En enero de 1803, el cadáver de George Forster fue transportado con rapidez desde los sótanos de la prisión de Newgate en Londres al edificio del Real Colegio de Cirujanos. Forster era un criminal, condenado por haber asesinado a su mujer y su hijo, y acababa de ser ahorcado. Delante de una audiencia de médicos y curiosos, Giovanni Aldini iba a hacer un espectáculo “anatómico” con aquel cuerpo todavía caliente. Aldini elogió la “mente iluminada” de los legisladores británicos que permitían aprovechar los cadáveres de los criminales ejecutados en Inglaterra para su uso en la experimentación médica. Su demostración en Londres  “superó nuestras expectativas más optimistas”, escribió más tarde con entusiasmo, y añadió que había tenido tanto éxito que “el vitalismo podría, tal vez, ser restaurado.” Investigadores de toda Europa estaban en esos momentos buscando el secreto de la vida, del “elan vital”, usando como herramienta la electricidad.

Decidido a comprender cómo funcionaba lo que él llamaba la “máquina animal humana”, Aldini sabía que necesitaba conseguir cuerpos que hubiesen fallecido recientemente y que “retuvieran… los poderes vitales en su máximo grado de preservación”. Su solución fue la siguiente, los criminales ahorcados o decapitados: “me vi obligado, si se me permite la expresión, a colocarme debajo del patíbulo, cerca del hacha del verdugo, para recibir los cuerpos todavía sangrando de los desafortunados criminales, los únicos sujetos apropiados para mis experimentos.

En su demostración en Londres, Aldini usó una gran batería húmeda, la llamada “pila voltaica”, un invento que Alessandro Volta había presentado tan solo tres años antes. Con dos cables de cobre empezó a aplicar descargas en la cara del cadáver de Forster. Entonces, la mandíbula empezó a temblar, los músculos adyacentes  se empezaron a contraer en una mueca terrible y el ojo izquierdo se abrió de repente.De allí bajó al pecho, que pareció moverse como en la respiración y el puño pareció levantarse y golpear en el aire, como si Forster estuviera furioso con lo que le estaban haciendo. El clímax de la actuación se produjo cuando Aldini colocó sus cables en el recto del cadáver, sus piernas patearon, su espalda se arqueó violentamente y parecía que el asesino iba a volver a la vida en cualquier momento.

Los efectos de la exhibición no acabaron allí. Un tal Señor Pass, bedel del Real Colegio de Cirujanos, tremendamente afectado por lo que había visto, murió poco después. El Newsgate Calendar, una gacetilla que informaba de los crímenes y las ejecuciones en la prisión, comentó su preocupación de que los científicos volvieran a la vida a los criminales más rápido de lo que los propios verdugos daban cuenta de ellos. El editor mostraba al menos su tranquilidad de que no habría duda de que tendrían que ser volver a ser ejecutados si les revivían, porque la sentencia del juez era la horca “hasta la muerte”.

Aldini era catedrático de Física en la Universidad de Bolonia, la misma universidad donde su tío, Luigi Galvani, era catedrático de Anatomía. El propio Galvani había dirigido durante tres años el llamado Carnaval Anatómico en la que el cuerpo de un criminal era diseccionado en 16 fases delante de un público a la vez extasiado y horrorizado. Galvani estaba interesado en el llamado “fluido eléctrico” un jugo que se generaría en el cerebro, fluiría a través de los nervios y dotaría a los músculos de su fuerza. Las teorías de Galvani encajaban con las ideas de finales del siglo XVIII sobre una fuerza vital, un fluido que dotaría a los cuerpos inanimados de la capacidad de movimiento y las demás actividades de un ser vivo.

No era la primera vez que se observaban los efectos de la electricidad en un organismo. Ya desde el tiempo de los romanos, se utilizaban peces eléctricos para curar enfermedades. Los pacientes, afectados de artritis, gota o parálisis, se colocaban descalzos encima de anguilas o torpedos hasta que el potencial eléctrico del pez se daba por agotado. Scribonius Largus, un médico de lo que ahora llamaríamos gente famosa y que vivió en el primer siglo después de Cristo escribía en el año 46

“El dolor de cabeza incluso si es crónico e insoportable desaparece y es curado para siempre por un torpedo negro vivo situado en el lugar donde se sitúa el dolor.”

