¿Cuál es tu recuerdo más temprano? Es importante que estés seguro de que es una auténtica memoria, no algo que te contaron posteriormente o que puedas haber visto en una foto o quizá soñado. Las personas somos sorprendentemente buenas a la hora de crear falsas memorias. La pregunta se dirige a un tema interesante en Neurociencia, lo que se llama la amnesia infantil. En realidad, no es una verdadera amnesia pero es el nombre que se da a esa llamativa situación: a pesar de que los bebés y los niños pequeños aprenden a un ritmo asombroso, que suman habilidades y progresos mentales  a una velocidad acelerada, sonreír, agarrar, hablar, jugar, andar, reconocer caras,…; no tenemos recuerdos de nuestros primeros años. Para la persona media, sus primeras memorias se producen en torno a los tres años y medio, aunque algunos es antes de los dos y otros, después de los seis. No sabemos por qué.

El principal problema para estudiar científicamente este tema es que incluso para uno mismo es casi imposible distinguir si estamos describiendo una memoria real o es total o parcialmente ficticia. Este último caso sería cuando aprovechamos parte de un recuerdo real y, por ejemplo, lo situamos en un escenario anterior, cuando éramos más pequeños. La amnesia infantil no es un tema reciente para la Ciencia. En 1893 la psicóloga Caroline Miles publicó un estudio titulado  “A study of individual psychology” donde se describía por primera vez que los adultos no guardábamos memorias de nuestra infancia temprana. En 1898, dos psicólogos franceses, C. Henri y V. Henri determinaron que cuando a un adulto se le preguntaba por sus memorias más tempranas la edad media de los primeros recuerdos era tres años, una cifra que se ha mantenido prácticamente hasta nuestros días. En 1905, Sigmund Freud propuso una teoría según la cual los niños pequeños reprimían sus memorias porque estaban cargadas de deseos sexuales y agresividad y les avergonzaban y asustaban. Esta teoría ha sido muy criticada por estar basada en detalles anecdóticos sin un respaldo científico contundente. A finales del siglo XX se cambió la estrategia de investigación, en vez de entrevistar a adultos se trabajó directamente con niños pequeños, demostrando que sí recordaban sucesos de meses antes pero de alguna manera según vamos creciendo, borramos esos recuerdos, y no sabemos por qué.

Datos recientes demuestran que sí existe la memoria como una función cerebral incluso desde mucho antes. Se ha visto que los bebés recién nacidos distinguen las voces de sus padres, las que oyeron desde dentro del útero, después de nacer. Se ha visto que responden a un libro que les leyeron cuando estaban gestando con más intensidad que a un libro que se les presenta después del nacimiento. Anthony DeCasper, de la Universidad de Carolina del Norte, mostró que los bebés mamaban más rápido cuando oían historias que les leyeron cuando estaban en el útero. Hay un experimento muy divertido, hecho por Carolyn Rovee-Collier en el que a niños de9 a 12 semanas, menos de tres meses, se les colocaba un móvil muy bonito encima de la cuna y se les ataba una cinta desde el pié al móvil. Cuando el niño pataleaba, el móvil se movía más, las figuras chocaban unas con otra y hacían un bonito ruido. Cuanto más pataleaban, más divertida se ponía la cosa. La idea es ver si el niño es capaz de asociar patada-diversión y recordarlo para la siguiente ocasión. Sí, incluso niños de ocho semanas aprendían y recordaban qué debían hacer para escuchar el ruido que les gustaba. Un experimento sencillo siempre abre la puerta a nuevas pruebas. Lo siguiente fue ver si podían distinguir ese móvil de otro distinto. Esos mismos bebés de ocho semanas pataleaban felices24 horas después  cuando era el mismo móvil que conocían y no si era otro distinto. Fue un descubrimiento excitante porque se pensaba que la capacidad para almacenar información de un día para otro, solo surgía a los ocho o nueve meses de edad.

