” Freud empezó también a publicar sobre estas posibles aplicaciones de la cocaína y recomendó su consumo a sus pacientes, amigos y hasta a sus propias hermanas. Freud envío este derivado de la planta de la coca a Martha para “fortalecerla y dar color  a sus mejillas” Le decía “cuando llegue, te besaré toda ruborizada y te alimentaré hasta que estés rellenita. Y… tú verás quién es más fuerte, una niña pequeña y dulce que no come lo suficiente o un hombre grande y salvaje que tiene cocaína en su cuerpo”. También describía sus efectos euforizantes “una pequeña dosis me sube a las alturas de una forma maravillosa. Estoy ahora ocupado recogiendo la literatura científica” —en alemán, francés e inglés— para un canto de alabanza a esta sustancia mágica.”

Este canto de alabanza fue “Über Coca” (“Sobre la Coca”) una monografía publicada en Viena donde Freud recoge una gran cantidad de información sobre la historia de la planta de coca, su llegada a Europa, los efectos sobre los usuarios y en animales de experimentación y los usos y posibilidades como una nueva herramienta terapéutica. Esta publicación es interesante no solo por su contenido sino por su forma de presentarlo. A pesar de ser una publicación académica, Freud incorpora sus sentimientos, sensaciones y experiencias personales junto con sus observaciones científicas. Frente a sus anteriores artículos, que eran fría ciencia, incorpora un personaje literario a su descripción sobre el uso de esta sustancia química: él mismo. La inclusión de las experiencias personales (las suyas y las de sus pacientes) abrirá una puerta que desembocará en la creación del psicoanálisis.

En esos años, Freud se convirtió en un auténtico propagandista y promotor del uso de la cocaína. En escritos posteriores, habló de los posibles usos de la droga para una enorme variedad de condiciones, como tratamiento para el asma, para la sífilis, para la adicción a la morfina y el alcoholismo, para la desnutrición extrema causada por enfermedades consuntivas (caquexia) y como analgésico local. Pero no tardando mucho, se empezaron a ver los efectos negativos en muchos consumidores, en particular todos los problemas unidos al desarrollo de adicciones, de la necesidad compulsiva de consumo al síndrome de abstinencia y resultó evidente que la respuesta era heterogénea pero para muchas personas la cocaína era una droga terriblemente dañina. La reputación de Freud entre la profesión, que había obtenido cierto prestigio a esa edad temprana de 28 años, quedó seriamente dañada.

La cocaína o (benzoiloxi)-8-metil-8-azabiciclo[3.2.1] octano-2-carboxilato de metilo había sido aislada por primera vez en 1855. En 1879, Vassili von Anrep, profesor de la Universidad de Würzburg había descubierto las propiedades analgésicas del nuevo alcaloide. En 1883, Theodor Aschenbrandt, un médico del ejército alemán, describe cómo el uso de cocaína por los soldados aumenta su resistencia y aguante, una publicación que Freud lee y le genera interés por esa nueva sustancia. El mismo 1884, el año de la primera mención a la cocaína en la correspondencia conservada de Freud, otros dos investigadores habían extendido estas propiedades utilizándolo como anestésico tanto en Neumología, en el sistema respiratorio, como en Oftalmología, en el ojo. Carl Koller, un amigo cercano de Freud, había presentado en un congreso de Oftalmología sus experimentos, algunos en colaboración con Freud, donde aplicaba una solución de cocaína en el ojo y era capaz de pincharlo con alfileres sin sentir dolor. Ello abrió una nueva etapa en la cirugía oftalmológica y Freud lamentó no haber sido él el que hubiera liderado esta línea de investigación y haber conseguido la primacía científica.

Entre los pacientes a los que Freud introdujo en el consumo de cocaína estaba su amigo Ernst von Fleischl-Marxow que se había infectado durante una autopsia, le habían tenido que amputar el pulgar como resultado de ese accidente y tenía unos terribles dolores por la producción de neuromas, tumores dentro de los nervios. Debido a ese dolor neurológico, Fleisch-Marxow se había convertido en un adicto a la morfina y aunque Freud indicó tempranamente que la cocaína le había curado, no fue así. De hecho, desarrolló un caso agudo de psicosis cocaínica, con alucinaciones tales como sentir gusanos reptando bajo su piel, volvió al consumo de la morfina y murió pocos años más tarde.

Parece que Freud no se convirtió en un verdadero adicto pero nadie duda de que abusaba del consumo de cocaína. Es también evidente de sus escritos que Freud experimenta los efectos negativos de la droga, menciona cómo nubla la claridad de su mente y cómo le aleja de sus responsabilidades, de los objetivos que realmente merecen la pena. Parece que en 1896, 12 años después de iniciar el consumo, Freud consigue abandonar la droga. Prácticamente no hay menciones a la cocaína en sus escritos posteriores y en esa época inicia el desarrollo de su mejor producción científica, de los libros que alcanzaron mayor impacto y le dieron reputación mundial. En ese año de 1896 suceden en su vida dos acontecimientos notables, uno positivo y otro negativo. Por un lado, alcanza reconocimiento y éxito en su trabajo con la publicación en una revista médica francesa de “La etiología de la histeria,” donde aparece por primera vez  la palabra psicoanálisis y que tiene una gran acogida. Por otro lado, ese año muere su padre.

