Charles Darwin es, para mí, el científico más importante de la Historia. La teoría de la evolución no sólo es uno de los ejes de la Biología moderna, cambió también nuestra relación con Dios, nuestra concepción del mundo y nuestra visión del hombre, de nosotros mismos. Junto a su talla inferior a nadie como científico, me gusta también el Darwin persona. Perdió a su madre con ocho años y su padre, un médico con un gran interés por la Psiquiatría, molesto con sus notas mediocres, le auguró De lo único que te preocupas es de andar dando gritos, de los perros y de cazar ratas y serás una desgracia para ti y para toda tu familia.” Afortunadamente se equivocó en sus presagios y Charles Darwin fue también un buen padre, un buen marido y un abuelo maravilloso.

Darwin empezó la carrera de Medicina para congraciarse con su padre pero la visión de la sangre y el dolor -contempló una operación quirúrgica a un niño en aquellos tiempos donde no existía anestesia–  le hizo abandonar, aterrado, esa carrera. Siguió con Derecho, pero lo encontró tremendamente aburrido y finalmente se graduó en Teología en Cambridge con lo que una vida tranquila como vicario rural parecía todo su futuro. Sin embargo, a los veintidós años se embarcó en el bergantín Beagle para el viaje más famoso que ha existido entre el de las tres carabelas españolas y aquel que culminó cuando Neil Armstrong bajó del módulo Eagle y pisó el Mar de la Tranquilidad. El viaje del Beagle duró cinco años y dos días. Darwin jamás volvió a salir de su país.

El capitán del Beagle, Robert FitzRoy tenía solo un año más que Darwin, pero un carácter muy diferente, con grandes cambios de humor y se acabó suicidando por una depresión. FitzRoy quería un “caballero acompañante”, un compañero de mesa con educación (para que tuviera una conversación amena), con formación religiosa (quería combinar el encargo del Almirantazgo de cartografiar las costas de la América meridional con encontrar pruebas para una interpretación literal de la Biblia) y que fuera un caballero (pues él no podía rebajarse a compartir su pequeño camarote con alguien inferior). A la vuelta, Darwin publicó la historia de aquella larga travesía, “El diario del viaje del Beagle” un libro que le dio fama como naturalista y como ameno escritor de divulgación científica. Trabajando en los especímenes recogidos y sus notas, la evolución fue tomando forma en su mente pero sabía que significaba un reto frente a la interpretación literal de la Creación en la Biblia, la visión aceptada por muchos de sus colegas y su propia esposa, Emma. Finalmente en 1856 decidió escribir un libro que se titularía “Selección Natural” y que tendría unas 3.000 páginas.

Pero dos años más tarde, Alfred Russell Wallace mandaba desde Asia a Londres un manuscrito con su propia teoría de la evolución. Lo remitió a Charles Lyell y Joseph Hooker, dos científicos amigos de Darwin, que le habían estado urgiendo para que publicara sus ideas y observaciones. Los dos hombres, preocupados por Darwin y al mismo tiempo con un deber moral con Wallace por su confianza, organizaron que unos resúmenes de los trabajos de ambos investigadores se presentaran el mismo día en una reunión de la Sociedad Linneana. Darwin no asistió porque estaba enterrando ese día a uno de sus hijos. Con el trabajo de Wallace ya encima de la mesa, Darwin trabajó día y noche en un libro más corto que se tituló “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida”. Esta obra de “solo” 490 páginas, donde Darwin evitó todo lo que pudo las palabras “evolución” y “evolucionar”,  se publicó a finales de 1859 y se convirtió en un best seller con un enorme impacto no solo en la comunidad científica. Las primeras 1.250 copias se agotaron en el primer día de venta y se hicieron inmediatamente varias reediciones.

Al principio, Darwin no entró en mucho detalle en cómo sus teorías afectaban por ejemplo al comportamiento humano pero ésta, la nuestra, es la especie más cercana, la que más nos interesa, de la que más sabemos. No le había dado a incluir todas sus ideas en el libro anterior así que en 1871 Darwin publicó “La descendencia del hombre y la Selección en relación al sexo” seguido en 1872 por “La expresión de las emociones en el hombre y los animales”. Este último libro se centraba en el origen animal de la vida emocional humana. La traducción española se publicó en 1902. En “La descendencia del hombre” Darwin argumentaba que los humanos proveníamos de antecesores con aspecto animal. Basado en sus  ideas de parentesco, concluía que los humanos debíamos compartir algunas emociones con otros mamíferos o ellos con nosotros. Darwin, que como le criticaba su padre, tenía un gran cariño a los perros, decía que un perro puede sentir celos cuando su dueño presta atención a otro perro. Del mismo modo, estaba convencido de que los perros mostraban otras emociones  supuestamente humanas como estar avergonzado, o sentir orgullo o, incluso, tener algo parecido al sentido del humor cuando le pides un objeto con el que está jugando y remolonea, mientras te mira de reojo con algo parecido a una sonrisa. Para Darwin la diferencia entre el hombre y los animales en lo que hace referencia a las emociones básicas, era algo cuantitativo no cualitativo. Es decir, tendríamos emociones parecidas pero en distinta medida.  Esto chocaba con lo expresado por el experto en expresiones de las emociones hasta ese momento, Charles Bell, que en su obra “Anatomía y Filosofía de la Expresión” (1824) indicaba que había músculos humanos creados por Dios para expresar sentimientos exclusivamente humanos, algo que no encajaba en las ideas de Darwin.  Su libro sobre la expresión de las emociones fue su respuesta.

