Cada año, 40 millones de personas van a las zonas montañosas para escalar picos de altura (2.500-5.300 metros) o altura extrema (5.300-8.800 metros). Unas 5.000 personas escalan anualmente el techo del mundo, los picos del Himalaya por encima de 8.000 metros. Todas esas personas, los cuarenta millones, están expuestas a lo que llamamos mal de altura y a distintos trastornos cerebrales. Desgraciadamente, parece que el alpinismo y el himalayismo (y el kilimanjarismo y el andismo o como se diga) es mucho menos sano de lo que parece.

Los primeros datos sobre los efectos de la altitud en el cerebro humano los midió un fisiólogo italiano, Angelo Mosso, a finales del siglo XIX. Mosso creó un laboratorio de fisiología en el Monte Rosa, en los Alpes Peninos, destinado a observar los cambios que la altitud provocaba en el organismo. Para ayudarse en sus investigaciones, desarrolló diversos aparatos: el pletismógrafo, el ponígrafo, el hidroesfigmógrafo y el ergógrafo. Mosso fue un pionero de las modernas técnicas de neuroimagen: registrando la pulsación de la corteza humana en pacientes que habían sufrido una fractura de cráneo o una operación de neurocirugía vio que esas pulsaciones cambiaban durante la actividad mental. Llegó a la conclusión que la activación de una región encefálica cambiaba el flujo de la sangre por el cerebro, aumentando el riego de las zonas más activas. Esta es la base de técnicas modernas de neuroimagen como la resonancia magnética funcional o la tomografía de emisión de positrones (PET), esenciales en la investigación moderna.

Más recientemente, Nicolás Fayed y sus compañeros de la Clínica Quirón de Barcelona han estudiado los cerebros de 35 escaladores. De ellos, 12 eran profesionales y 23 amateurs y habían participado en cuatro ascensiones sin oxígeno suplementario. Habían subido al Everest (8848 metros de altura; 12 profesionales y 1 amateur), al Aconcagua (6.959 m; 8 amateurs), al Mont Blanc (4.810 m; 7 amateurs) o al Kilimanjaro (5895 m; 7 amateurs). Los resultados fueron preocupantes: solo 1 de los 13 escaladores del Everest tenía una resonancia magnética normal. El montañero amateur tenía lesiones subcorticales en la región frontal y el resto tenía atrofia cortical y un aumento de los espacios Virchow-Robin pero sin lesiones. Estos espacios rodean los vasos sanguíneos que drenan los fluidos cerebrales y se comunican con el sistema linfático. Los espacios de Virchow-Robin aparecen frecuentemente dilatados en los cerebros de ancianos pero no en personas jóvenes como eran esos montañeros.

En el grupo de escaladores que subió al Aconcagua, tres tuvieron un ataque agudo de mal de altura y dos mostraron síntomas de tener edema cerebral. Aunque el Aconcagua tiene casi 2.000 metros menos que el Everest, el ascenso se inicia desde alturas mucho más bajas por lo que el ascenso neto suele ser mayor que en una ascensión en el Himalaya. Los escáneres de estos ocho escaladores (dos alcanzaron la cima, cinco alcanzaron alturas entre 6.000 y 6.400 metros y uno alcanzó los 5.500 metros) mostraron atrofia en la corteza cerebral. Siete mostraban espacios de Virchow-Robin dilatados y cuatro numerosas lesiones subcorticales. A su regreso, uno de los escaladores tenía afasia (problemas para hablar), de la que se recuperó seis meses más tarde, dos se quejaban de pérdidas de memoria y otros tres tenían bradisiquia (un enlentecimiento de la función cerebral)

El Mont-Blanc es el más bajo de los picos incluidos en el estudio. Cada año es escalado por miles de alpinistas y sin embargo, de los siete montañeros que ascendieron a su cima, dos volvieron con espacios de Virchow-Robin dilatados.

Comparando los escaladores profesionales y los amateurs, parecía que estos últimos tenían un riesgo mayor porque tenían mayor probabilidad de sufrir un ataque de mal de altura agudo o tener un edema cerebral. Sin embargo, parece que las ascensiones repetidas y la aclimatación a las alturas tienen también un coste serio: los escaladores profesionales tenían un mayor grado de atrofia cortical. Se sentían más fuertes pero en realidad mostraban más daño cerebral. La conclusión es que se producía daño cerebral tras la escalada de altura, incluso en muchos montañeros que venían de picos de menos nivel y que habían vuelto a casa sin ser conscientes del daño que se habían causado.

La siguiente pregunta fue si los daños eran reversibles. El equipo investigador maño estudió los cerebros de los escaladores tres años después de su ascensión, encontrando que los daños eran todavía observables. La conclusión era evidente: escalar sin oxígeno causaba un daño cerebral permanente aunque los propios afectados no tuvieran signos evidentes.

Aunque los escaladores no sentían ninguna afectación, existen algunas evidencias indirectas de que los efectos se puedan notar años después. Un piloto de helicópteros de rescate de montaña en la zona noroeste de los Estados Unidos contaba que no era raro volar desde su base, situada a nivel del mar, hasta una altura superior los 4.000 metros varias veces el mismo día. Posteriormente le diagnosticaron lesiones cerebrales y surgió la duda de si estarían relacionadas con la labor llevada a cabo durante esos años.

