El año de 1816 no tuvo verano. La explosión del volcán Tambora en Indonesia, un año antes, el mayor cataclismo geológico de los últimos 1.500 años en el planeta Tierra, oscureció los cielos, bajó la temperatura en el Hemisferio Norte, hizo que se perdieran cosechas y que muriesen muchas cabezas de ganado, causando la mayor hambruna del siglo XIX en Europa.

Para Mary Wollstonecraft Godwin y el escritor Percy Bysshe Shelley, aquel fue un verano especial. Ellos tenían una relación tormentosa ya que Shelley estaba casado, Mary solo tenía dieciocho años, acababa de perder una niña prematura de Shelley, lo que le había hecho caer en una depresión y habían pasado por serias dificultades económicas. Sin embargo, mucho de eso había quedado superado ese verano. En esas circunstancias tan especiales, ambos deciden salir de Inglaterra y visitar a su amigo George Gordon Byron, Lord Byron, que está en Villa Deodati en Suiza. Fue un encuentro feliz que no pudo arruinar el mal tiempo del “año sin verano”. Se encontraron en Ginebra, Mary, Percy, Lord Byron y su médico John William Polidori. Sin poder salir por aquel tiempo áspero, por la tarde se sentaban alrededor de la chimenea y leían cuentos de terror y comentaban sus lecturas y las demostraciones científicas a las que habían asistido en los últimos tiempos. Uno de los temas era el galvanismo y su relación con el fluido vital y la resucitación de los muertos. También salió en aquellas conversaciones el mito de Prometeo, influenciados quizá por la escritura del propio Byron ya que ese mismo año de 1816 terminó “Prometheus”, uno de sus poemas más famosos.

Mary recordaba así el encuentro de los cuatro amigos:

En el verano de 1816 visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron. Al principio pasábamos el tiempo en el lago, o vagando por la orilla. (…) Pero el verano resultó húmedo e inclemente, y la incesante lluvia nos confinó en casa, a menudo durante días. En nuestras manos cayeron algunos volúmenes de relatos de fantasmas traducidos del alemán al francés.
Entonces, Lord Byron dijo “vamos a escribir cada uno un relato de fantasmas”; y aceptamos su propuesta. (…) Yo también me dediqué a “pensar una historia”. Una historia que hablase a los miedos misteriosos de nuestra naturaleza y despertase un horror estremecedor; una historia que hiciese mirar en torno suyo al lector amedrentado, le helase la sangre y le acelerase los latidos del corazón. Si no lograba estas cosas, mi historia de fantasmas no sería digna de su nombre. Pensaba y reflexionaba, todo en vano. Sentía la incapacidad de la invención que es la mayor miseria de un autor cuando Nada responde a nuestras ansiosas invocaciones. Cada mañana me preguntaban ¿Has pensado una historia? Y cada mañana me veía forzada a contestar con una negativa mortificante.

Muchas y largas fueron las conversaciones entre Lord Byron y Shelley, de las que fui oyente fervorosa, aunque casi muda. En el curso de una de ellas discutieron diversas doctrinas filosóficas, entre otras la naturaleza del principio vital, y la posibilidad de que se llegase a descubrir tal principio y conferirlo a la materia inerte. Hablaron de los experimentos del Dr. Darwin [–Mary no se refiere a Charles Darwin, que entonces tenía siete años, sino a su abuelo, el famoso biólogo Erasmus Darwin–] Quizá podía reanimarse un cadáver; el galvanismo había dado pruebas de tales cosas; quizá podían fabricarse las partes componentes de una criatura, ensamblarlas y dotarlas de calor vital.
(…)
Cuando apoyé la cabeza sobre la almohada, no me dormí. Mi imaginación, espontáneamente, me poseía y me guiaba, dotando a las sucesivas imágenes que surgían en mi mente de una viveza muy superior a los habituales límites de la ensoñación. Vi al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado. (…) Debía ser espantoso; pues supremamente espantoso sería el resultado de todo esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanismo del Creador del mundo. El éxito aterraría al propio artista; huiría horrorizado de su odiosa obra. Confiaría en que, abandonada a sí misma, se apagaría la leve chispa de la vida que había infundido; y así pudo dormir. (…) El estudiante está dormido, pero se despierta; abre los ojos; mira, y descubre al horrible ser junto a la cama.
(…)
“¡La encontré! Lo que me ha aterrado a mí aterrará a los demás; sólo necesito describir el espectro que ha visitado mi almohada a medianoche.” A la mañana siguiente anuncié que “había pensado una historia”.