La mayoría de las personas que consiguen abandonar una adicción dicen que hay dos aspectos clave: seguir rigurosamente unas rutinas y tener el día repleto de una actividad absorbente y gratificante. Desde ese mismo año 1896 Freud decide levantarse cada mañana antes de las 7 y llenar su día hasta altas horas de la noche con un número creciente de pacientes, escribiendo, dando conferencias, reuniéndose con colegas y dando vueltas a sus teorías para explicar el funcionamiento de la mente humana. Parece lógico pensar que Freud llegó de forma empírica a esos dos principios de la lucha contra las sustancias psicoactivas.

Cuando los españoles llegaron a América no creyeron las historias de los grupos indígenas que les comentaban la resistencia al sobreesfuerzo y al hambre que les proporcionaba mascar la hoja de coca y lo consideraron algo diabólico, ligado a sus creencias religiosas.  Después se dieron cuenta de que el rendimiento de la fuerza laboral era realmente mucho más alto, especialmente en los mineros que tenían que trabajar bajo una dureza extrema como en el cerro rico de Potosí y legalizaron la hoja de coca, poniendo impuestos a las cosechas. En 1858, la expedición científica de la fragata Novara da la vuelta al mundo y a su regreso a Europa trae un cargamento de hojas de coca. Un año más tarde, Paolo Mantegazza, neurólogo y escritor,  ensalza las virtudes de la coca y populariza su uso. En Italia se crea el vino Mariani que se macera con hojas de coca y es entusiásticamente recomendado por el papa León III, Sarah Bernhardt y Thomas Edison. En Estados Unidos, donde la cocaína había sido incluida en la farmacopea,  se comercializa un refresco al que se llama “Coca-Cola” que también incluye hojas de coca en su preparación y un chicle llamado Coca-Bola donde cada pastilla lleva una cantidad que se estima equivalente a 10 rayas de cocaína. La cocaína se usa en soldados para superar el agotamiento y los grandes exploradores polares como Ernest Shackleton o el capitán Robert Scott incluyen tabletas de cocaína entre las provisiones de sus expediciones. Shackleton fue el que publicó un anuncio indicando “Se buscan hombres para viaje peligroso. Salario bajo, frío extremo, largos meses en la más completa oscuridad, peligro constante, y escasas posibilidades de regresar con vida. Honores y reconocimiento en caso de éxito. Interesados contactar con…” Pero pocos años más tarde, los efectos de la droga son reconocidos como devastadores: el enorme número de adictos, la delincuencia y otros trastornos sociales asociados a la adicción, las muertes por sobredosis llevan a la prohibición en todos los países y con ella a pasar de ser un producto comercial normal a ser uno de los “temas” de las redes criminales de traficantes, algo que continúa cien años después.

En la actualidad, el comercio ilegal de cocaína mueve más de 50.000 millones de euros anuales solamente en Estados Unidos. La historia de la cocaína incluye cosas tan curiosas como que la expansión japonesa en el sudeste asiático previa a la Segunda Guerra Mundial fue financiada por el gobierno japonés mediante el tráfico de cocaína. El número de usuarios habituales está entre el 1 y el 3% de la población siendo mayor en Estados Unidos, el principal consumidor y en los países productores, fundamentalmente Colombia, Perú y Bolivia. En España, el número de jóvenes de 14 a 18 años que se inició en el consumo de cocaína aumentó un 400% entre 1994 y 2004 y, desgraciadamente, las cosas no parecen ir a mejor. Nuestro cerebro tiene una ruta de placer con la que premia cosas tan básicas para la supervivencia como comer cuando estamos hambrientos, beber cuando tenemos sed o las relaciones sexuales para conseguir el mantenimiento de la especie. Es hermoso que esa ruta de placer también se activa cuando tomamos una decisión ante una alternativa difícil, cuando resolvemos un problema (la última palabra de un crucigrama, por ejemplo) o, en algo que me encanta, cuando ayudamos a un desconocido. Desgraciadamente, las drogas secuestran esa ruta de placer y consiguen un efecto potente e instantáneo solamente con su consumo. Por eso es tan difícil librarse de ellas.

Para leer más:

  • Heller, S. (2005) Freud A to Z. John Wiley & Sons, New Jersey.
  • Nuland, S. (2011) Sigmund Freud’s Cocaine Years. The New York Times. 21 de Julio. http://www.nytimes.com/2011/07/24/books/review/an-anatomy-of-addiction-by-howard-markel-book-review.html?_r=1&nl=books&emc=booksupdateema1
  • Sulloway, F.J. (1992) Freud, biologist of the mind: beyond the psychoanalytic legend. Harvard University Press, Boston.