A veces pienso que en los países europeos vivimos en la actualidad en una burbuja, un mundo cerrado de riqueza, seguridad, perspectivas de futuro y derechos humanos. Vemos las noticias de los informativos como el que visita un parque temático del horror: con asombro, curiosidad, enfado o repulsión, pero sabiendo que al poco tiempo volvemos a nuestra vida privilegiada y tranquila. Y sin embargo, distintas noticias te golpean si tienes alma: la detención de Mladic nos hace recordar cuando miles de civiles inocentes fueron masacrados en Srebrenica con el pecado por omisión de los cascos azules holandeses; la apertura de fosas comunes en distintos países, también en el mío, nos habla de crímenes contra civiles inocentes. La presente historia tiene que ver con crímenes, y algo también con la Neurociencia.

Sigmund Rascher nació el 12 de febrero de 1909 en Munich (Baviera). Era el tercer hijo de un médico, Hans-August Rascher. En 1933 empezó sus estudios de Medicina en Múnich y el mismo año se inscribió en el Partido Nazi (NSDAP). Ese año se trasladó a Basilea (Suiza) a trabajar con su padre, ya divorciado y volvió en 1934 a Múnich a continuar sus estudios. Se licenció en Medicina en 1936, ingresó en las SA el mismo año y continuó su formación en cirugía en el hospital de Schwabinger, en Baviera.

En 1939 denuncia a su padre a la Gestapo por actividad anti-nazi, se cambia a las SS, y es llamado a filas en la Fuerza Aérea (Luftwaffe) como capitán médico. Tiene una relación con una cantante, Karoline “Nini” Diehl, quince años mayor que él, y se casa con ella. Diehl había sido, según versiones, la secretaria, ama de llaves o amante de Himmler, el jefe de las SS, y mantenía una comunicación frecuente con él. Este contacto dio a Rascher un enorme poder, incluso con sus superiores.

Al comienzo de 1941, Rascher realizó un curso sobre Medicina aérea, un precursor de la actual Medicina del aire y del espacio, y escribió a Himmler indicando que la información disponible no era suficiente y que deberían hacerse experimentos con seres humanos. En ese escrito, Rascher pidió autorización para disponer de prisioneros para sus fines. Le fue concedido, y en una segunda carta solicitó permiso para llevar a cabo los experimentos en las personas internadas en el campo de concentración de Dachau. En su escrito, Rascher reconocía que las pruebas que pretendía llevar a cabo eran “experimentos terminales” en los cuales la muerte del sujeto estudiado era parte del plan del experimento por lo que “nadie participaría voluntario en estos experimentos en los que los sujetos experimentales van a morir”.

Los primeros experimentos incluían la simulación de un descenso rápido o lento, con o sin oxígeno desde grandes alturas, simulando un piloto que salta desde un avión que ha sido alcanzado. La Luftwaffe proporcionó una cámara bárica portátil, donde se podían cambiar las condiciones de presión y el nivel de oxígeno. Los resultados fueron recogidos en un informe secreto titulado “Experimentos sobre el escape desde alta altitud”. Los sujetos fueron seleccionados entre los prisioneros políticos internados en Dachau. El mismo Rascher intentó el descenso simulado pero tuvo que terminarlo de forma abrupta al poco de empezar por el dolor extremo y la agonía que le causaba. A los prisioneros no se les daba la opción de abandonar y su experiencia personal no impidió que Rascher repitiera numerosas veces el experimento. Entre 70 y 80 personas murieron durante la realización de los test y como parte del diseño experimental se hizo una vivisección de estas personas, incluso antes de que el corazón hubiese dejado de latir, según relataba uno de los ayudantes de Rascher. Cuando Himmler vio uno de los informes con la atroz dureza de las pruebas indicó que si alguna persona sobrevivía, debía conmutársele la pena a cadena perpetua. Rascher contestó que las víctimas habían sido hasta el momento polacos y rusos y que no había por qué darles amnistía de ningún tipo.

Los experimentos buscaban determinar cómo responde el cuerpo humano al cambio brusco de presión que supone abrir la carlinga de un avión para saltar. Todos sabemos que si la cabina de un avión se despresuriza caen delante de nosotros unas máscaras de oxígeno. Si vamos con un niño tenemos que ponernos la máscara nosotros antes de ponérsela a él porque solo nos quedan unos segundos de consciencia. El nivel de oxígeno es el mismo a cualquier altura de la atmósfera: 21%. Pero si la presión barométrica es menor (a mayor altura) lo es también la presión parcial de oxígeno, e inhalamos menos oxígeno en cada respiración. La llegada de menos oxígeno a nuestras neuronas causa mareos, confusión, desmayos y, finalmente, la muerte. El neurólogo Nicolás Fayed y sus colegas de Zaragoza realizaron escáneres cerebrales a 35 montañeros que habían regresado de expediciones a montañas de gran altitud, incluyendo 13 que habían intentado la ascensión al Everest. Encontraron daño cerebral en prácticamente todos los himalayistas y también en muchos de los escaladores que habían intentado picos menores y que volvieron sin percatarse de que su cerebro mostraba daños evidentes.