Años más tarde, Polidori escribió un libro, “El vampiro”, basado en una idea de Byron, y donde el protagonista era Augustus Darvell, un aristócrata sediento de sangre que se parecía demasiado a Byron. Es también la primera vez que ese personaje, el hombre bebedor de sangre, pasaba a formar parte de la literatura. Del cuento de Mary Shelley salió uno de los principales libros de ciencia ficción y de terror gótico de la historia “Frankenstein o el moderno Prometeo”. En uno de esos giros hermosos de la historia, el nombre “moderno Prometeo” fue acuñado por Inmanuel Kant para referirse a Benjamin Franklin y sus experimentos con la electricidad.

Han pasado casi dos siglos y esta novela sigue siendo parte de nuestras vidas. Aunque Frankenstein ha pasado, en un error muy generalizado, a denominar a la “criatura”, al monstruo, el Dr. Frankenstein se ha convertido en el prototipo del científico peligroso, del aprendiz de brujo que pone en riesgo a los demás, del uso oscuro de la Ciencia. Los alimentos modificados genéticamente se denominan en Estados Unidos, “frankenfoods”

Hay dos versiones sobre el mito de Prometeo. Una versión más popular en Grecia por el trabajo de Esquilo “Prometeo encadenado” indicaba que Prometeo robó el fuego del sol a los dioses (Prometheus pyrophorus) y se lo dio a los hombres, sufriendo el castigo de Zeus. Zeus le encadenó a una roca, en el Cáucaso y cada noche Prometeo era visitado por un águila que le comía el hígado. Durante el día, en un símbolo de la regeneración tisular, el hígado volvía a crecer hasta recuperar su estado normal. La segunda versión era más popular en Roma donde se conocía como Prometheus plasticator, el héroe era aquí un artista que había sido capaz de retar a los dioses, quitándoles también la exclusividad de una de sus prerrogativas más importantes, había dado vida a una estatua hecha de barro, de arcilla. La famosa estatua del Rockefeller Center representa a Prometeo y detrás está la siguiente inscripción de Esquilo “Prometeo, masetro en todas las Artes, trajo a los mortales un fuego que ha sido una valiosa herramienta para fines poderosos”.

Victor Frankenstein era el moderno Prometeo. El capítulo V de la obra empieza así:

“Una lúgubre noche de Noviembre  vi coronados mis esfuerzos. Con una ansiedad casi rayana en la agonía, reuní a mi alrededor los instrumentos capaces de infundir la chispa vital al ser inerte que yacía ante mí. Era ya la una de la madrugada, la lluvia golpeteaba triste contra los cristales, y la vela estaba a punto de consumirse, cuando, al parpadeo de la vela medio extinguida, vi abrirse los ojos apagados y amarillentos de la criatura; respiró con dificultad y un movimiento convulso agitó sus miembros.”

Según el mismo pronuncia en la novela: “Tuve éxito en descubrir la causa de la generación y la vida; no, más, me convertí en alguien capaz de conferir animación a la materia sin vida.”