Los resultados de estos estudios demuestran que la memoria funciona desde muy pronto, que funciona bastante bien y que los mecanismos son similares a los que se ven a más edad. Solo que, por razones que desconocemos, esos recuerdos son más frágiles, más fáciles de olvidar, o no se consolidan. Una posibilidad es que el circuito que fija las memorias, que las convierte en memorias a largo plazo esté inmaduro. Las principales zonas candidatas son la corteza prefrontal y el giro dentado. Ambas regiones están implicadas en la estabilización de las memorias a largo plazo, intervienen en  los recuerdos autobiográficos y  no se consideran maduras hasta los cuatro o cinco años. El giro dentado es, además, una de las dos zonas cerebrales que produce nuevas neuronas durante toda la vida, algo que puede ser importante para un aumento continuo de la capacidad de almacenamiento de nuevos recuerdos.

La aparición de la memoria sucede prácticamente como una etapa subsiguiente a la formación de lo que algunos llaman el “yo cognitivo”, entre los 18 y los 24 meses, cuando sabemos que somos una entidad única, una persona diferente a los demás. Marc Howe, un investigador de la Universidad de Lancaster estudiaba el desarrollo de la aparición de ese yo cognitivo viendo si los niños se reconocían en un espejo. Al mismo tiempo que hacía este experimento les enseñaba un peluche a los niños y lo guardaba en un cajón. Unas semanas más tarde, cuando los niños volvían por el laboratorio les preguntaba si sabían dónde estaría escondido el peluche. Los que ya habían alcanzado el “yo cognitivo” podían recordarlo semanas más tarde, pero los que no habían alcanzado esa fase, no resolvían bien esta prueba. Otra teoría es que nuestra memoria mejora según la vamos ejercitando y por eso no es muy brillante en nuestros primeros años. Sabemos que según vamos cumpliendo años, vamos teniendo más memorias y vamos recordando menos sobre nuestra infancia.

No todos somos igual de olvidadizos. Los primeros recuerdos de las mujeres son más tempranos y más vívidos que los de los hombres.  La respuesta no parece estar en la organización cerebral sino en cómo interactúan de niños, especialmente en los tipos de conversaciones que mantienen. También se han encontrado diferencias en función del grupo étnico. En Nueva Zelanda se ha estudiado el tema de la  amnesia temprana en los tres principales grupos poblacionales: maoríes, descendientes de europeos y descendientes de asiáticos Los maoríes tienen memorias (2,8 años como media)  más tempranas que los europeos (3,5) y éstos antes que los descendientes de inmigrantes de Asia oriental. Puede tener que ver con diferencias genéticas o biológicas o con aspectos culturales como la enorme importancia que tiene el pasado en la sociedad maorí. En este sentido también se piensa que puede estar relacionado con el desarrollo del lenguaje. Los niños no recuerdan objetos de los que no saben su nombre, aunque les hayan visto igual que otros, de los que sí saben su denominación y sí pueden recordar. Es posible que el vocabulario permita crear un relato, una narrativa y que esto sea importante para consolidar las memorias.

Se ha comprobado  es que cuando nuestra edad aumenta, nuestra memoria mejora, a pesar de que en ámbitos coloquiales digamos lo contrario. Esto se comprobó también en un experimento con ratas donde tenían que evitar parte de un circuito. Primero se las enseñó a evitar esa zona y luego se miraba si lo recordaban pasado un tiempo. Las ratas jóvenes olvidaban lo que habían aprendido mucho más rápidamente que las de mayor edad.

Hay dudas sobre si esas memorias más antiguas van quedando enterradas baja capas de nuevas memorias o si, como en el disco duro de este ordenador donde escribo, hay que borrar para hacer sitio para nuevas memorias. No hay ninguna prueba de que exista un límite en la capacidad espacial de nuestros sistemas de almacenamiento y recuperación de datos. La diferencia es que si nunca se consolidaron, están perdidas para siempre pero si están tan solo enterradas, quizá podríamos encontrar, algún día, la forma de sacarlas a la luz y podrías ver la expresión de tu padre cuando te tuvo por primera vez en sus brazos, algo que él nunca olvidó pero tú quizá sí.

Leer más:

  • Rovee-Collier, C. (1999). The Development of Infant Memory. Current Directions in Psychological Science, 8(3), 80-85.
  • Weir, K. (2011) Our forgotten years. NewScientist  2810: 42-45.