El segundo grupo de experimentos llevado a cabo por Rascher incluía la exposición a una hipotermia prolongada. La idea era ver cuánto tiempo podía aguantar un piloto que hubiese tenido que lanzarse en paracaídas en las frías aguas del mar del Norte y cómo se les podría reanimar. Los prisioneros tenían que permanecer desnudos en un ambiente gélido durante períodos de hasta catorce horas. En otros casos se les sumergía en un tanque con agua helada durante horas con varios electrodos para medir su pulso y su temperatura. Cito el informe de Rascher:

“Las medidas con una sonda eléctrica proporcionaban temperaturas de 26,4 ºC en el estómago y 26.5 ºC en el recto. Las muertes ocurrían cuando el tronco del encéfalo y la nuca estaban también helados. Las autopsias de estos casos mostraban grandes cantidades de sangre libre, hasta medio litro, en la cavidad craneal. En el corazón mostraban una dilatación extrema de la cavidad derecha. Tan pronto como la temperatura bajaba de 28 ºC, los sujetos morían invariablemente, a pesar de cualquier intento de resucitación.”

En un testimonio en los juicios de Nüremberg, el Dr. Franz Blaha difería algo de este testimonio:

“Los prisioneros se colocaban en una gran bañera de agua helada sin ropa y se mantenían allí hasta 38 horas. Por medio de un termómetro en el recto, se medía la temperatura y se anotaba en un cuaderno. Cada vez que la temperatura bajaba unos grados, se les tomaba sangre de una arteria en el cuello y se examinaba en el aboratorio, usualmente contenido de glucosa, calcío y nitratos no proteícos. A los 25 º centígrados normalmente la gente moría pero uno de ellos pudo aguantar hasta 19 grados. Algunas veces el experimento se interrumpía para calentar al sujeto antes de volverlo a hacer. Esto se hacía con un aparato de calefacción o con calor animal.”

Más de 300 personas fueron utilizadas en estos experimentos, de los cuales unos 100 murieron. El método de reanimación más utilizado eran baños con agua muy caliente pero Himmler, que asistió a alguno de los experimentos, le indicó a Rascher que en la costa norte las mujeres de los pescadores víctimas de hipotermia, les reanimaban desnudándoles y metiéndose con ellos en la cama para reanimarlos con su calor. Rascher decidió probar “calor animal” proporcionado por cuatro prisioneras gitanas traídas desde el del campo de concentración de Ravensbrück. Estas mujeres eran desnudadas y colocadas al lado del cuerpo helado del prisionero que hacía de piloto.

En la actualidad hay un interés renovado por el uso de la hipotermia inducida como método de neuroprotección tanto durante las operaciones neuroquirúrgicas como en las unidades de cuidados intensivos para los casos de grave daño cerebral. La temperatura mínima que se utiliza es de 33 ºC (la temperatura del cerebro es siempre algo mayor, como medio grado). Se ha visto que por debajo de 35 ºC el nivel de oxígeno en el cerebro disminuye peligrosamente por lo que duele imaginar lo que estaría pasando en el cerebro de las víctimas de Rascher, a menos de 30 ºC.

Rascher estaba orgulloso de su trabajo con humanos. Queda resumido en la frase que le dijo a un fisiólogo, que utilizaba animales en sus experimentos, en un congreso:

“Soy el único entre toda este gente que realmente sabe y hace fisiología humana porque yo experimento en humanos y no en cobayas o ratones.”

Rascher intentó conseguir la habilitación, el paso necesario para conseguir un puesto importante en la Universidad pero tres universidades (Múnich, Fráncfort y Marburg) se lo negaron, por no cumplir el requisito formal de que sus resultados fueron presentados para el escrutinio por cualquier profesor universitario.

Mientras estuvo en Dachau, Rascher diseñó las cámaras de gas y las cápsulas de cianuro que podían ser llevarlas escondidas en la boca y ser fácilmente mordidas, liberando el veneno. Fue el método con el que se suicidó Himmler. En un giro del destino, Rascher fue ejecutado por órdenes de éste unos días antes de la caída de la Alemania nazi en 1945. En un intento de agradar a Himmler demostrando que se podía aumentar la población de Alemania incrementando la edad a que se tenían hijos, Rascher hizo público que su esposa había dado a luz a tres niños incluso después de cumplir los 48 años. Himmler consideró a Nini Rascher como “madre alemana ejemplar” y usó una fotografía de la familia Rascher como material propagandístico. Sin embargo, durante su cuarto embarazo, la señora Rascher fue detenida por intentar raptar un bebé y la investigación policial demostró que los otros tres supuestos hijos habían sido o comprados o secuestrados. Himmler se sintió traicionado y engañado personalmente y Rascher fue arrestado en abril de 1944. Fue acusado de complicidad en los secuestros de los tres bebés, de irregularidades financieras por comercial con los prisioneros de Dachau, del asesinato de uno de sus asistentes y de fraude científico. Él y su esposa fueron condenados a muerte. Rascher fue ejecutado en una celda de Dachau el 26 de abril de 1945, poco antes de la liberación del campo por las tropas americanas, y su mujer fue colgada en un lugar desconocido.

En el campo de Dachau una pared lleva escrito en cinco idiomas (hebreo, francés, inglés, alemán y ruso) estas palabras: “Nunca otra vez.”

Para leer más:

  • Fields, R.D. (2008) Into thin air: mountain climbing kills brain cells. The neural cost of high-altitude mountaineering. Scientific American. http://www.scientificamerican.com/article.cfm?id=brain-cells-into-thin-air
  • Pfeiffer, J. (1999). Die Vertreibung Deutscher Neuropathologen 1933-1939. Nervenartzt 69: 99-109.
  • Shevell, M.I. (1999) Neurosciences in the Third Reich: from ivory tower to death camps. Can. J. Neurol. Sci. 26: 132-138.
  • Juicios de Dachau. http://www.scrapbookpages.com/dachauscrapbook/DachauTrials/MedicalExperiments.html