Harold Hillman es un científico británico y uno de los miembros fundadores de Amnistía Internacional. Su campo de trabajo es curioso, por decirlo de alguna manera, es un experto en la neurobiología de los métodos de ejecución y en la resucitación. En 1997, los estudiantes de la Universidad de Harvard le concedieron el Premio Nobel de la Paz, en su versión Ig. Los Ig Nobels son una parodia de los auténticos premios Nobel y se otorgan a una investigación “que primero haga reír y luego haga pensar”. La entrega la hacen auténticos premios Nobel, que suelen declarar que se lo han pasado mejor que en la anterior ceremonia en el Palacio Real de Estocolmo. Hillman consiguió su premio Nobel “alternativo” por un artículo titulado “Posible dolor experimentado durante la ejecución por diferentes métodos” publicado en la revista “Perception”. Hillman concluyó, que basado en toda la evidencia científica disponible, la idea ampliamente difundida de que la mayoría de los métodos de ejecución utilizados son virtualmente indoloros y llevan a una muerte rápida y digna, es, con la posible excepción de la inyección intravenosa, con casi total seguridad, falsa. Me alegra vivir en un país y un continente que abolió la pena de muerte.

Pero Hillman me causó una preocupación importante. Declaró que en una ejecución rápida, tal como la que se consigue con la guillotina o los antiguos verdugos con un hacha, la desaparición de la sangre oxigenada que llega al cerebro hace que éste pierda la consciencia en dos o tres segundos. Hillman no dice nada que pasa con el cuerpo y es lo que me interesa en relación con un personaje por el que siempre he sentido cariño: Klaus Störtebeker, el pirata más famoso del mar del Norte.

Störtebeker era el capitán de los piratas del Elba. Acostumbrados a los piratas del Caribe, a las tropelías de los corsarios ingleses, un pirata de agua dulce puede parecer de segunda clase, pero Stortebeker no habría hecho ningún mal papel al lado de ellos. Ni siquiera era ese su apellido real, sino un apodo. Störtebeker venía de una corrupción del alemán  Stürz den Becher “Acabar con el jarro” porque era capaz de beberse de un trago, sin respirar, una jarra de cuatro litros de cerveza. Creo que algunos de mis compañeros de promoción en la Facultad lo habrían conseguido también o, al menos, habrían sido felices de intentarlo. Los miembros de su tripulación eran conocidos como los Vitalienbruder, los Hermanos de los víveres. Habían sido contratados en una guerra entre Dinamarca y Suecia para luchar contra los daneses y para hacer llegar víveres a Estocolmo, la capital sueca, que estaba sitiada. Tras el final de la guerra, Klaus y sus mercenarios habían decidido continuar en el oficio de las armas y seguir capturando barcos, muchos de la liga hanseática, también holandeses, rusos, daneses, denominándose a sí mismos “Socios iguales” “Likedeelers”, indicando que el reparto del botín era a partes equitativas.

Según la leyenda, Störtebeker era una especie de Robin Hood también. Amasó una fortuna y una de las cosas que se cuentan es que al desguazar su barco, los mástiles tenían un núcleo de oro, plata y cobre. Otra leyenda atribuida a Klaus es que donó dinero al pequeño pueblo de Verden para que reconstruyera su iglesia. Desde entonces, Verden distribuye un día pan y arenques gratuitamente en recuerdo y homenaje a aquel acto de generosidad. Es una tradición de la que hay vestigios desde el Renacimiento, por lo que hay quien piensa que en este caso la leyenda puede tener cierta verosimilitud.

Pero como pasa siempre con los piratas, llegó un momento en que su suerte se terminó. Störtebeker era perseguido por una flota de Hamburgo comandada por Simón de Utrecht. Un traidor echó plomo fundido en los eslabones de la cadena que gobernaba el timón de la nave y Störtebeker no pudo maniobrar, por lo que él y sus 73 hombres fueron capturados. Tuvieron que comparecer, atados con cadenas, ante el alcalde de Hamburgo. Störtebeker le ofreció un trato. Si les quitaban los grilletes, si les dejaba en libertad a él y a sus hombres, entregaría una cadena de oro que rodease el perímetro de la ciudad como rescate. El Senado de Hamburgo se negó enojado.  Desde entonces se busca el tesoro de Störtebeker, aquel oro que no llegó a emplear.

Los piratas fueron condenados a morir decapitados. Pero cuando iban ya camino de la ejecución, el capitán le ofreció al alcalde un trato, un reto feroz e impactante. Que dejase en libertad a uno de sus hombres por cada paso que consiguiera dar una vez decapitado. El alcalde accedió y Klaus hizo que el verdugo le decapitara de pie y después empezó a andar. Sus piratas estaban en fila a su lado, y vieron asombrados como aquel cuerpo sin cabeza iba dando paso tras paso. Según la leyenda, el cuerpo de aquel gigantón dio once pasos antes de que el alcalde, rabioso, le pusiera la zancadilla y cayera al suelo. Como no podía ser de otra manera en una buena historia de piratas, el alcalde traicionó su palabra y mandó ajusticiar a los 73 piratas restantes. La historia tiene un siguiente capítulo divertido. El senado de Hamburgo preguntó al verdugo si no estaba cansado después de un trabajo tan intenso, pero éste respondió que en absoluto y que podría ejecutar a continuación, con facilidad,  a todos los miembros del Senado de la ciudad. Como los políticos siempre han tenido poco humor consigo mismos, sentenciaron inmediatamente a muerte a verdugo y lo ejecutó el miembro más joven del Senado.

Klaus Störtebeker es un personaje popular en el barrio más popular de Hamburgo, Saint Pauli, las calles donde lanzaron su carrera musical los Beatles. Esta zona de marineros, prostitutas y bares recuerda con cariño a aquel tipo bebedor, salvaje, violento y fuera de la ley. Así que cuando vean al Saint Pauli jugando al fútbol ya entenderán porque en las banderas y bufandas de muchos hinchas aparece una calavera y dos tibias. Y por cierto, el himno del club tiene un título menos formal que los que aquí acostumbramos. Se titula “Cien cervezas”. ¡Salud!