Una de las frases más famosas de Groucho Marx es “Estos son mis principios. Si no le gustan,  bien… tengo otros.” Los principios morales parecen algo alejado del ámbito de la Neurociencia pero todo lo que constituye la personalidad de un ser humano: ideas, sentimientos, recuerdos, y también normas éticas, reside en nuestro cerebro.  Ese código de conducta adoptado por la sociedad o un grupo o un individuo sería lo que llamamos moralidad y Hobbes, en su obra Leviathan, decía que se refería a las condiciones que permiten a las personas vivir juntos en unidad y paz.

Hay dos líneas de pensamiento opuestas sobre la moralidad. Según una, existirían principios absolutos, inmutables, comunes a todos los seres humanos, a todas las culturas que separarían con claridad el bien y el mal. Según la otra visión, lo que llamamos el relativismo moral, no existe un bien y un mal absoluto y las reglas morales serían preferencias personales y el resultado de la educación, de la cultura propia, de la orientación sexual, del grupo étnico y familiar.

¿Qué dirías si tus principios morales pudiesen ser alterados bruscamente, de una forma casi instantánea mediante las técnicas disponibles en Neurociencia? Un grupo del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) dirigido por la Dra. Rebecca Saxe ha hecho precisamente eso. Saxe hizo un descubrimiento espectacular, cuando era estudiante de doctorado: Existe una región en el cerebro, la unión temporoparietal derecha que se activa cuando “leemos la mente” de otras personas, cuando pensamos en sus intenciones, en sus deseos, en sus objetivos o en sus creencias. Es algo que hacemos continuamente, sin darnos cuenta, y que nos ayuda en nuestra vida social, en llevarnos bien dentro del grupo, la familia, la sociedad. Uno de los problemas de las personas con autismo es precisamente ése, que son incapaces de leer correctamente las mentes ajenas (y todo lo que va añadido, como el lenguaje corporal, los tonos de voz, los gestos sutiles) interpretando el mundo de una forma literal y directa,  sin metáforas ni mentiras.

El grupo de investigación de Saxe reclutó voluntarios (¡esos estudiantes universitarios siempre ansiosos de ganar algo de dinero!) y les planteó distintos escenarios donde había que tomar una decisión fundamentada en los principios morales propios. En un ejemplo, una mujer llamada Grace invitaba a café a su amiga Mary pero al prepararlo se equivoca y en vez de azúcar, añade un veneno y Mary muere.  En otra historia, parecida pero diferente, Grace echa en el café lo que considera que es veneno, pero en realidad es azúcar y a Mary no le pasa nada. Los sujetos del experimento tenían que puntuar éste y otros escenarios comparables donde se “valoraba” o no a un sujeto. En el estudio, tenían que puntuar en una escala de 1 a 7, las distintas actuaciones desde “prohibido (1)” a “guay (7)”. En el ejemplo que he puesto, prácticamente todos los “conejillos de indias” disculpaban a Grace por su confusión, considerándolo un “accidente”,  pero la sancionaban, puntuándola muy bajo, cuando había en ella intención de causar daño.

A continuación, los voluntarios que participaban en el experimento recibieron la acción de campos magnéticos en su cabeza (estimulación magnética transcraneal), encima y detrás de la oreja derecha, donde se sitúa la unión temporoparietal,la zona cerebral que se activa para los juicios morales. Estos campos magnéticos distorsionan la capacidad de las neuronas de comunicarse con sus señales eléctricas sin que se produzca un daño real. El resultado fue que las personas (el grupo experimental) cambiaba su juicio y valoraban más el resultado final. Si la amiga de Grace había sufrido daño eran más los que la condenaban aunque no hubiese mala intención y viceversa, si la amiga había resultado indemne, el porcentaje de los que eran benévolos con Grace también aumentaba a pesar de su comportamiento criminal. Es interesante que esa forma de actuar se parece más a la de los niños pequeños, en torno a tres años, donde juzgarían directamente el resultado del acto sin entrar a matizar la intención, la bondad o maldad con la que se inició un episodio.