Pero puesto que estamos hablando de Neurociencia, quizá es bueno recordar que en la película “Frankenstein” de 1931 dirigida por James Whale y rodada por Universal Pictures (el mismo año y el mismo estudio cinematográfico que rueda “Drácula” y que con estas dos películas de terror resurge de sus cenizas económicas) se habla en detalle del cerebro de la criatura. El Dr. Frankenstein solo necesita un cerebro para completar su obra. Manda a su asistente Fritz a robar uno a su antigua Facultad de Medicina, en la Universidad de Ingolstadt. Fritz ve que los estudiantes están haciendo una disección del cadáver de un psicópata “cuya vida fue brutalidad, violencia y asesinato.” El profesor explica a los estudiantes las características degeneradas del cerebro criminal, identificable por “la escasez de circunvoluciones en el lóbulo frontal y la degeneración distintiva de lóbulo frontal medial.” Cuando la clase concluye, Fritz se cuela en el aula y encuentra dos recipientes con cerebros uno está marcado como “cerebro normal” y es el que agarra pero cuando sale, un ruido le asusta y el frasco con el cerebro cae al suelo. Para no enfadar al Dr. Frankenstein, Fritz desesperado vuelve a la sala, agarra la otra jarra que está marcada como “Dysfunctio Cerebri – Cerebro anormal” y sale huyendo con él. Las piezas de la tragedia van encajando entre sí, la “Criatura” tendrá los peores instintos, el pecado original de un cerebro malvado. Está película lanzaría a la fama a un actor desconocido llamado Boris Karloff y tendría decenas de secuelas. La escena más famosa es aquella en que la Criatura, jugando con Mary, una niña con la que ha hecho amistad y lanzando flores al agua, le lanza a ella también, que se ahoga. El director, mucho más artista que la mayoría de los actuales, lo deja a nuestra imaginación con solo la imagen en la pantalla de las ondas en el agua. Te quedas con una mezcla trágica de crueldad y ternura.

Frankenstein desafía a los dioses, creando vida. Igual que en el mito original, Víctor es castigado, pero no directamente, sino a través de la criatura, el monstruo que  ha creado. El monstruo, por otro lado, lleva una vida que no es tal y como él dice en la novela: “Soy malo porque soy desdichado”, y termina volviéndose contra su autor:  “¡Despiadado creador! Me has dado sentimientos y pasiones, pero me has abandonado al desprecio y al asco de la Humanidad.

La idea del trasplante cerebral no era nueva. En el siglo XVI, Ambroise Paré, el médico francés que inició una carrera de éxito sin una formación universitaria y sin conocer latín, se había ganado una gran reputación por el desarrollo de prótesis y por un tratado sobre heridas de arma de fuego, la novedad en ese mundo en continuas guerras y ahora con nuevas armas. Paré utilizaba unos medicamentos especiales. De hecho, su obra menciona una medicina preparada cociendo cachorritos recién nacidos en aceite de lirio y después mezclándolos con lombrices preparadas en trementina de Venecia. Uno de los casos más interesantes trata de un hombre que pide que le hagan un trasplante cerebral:

“Un caballero que por lo demás se encontraba bien, tenía la idea de que su cerebro  estaba podrido. Fue al Rey, rogándole que ordenase al Sr. Le Grand, médico, al Sr. Pigray, cirujano de Su Majestad y a mí mismo que abriéramos su cabeza, extrajéramos su cerebro enfermo y lo reemplazáramos con otro.”

No sabemos si se llegó a hacer algún intento. Paré escribió “Le hicimos muchas cosas, pero fue imposible para nosotros restaurar su cerebro.

Desgraciadamente, en los siglos que han pasado desde Paré no hemos avanzado tanto sobre los transplantes cerebrales. Ahora sabemos de partes del cerebro con afectaciones serias, gravemente dañadas, de la presencia de de tumores cerebrales inoperables, de enfermedades neurodegenerativas como la de Alzheimer que antes de terminar la vida de una persona le habrán robado sus tesoros más preciosos: su memoria, el reconocimiento de los seres queridos, su personalidad, su alma. Pero el trasplante cerebral suena más a locura que cuando Paré escribía sobre ello. Actualmente somos capaces de llevar células madres sanas a un cerebro enfermo, pero no somos capaces de reconectarlas correctamente ni mucho menos de recuperar un número importante de neuronas perdidas o restaurar una región del encefalo dañada. El trasplante cerebral sería probablemente la tarea más difícil, probablemente imposible, que se le pueda plantear a la Ciencia y, quizá seguirá así, por miles de años. Elucubrando es posible que fuese más fácil transplantar una cabeza entera con la columna vertebral e intentar reconectar órganos y extremidades. Suena a ciencia-ficción, a historia de terror, como aquella que imaginó en un verano lluvioso y frío una jovencita llamada Mary Shelley.

Leer más:

  • Finger, S. (1994) Treatments and therapies: from Antiquity through the Seventeenth Century. En: Origin of Neuroscience. Oxford University Press: oxford. pp. 423.
  • Shelley, M.W. (1981) Frankenstein o el moderno Prometeo. Alianza Editorial: Madrid.