Darwin planteó este libro con unas técnicas muy novedosas. Realizó un cuestionario que recibió respuestas de todo el mundo para conocer las posibles variaciones en la expresión de las emociones en distintos grupos étnicos y países. Encargó cientos de fotografías de bebés, niños y actores para estudiar yesos gestos y sus parecidos con los que hacían los monos. Incluyó descripciones de pacientes psiquiátricos para ampliar qué sucedía cuando el cerebro no funcionaba bien y no tuvo reparos en incluir aspectos personales, de su propia vida emocional, como el sentimiento de pérdida que sentía y que tanto le afectó durante varias décadas.

Darwin mantuvo correspondencia con el neurólogo francés, G. B.A. Duchenne que realizaba algo que ahora nos parece atroz: aplicaba descargas eléctricas en los músculos de la cara de personas para ver esas contracciones e intentar entender cómo se generaba una sonrisa u otros gestos unidos al estado de nuestro ánimo. Darwin incluso realizó un experimento en este sentido: En su casa, mostró una selección de fotos hechas por Duchenne, sin la identificación y les pidió a 24 invitados describir la emoción que representaba cada imagen. Es quizá el primer estudio “ciego” en Psicología experimental.

Darwin escribió que las emociones básicas podrían caracterizar una especie, tanto como los huesos o los dientes. Partiendo de esta premisa, indicó que algunos actos expresivos deben ser el resultado de acciones adaptativas desarrolladas por su valor para la supervivencia de la especie. Por ejemplo, abrir los ojos de susto o de asombro puede deberse  a que dilatar las pupilas permite al organismo asustado ver con más claridad. Gruñir y enseñar los dientes puede surgir del acto de morder y de la importancia de estos gestos para asustar a un oponente. Este primer grupo de gestos que transmiten emociones que demuestran un estado de ánimo, Darwin lo llamó “El principio de los hábitos asociados útiles”

No todos los gestos emotivos encajan en esta idea. Tenemos gestos que no tienen una utilidad aparente sino al contrario pareciera que nos ponen en riesgo, un ejemplo es bajar la mirada frente a un matón. Entonces propuso que algunos comportamientos pueden haberse incorporado a nuestro acervo común porque señalan lo contrario de un gesto fácilmente reconocible. Así, si un animal para marcar su afán de dominio eriza su pelo y muestra los dientes para parecer más grande y agresivo, un animal que quiera parecer dócil hará justo lo contrario: agacharse, encogerse, dejar caer los labios, bajar la cabeza, desviar la mirada un poco sin dejar de vigilar la situación, dejar el pelo fláccido. Este era su segundo principio, el Principio de Antítesis.

El tercer principio tenía que ver con un sistema nervioso “sobrecalentado”. Un estado de este tipo se vería en temblores, alteraciones del ritmo cardiaco, contorsiones de un cuerpo tenso, gestos forzados. Darwin describía esto en su discusión sobre la rabia

“Bajo esta poderosa emoción, el latido del corazón se acelera, o puede volverse irregular. La cara enrojece  o se ve amoratada al impedirse el retorno de la sangre, o puede ponerse pálida como un muerto. La respiración es trabajosa, el pecho se tensa y las narinas se dilatan y se estremecen. A menudo tiembla todo el cuerpo. Los dientes están apretados o rechinan y el sistema muscular está preparado para una acción violenta, casi frenética.”

A este tercer principio Darwin le puso un nombre un poco largo: “El Principio de las Acciones debidas a la constitución del sistema nervioso, independientemente de la primacía de la voluntad e independientemente en cierta medida del hábito.”

Darwin insistió en que algunas expresiones de emociones humanas ya no tenían un valor de supervivencia evidente. Por lo que los gestos de las emociones debían ser valorados y entendidos en función del papel que pudiesen haber tenido en el pasado.

“Algunas expresiones humanas, tales como el erizado del pelo bajo la influencia de un terror extremo o enseñar los dientes bajo una rabia furiosa, pueden ser difícilmente entendidas, salvo bajo la creencia de que el hombre una vez existió en una condición muy inferior y parecida a la de los animales.”

Era por tanto un refuerzo adicional para su Teoría de la evolución.

Un factor importante de su estudio es que Darwin demostró que las emociones se expresaban de manera similar en todos los humanos. Una sonrisa, un gesto de desprecio o llorar con la cabeza gacha transmitían el mismo mensaje independientemente de grupos étnicos, países, sexos o clase social. Esto es lo que cabe esperar si todos los humanos éramos un grupo único, descendiente de un ancestro común. Una idea difícil de asumir en una época victoriana donde se intentaba vender la idea de que los negros eran intermedios entre el hombre europeo y un simio. Darwin, aun siendo hijo de su época y haciendo comentarios que hoy serían políticamente incorrectos, mostraba su aprecio a la persona negra que había sido su maestro en el arte de disecar animales.

El capitán FitzRoy estuvo a punto de rechazar  a Charles Darwin como compañero de viaje porque no le gustó la forma de su nariz. Según recordaba Darwin años después, FitzRoy, dudaba que alguien con esa nariz tuviese la fortaleza y la resistencia para aguantar un viaje de esas características. Darwin quien demostró tener más fortaleza mental que FitzRoy, superó el viaje, no ayudó a FitRoy a encontrar pruebas de la literalidad de la Biblia (FitzRoy se sintió traicionado y en una famosa conferencia pública blandió la Biblia pidiendo a los asistentes que “escucharan a Dios y no al hombre“) pero sí logró su objetivo. Se dice que su “causa sagrada” era la abolición y que un impulso fundamental para sus teorías era demostrar que todas las razas éramos parte de una misma familia, parientes entre nosotros. Y es que todos sonreímos y lloramos por las mismas cosas y de la misma manera.