Hay que imaginar a este médico romano colocando el pez por distintas partes del cuerpo del paciente pero Scribonius debía estar convencido de su tratamiento y ser un médico famoso y respetado porque al año siguiente, el 47, trataba de migrañas con sus peces eléctricos al hombre más poderoso de su época, el emperador Claudio.

Aquellas técnicas quedaron en desuso, también por comentarios negativos de Galeno sobre ellas, hasta el siglo XVIII en que se pudo tener fuentes artificiales, fiables, de electricidad. John Wesley, el fundador de la Iglesia Metodista escribió un libro “Primitive Physick” donde recogía 288 problemas médicos que, según él, podían ser prevenidos o curados por la electricidad. Wesley escribió que él “estaba firmemente persuadido que no existía remedio en la naturaleza para los trastornos nerviosos de cualquier tipo, comparable al uso adecuado y consistente de máquinas eléctricas” y terminaba sugiriendo que entre 50 y 100 descargas serían la “dosis adecuada” en la mayoría de los casos.

Pero el investigador clave sobre los efectos de la electricidad en el organismo había sido Luigi Galvani. Galvani tenía en la universidad y en su casa, donde hacía mucho del trabajo con la ayuda de su mujer, Lucia Galeazzi, distintas máquinas generadoras de electricidad. Había iniciado su investigación estudiando la anatomía comparada, en particular el sistema excretor y el oído de las aves. Sin embargo, a partir de 1772 estudió los movimientos musculares de las ranas y poco más tarde los efectos de los opiáceos en los nervios de las ranas. De ese modo, empezó a estimular los nervios y los músculos de estos anfibios. Colgando cuerpos de rana sin cabeza de unos ganchos de bronce en el jardín, vio que las ancas se empezaban a contraer cuando la brisa les hacía oscilar y tocaban la barandilla de hierro. Galvani consideró que los nervios llevaban a los músculos un fluido eléctrico. Volta, más tarde, demostró que la electricidad no provenía del animal sino de los dos metales, hierro y bronce, con un contacto húmedo entre ellos, como el que generaba el rocío en la barandilla del jardín.

Parece que hubo un descubrimiento fortuito. Su esposa Lucia se dio cuenta que mientras uno de los estudiantes de Galvani estaba haciendo la disección de un anca de rana cerca del nervio ciático, la pata del animal empezó a temblar cuando una chispa de la máquina electrostática saltó al bisturí. Vieron que podían repetir la observación en tejido muerto si los escalpelos habían recibido una chispa antes o si conectaban directamente un cable desde la máquina electrostática.  Galvani llamó a esta energía que permitía el movimiento la “electricidad animal” en contraposición a la “electricidad artificial” obtenida por ejemplo frotando metales y un paño de lana o a la “electricidad natural”, que sería la del rayo. Demostró que existía un componente eléctrico en la relación entre nervios y músculos mientras que hasta ese momento, las vías nerviosas se consideraban simplemente canales acuosos. Descubrió que con la contracción de los músculos de la rana, podía medir la intensidad de la corriente eléctrica construyendo un auténtico galvanómetro biológico.

Galvani estudió otras cosas también. Sus experimentos con metales y la corrosión le llevaron a la invención del acero galvanizado, pero volvamos al cerebro. El galvanismo, la técnica que curaba con electricidad distintas enfermedades y que permitía ver de nuevo movimientos en animales y personas muertas, se convirtió en un espectáculo que recorría las capitales europeas. Galvani había probado a estimular directamente el cerebro, pero sin éxito. Aldini tuvo más suerte probando sobre el cerebro expuesto de bueyes, mostrando que se observaban movimientos en los párpados, labios y ojos. Aldini y otros “galvanistas” iniciaron experimentos para estudiar la respuesta del cuerpo a la corriente eléctrica. Las revistas médicas recogían informes con regularidad de cómo unas pocas chispas o potentes descargas eléctricas habían curado una enorme variedad de trastornos, de la parálisis a la apoplejía, del reumatismo a diferentes enfermedades mentales.

