Konrad Lorenz demostró que en los animales había miedos ancestrales codificados genéticamente. Para ello, mostró a unos polluelos de ganso, criados a partir de huevos eclosionados en una incubadora y que por lo tanto no habían tenido contacto con aves adultas, la silueta de una rapaz. Los pollitos mostraban señales de pánico cuando aquella silueta de cartón de un halcón pasaba por encima de ellos, pero no si la misma silueta se movía en sentido inverso, si “volaba hacia atrás”. En nuestra especie es más complejo, pues nuestra psyque es más compleja, pero en muchas personas existe un miedo profundo e irracional a ser comidos, a ser atacados por una serpiente o a ser enterrados vivos. Que la posibilidad de que algo de esto suceda sea insignificante, no cambia mucho la ecuación general. No son miedos lógicos sino quizá reflejos de otras eras donde nuestra especie podía ser presa de otros predadores o donde las serpientes eran un verdadero peligro para un primate arborícola. El miedo a ser enterrado vivo es quizá más complejo, se mezcla el terror ante una muerte lenta e inexorable, ante la oscuridad, ante el sufrimiento consciente, ante no poder movernos ni escapar, no poder comunicarnos, no poder relacionarnos. Quizá eso es el infierno para una especie social como la nuestra.

Una variante más real de esas mismas sensaciones de estar atrapado en vida son los llamados estados vegetativos. Una persona que puede respirar de forma autónoma, que tiene reflejos en perfecto funcionamiento, pero que no muestra ningún signo de comprensión, de entender lo que se le dice, ni tampoco produce ninguna respuesta, ninguna reacción a un estímulo.

Pedro Almodóvar, nuestro cineasta más universal, en esa trayectoria suya de transitar por las fronteras de lo más íntimo, por las líneas morales difusas, en esos mundos distintos que coexisten en un grupo de personas que se relacionan entre sí, tiene una película cuyo argumento gira en torno a dos mujeres en estado vegetativo: “Hable con ella”. Benigno, un enfermero, se encarga de atender a dos mujeres en coma: Lydia, torera de profesión y Alicia, una joven estudiante de ballet. Benigno dice a una de las personas que visitan a una de sus pacientes, esas tres maravillosas palabras que dan título a la película: “hable con ella”.

En Neurociencia disponemos en la actualidad de sistemas para estudiar con un detalle antes insospechado el funcionamiento del cerebro vivo. Podemos ver cómo distintas zonas del cerebro se “conectan”, se activan, ante distintos tipos de tareas. Mediante una de estas técnicas, denominada imagen de resonancia magnética funcional (fMRI) se pudo estudiar el cerebro de una mujer en estado vegetativo. Se le dijo, sin saber si ella podía oír esas palabras, que pensara en dos actividades distintas. Primero, que se imaginase a sí misma jugando al tenis. Entonces se vio que se activaba la llamada área motora suplementaria, una parte del cerebro relacionada con secuencias complejas de movimientos. Luego se le pidió que se imaginara a sí misma recorriendo las habitaciones de su casa. Tras esa petición, se vio que se activaba el giro parahipocampal, una región que representa un mapa espacial, una codificación en el cerebro de lugares y caminos. Eran las mismas zonas, y el mismo patrón temporal, que se activaban en voluntarios usados como control, por lo que el equipo concluyó que la mujer, aquel supuesto “vegetal”, estaba participando en el experimento y tenía un cierto grado de consciencia, entendía lo que se le decía y hacía lo que se le pedía. El siguiente paso fue estudiar otras 23 personas en Bélgica y el Reino Unido y se encontró que cuatro de ellas respondían de la misma manera: por tanto, no era un caso único y un número significativo de personas, aunque no lo pareciera, mantenía la consciencia. A continuación se pensó en tratar de establecer una conversación. Pidieron a uno de esos cuatro, un joven de 29 años que había tenido un accidente de tráfico, que si quería contestar “sí”  imaginara que estaba jugando al tenis y si quería responder “no” que imaginara que estaba recorriendo su casa. Le preguntaron cosas como ¿tienes alguna hermana? ¿tu padre se llama Tomás?. Las preguntas las preparó la familia, los investigadores no sabían cuál era la respuesta correcta y, tras comprobar los resultados, se vio que el paciente respondía correctamente a todas las preguntas. Implicaba muchas cosas: tenía que entender el experimento, entender las instrucciones, entender las preguntas, recordar lo que era el tenis, cómo se practica y tener accesibles los recuerdos que permitían responder aquellas preguntas. Muchas cosas funcionando bien en el cerebro de un “vegetal”.  Surge la posibilidad de hacer tantas cuestiones a una persona en ese estado: ¿qué necesitas?, ¿cómo ayudarte? y también otras con una profunda problemática ética, incluyendo LA pregunta: ¿quieres seguir viviendo así?. Saber que hay “alguien ” ahí, encerrado en ese cuerpo inerte, también anima a soñar con salir de ese estado. Y junto a eso, leer sobre esto me trae el recuerdo de personas, madres, novias, hermanos, que al lado de una cama de alguien que lleva años en coma, han ido cada tarde a estar con él o ella y allí le hablan, le cuentan, le leen. Qué maravilla pensar que en algunos casos, todos esos años él/ella ha estado esperando esa visita, escuchando, sabiendo que estaban allí, que le seguían queriendo y cuidando, que no estaba, como en uno de nuestros miedos, enterrado en vida.

Leer más:

  • Owen AM, Coleman MR, Boly M, Davis MH, Laureys S, and Pickard JD. Detecting awareness in the vegetative state. Science 313(5792):1402.