Este experimento causó bastante revuelo porque sus implicaciones llegaban a distintos campos:

  • a la religión. Según Jon Barron “para aquellos que mantienen que la moralidad nos fue entregada en el Monte Sinaí y que es el mismo criterio para, entre nosotros, separar a los santos y a los pecadores, estas noticias pueden ser difíciles de creer”
  • a la esencia del ser humano. El propio Darwin escribe en “El origen del Hombre” “Suscribo totalmente el juicio  de esos autores que indican que la presencia de un sentido moral o una conciencia es la diferencia más importante entre el hombre y el resto de los animales”. Según la propia Rebecca Saxe “Piensas que la moralidad es un comportamiento realmente de nivel superior. Ser capaz de aplicar un campo magnético a una región cerebral específica y cambiar el juicio moral de la gente es realmente asombroso”.
  • a la ley. Owen Jones, catedrático de Derecho y de Biología en la Universidad de Vanderbilt indica que nuestro conocimiento sobre la bioquímica de la moralidad “nos debe permitir juicios sofisticados sobre la responsabilidad, el daño y el castigo apropiado“. Según él “Este estudio y otros estudios recientes similares, nos permiten abrir una ventana en la actividad cerebral que subyace y permite los juicios legales.”

 

  • y a los que temen la manipulación de las mentes. De hecho Saxe comentó que había sido contactada por el Pentágono pero recordó que no es posible aplicar un campo magnético a alguien sin su conocimiento y que no todas las personas reaccionan del mismo modo.

Este experimento pone de manifiesto que estamos muy bien preparados para entender la mente de otro personas, para pensar sobre los pensamientos, las intenciones, los deseos, las creencias del “otro”. Nuestro cerebro es por tanto responsable de nuestros juicios, de nuestros principios morales aunque existan muchos factores que impactan sobre este proceso cerebral. Los experimentos de Saxe lo confirman definitivamente.

El sistema de entender y valorar mentes ajenas tarda años en madurar, a lo largo de la infancia y la pubertad y hay diferencias  incluso en los adultos, que explican  que no todos tengamos un juicio moral idéntico. En los niños se da una evolución muy marcada. Un bebé de nueve meses espera que un adulto agarre un objeto al que él ha mirado y sonreído antes. En una primera fase, el niño entiende que la gente actúa para conseguir las cosas que quiere, que esas acciones van dirigidas a un objetivo. A los 18 meses, un niño entiende que personas diferentes pueden tener distintos deseos o preferencias.  A los dos años, hablan con claridad sobre el contraste entre lo que querían y lo que ha sucedido.  En esta primera fase, los niños desconocen algo importante: la noción de creencia. Hasta un momento entre su tercer y cuarto cumpleaños no entienden la relación entre lo que cree una persona y sus objetivos y actos. En ese momento empiezan a darse cuenta que existe algo que los neurocientíficos llaman “creencia falsa”. Un experimento típico es un niño, Pepito, que coloca una bola roja en una caja y se va. Llega otro niño y saca la bola y la pone en un bote. Entonces se pregunta al “conejillo” ¿cuándo venga Pepito donde buscará la bola roja? Un niño de tres años dirá que en el bote. Un niño de cinco años ya acertará que Pepito tendrá la “falsa creencia” de que la bola sigue en la caja y la buscará allí. Un niño con autismo se comportará como el niño de menor edad en este test.

Con respecto al lento desarrollo de este proceso de lectura de la mente, comprensión de las creencias ajenas y desarrollo de moralidad, es importante mencionar que el área temporoparietal no termina su desarrollo anatómico en la mayoría de las personas hasta el final de la segunda década de las personas o incluso al comienzo de la tercera, en los veintipocos. Esto puede ayudar a explicar cosas que a veces nos sobrecogen como la crueldad de los niños en las escuelas con los más débiles o incluso algún delito terrible cometidos por menores de edad. Ese cerebro inmaduro debería ser un factor a tener en cuenta para hacer como en Europa y no como en Estados Unidos, a la hora de establecer las responsabilidades penales de los menores.

Rebecca Saxe termina su charla en TED con una hermosa cita de Philip Roth

“El hecho es que acertar sobre la  gente no es de lo que va la vida, es equivocarse sobre ellos, eso es vivir. Es equivocarse con la gente una vez y otra y otra vez y luego, tras reconsiderarlo cuidadosamente, volver a equivocarse otra vez.”

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