El uso médico de la electricidad, como sucede siempre con los avances sanitarios reales o ficticios dio lugar a nuevos negocios.  James Graham abrió un lujoso “spa eléctrico” llamado Temple of Health (“el Templo de la Salud”) en uno de los mejores barrios de Londres. Los visitantes podían oír las charlas de Graham sobre las virtudes de la electricidad mientras eran atendidos por bellas señoritas con no mucha ropa. Una de ellas se llamaba Emma Lyons, más tarde conocida como Lady Hamilton y más tarde famosa por ser la amante del mayor héroe naval británico, Horacio Nelson. El éxito fue tal que Graham tuvo que abrir un nuevo “Templo” en Pall Mall. Allí los clientes podían elegir entre sentarse en el “Trono Celestial”, una silla eléctrica aislada del suelo mediante columnas de cristal o bañarse en agua a través de la cual se pasaba una corriente eléctrica. Los que querían un tratamiento más convencional podían comprar píldoras o pociones imbuidas del poder revitalizador del “fuego celestial”, una de las cuáles se denominaba el  “Éter eléctrico”. Esta mezcla de extractos de plantas servía, según Graham, para” prevenir cualquier tipo de infección y para curar todas las enfermedades inferiores, nerviosas, persistentes y pútridas. Nada en la tierra puede igualar esta nobilísima quintaesencia. No solo también de los catarros y resfriados sino que cualquiera que tuviera que visitar tribunales, lugares públicos, personas enfermas y esos lugares donde hay cientos de personas corrientes acumuladas en pasillos, haría bien en tomar una cucharada de éter”. Para aquellos con afecciones del sistema nervioso o “constituciones decaídas o gastadas” el bálsamo etéreo (éter mezclado con vino) era la solución. Y si nada funcionaba, entonces las Píldoras Imperiales garantizaban curar cualquier cosa que no estuviera en la lista de enfermedades curadas por los otros dos remedios.

La joya del montaje del Templo de la Salud de Graham era una máquina eléctrica gigantesca con cilindros de cristal que giraban, varillas conductoras y otra parafernalia diseñada para emitir chispas alrededor de esferas rodeadas de metal rellenas con las pociones de Graham Ocupaba 10 habitaciones y su construcción había costado una fortuna. Para parejas ricas pero sin hijos estaba la Cama Celestial. Por solo 50 libras, los aristócratas británicos podían pasar la noche en una cama gigantesca con un colchón relleno de paja fresca, hojas, pétalos y crines de la cola de los mejores garañones ingleses. Un poco de música y unas chispas en el cabecero de la cama y la concepción de un heredero estaba garantizada.

En los últimos tiempos, el uso médico de la electricidad tiene un último exponente en la terapia electroconvulsiva, lo que se conoce vulgarmente como el electroshock, Se mantiene como un tratamiento para la depresión mayor, sobre todo la que es recalcitrante a otros tratamientos. Este uso de las corrientes eléctricas tiene opositores que señalan sus efectos adversos: pérdida de memoria y déficits cognitivos. Los defensores de esta terapia consideran que esos efectos secundarios son temporales, mientras dura el tratamiento, y que la depresión es una enfermedad devastadora que pone en riesgo la propia vida del paciente y que la terapia electroconvulsiva puede tener un efecto positivo de una forma espectacular. Los proponentes de estos tratamientos consideran que los beneficios son solo temporales y en cambio los efectos adversos se mantienen en el tiempo. Como el uso de la electricidad como tratamiento, que ya lleva dos mil años entre nosotros.

Leer más:

  • Noticia en el Newsgate Calendar http://www.exclassics.com/newgate/ng464.htm
  • Pain, S. (2003) Lady Emma’s shocking past. New Scientist 2394: 50-51.
  • Pollard, J. (2010) Boffinology. The real stories behind our greatest scientific discoveries. John Murray. Londres. pp. 221-223.