Los riesgos para la salud al escalar montañas, además del obvio de caerse, se basan en las condiciones atmosféricas. La baja presión genera cambios en la presión parcial de oxígeno, la temperatura y la presión parcial de vapor de agua que descienden según asciendes. En el monte Everest, la presión parcial de oxígeno se ha reducido en dos tercios, de 212 a 70 hPa. La temperatura desciende una media de 6,5 ºC cada 1.000 metros y a -20 ºC un metro cúbico de aire contiene solamente un gramo de vapor de agua. Por encima de 2.500 metros de altura una persona sin preparación nota la falta de oxígeno. Es interesante que las cabinas de los aviones están presurizadas justo por debajo de ese nivel: la presión estándar dentro de un avión corresponde a 2.440 metros de altitud.

La tolerancia a la hipoxia (baja concentración de oxígeno) de una persona varía según sus características innatas y su condición física, pero nadie es inmune a ella. Los bajos niveles de oxígeno pueden dañar directamente a las neuronas. Los primeros síntomas del mal de altura son dolores de cabeza, insomnio, confusión, fatiga, náuseas y vómitos. En la siguiente fase del mal del altura un escalador puede experimentar amnesia, confusión, alucinaciones, alteraciones emocionales y en la personalidad y pérdida de conocimiento. El siguiente estadio, más serio, es el edema cerebral, un hinchamiento del cerebro. Las paredes de los vasos sanguíneos se vuelven más permeables con la altitud y el fluido extravasado puede causar esa dilatación del encéfalo, que es presionado por sí mismo contra el cráneo, pudiendo causar graves daños. El edema cerebral puede resultar en la muerte del montañero, especialmente con las limitadas posibilidades de asistencia disponibles en plena escalada. Además, algunas veces los nervios ópticos se hinchan tanto que presionan contra la parte posterior del ojo, generando problemas de visión y causando hemorragias alrededor de la retina. Mientras tanto, la sangre, concentrada por la deshidratación y con mayor densidad por el esfuerzo del organismo por producir más glóbulos rojos para intentar transportar más oxígeno, se vuelve más fácil de coagular. Estos coágulos, junto con las hemorragias en los capilares pueden causar un derrame cerebral.

Otro grupo investigador español, del Centro de Alto Rendimiento de Barcelona, ha estudiado el cerebro de los sherpas, los míticos guías del Himalaya que forman parte de la mayor parte de las expediciones y que ganan su sustento como escaladores profesionales. El grupo de Garrido estudió 7 de los sherpas más famosos, 21 escaladores de élite habitantes de ciudades que no son de gran altura y otros 21 individuos sanos que actuaban como controles. Mientras que todos los escaladores europeos mostraban síntomas psiconeurológicos durante o después de las expediciones y 13 de ellos (61%) mostraban anomalías en las resonancias, solamente uno de los sherpas (14%) mostraba cambios similares (atrofia cortical leve, anomalías en la sustancia blanca). Ello parece indicar que los sherpas tienen mejor protección normal a la altitud extrema. Una sugerencia de este estudio es que hay que extender el período de aclimatación de los escaladores occidentales que pretenden hacer cima sin oxígeno.

Hay otro tipo de ascensión de altura que realizamos muchas de las personas que no tenemos ni el deseo ni la capacidad de escalar montañas: el vuelo en avión.  En un intercambio sobre este tema, una persona comentó que una azafata le había dicho que a pesar de ese estándar de presurizar los aviones a unos 2.440 metros (8.000 pies) una de las grandes compañías al menos estaba presurizando a una altitud de 4.572 metros (15.000 pies) por la terrible razón de que eso abarataba algo los costes. La azafata había decidido dejar el trabajo por miedo a sufrir un derrame cerebral algo que, según ella, era cada vez más común en su profesión.

Las personas sanas en un vuelo comercial normal experimentan una disminución significativa en los niveles de oxígeno en sangre. Esta cantidad disminuye proporcionalmente a la edad del pasajero, siendo más acusada en los ancianos. Si además la persona tiene problemas respiratorios o cardíacos puede sufrir una hipoxemia (caída peligrosa de la concentración de oxígeno en la sangre). Por eso, los médicos recomiendan a algunas personas que no vuelen o que, si están obligados a hacerlo, que respiren oxígeno suplementario. También se ha visto que no se produce aclimatación ni siquiera en los vuelos más largos. Cualquier montañero te podría decir que un período de horas, aunque sean muchas, no es suficiente para adaptarse a la altura. Sería conveniente que las tripulaciones de cabina proporcionaran oxígeno a cualquier pasajero que mostrase un comportamiento extraño, letargia, un aspecto de estar bebido sin haber tomado alcohol, porque puede estar sufriendo un caso de mal de altura agudo.

Volviendo al caso del montañismo, se trata sin duda de un deporte caro: los equipos, la expedición, incluso las actividades de preparación, demandan un alto coste económico. Lo que Fayed y sus colegas demostraron es que además de pagar en euros, esos montañeros también estaban pagando su afición con parte de su tejido cerebral.

Para leer más:

  • Fayed N, Modrego PJ, Morales H. (2006) Evidence of brain damage after high-altitude climbing by means of magnetic resonance imaging. Am J Med. 119(2):168.e1-6.
  • Fields, R.D. (2008) Into Thin Air: Mountain Climbing Kills Brain Cells. The neural cost of high-altitude mountaineering. Número de abril. http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=brain-cells-into-thin-air
  • Garrido E, Segura R, Capdevila A, Pujol J, Javierre C, Ventura JL. (1996) Are Himalayan Sherpas better protected against brain damage associated with extreme altitude climbs? Clin Sci (Lond). 90(1): 81-85.