El concepto de desarrollo sostenible es acuñado en el informe Brundtland (1987) elaborado por la ONU, el cual lo define como: “aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones”. Hasta hace pocos años la pregunta era si desarrollo y medio ambiente eran términos contradictorios. Ahora ha pasado a ser ¿cómo podemos conseguir ese desarrollo sostenible? Esas dos palabras se han convertido, desde los años 1990, en un mantra, en un término clave para ONGs, agencias de cooperación, bancos internacionales de desarrollo,  periódicos, académicos, ecologistas y activistas de todo tipo. Ha logrado un amplio respaldo, mucho mayor que otros términos como “ecodesarrollo” que no consiguieron cuajar. Hay quien piensa que el éxito del término se debe su vaguedad, a que puede ser defendido por personas con posiciones irreconciliables. De hecho, bajo “desarrollo sostenible” se incluyen al menos los siguientes aspectos:

  • ayuda a los muy pobres, porque no les dejamos otra opción que destruir su medio ambiente
  • la idea de un desarrollo autoimpulsado, dentro de los límites marcados por la disponibilidad de recursos naturales.
  • la idea de un desarrollo eficaz en costes, pero que usa criterios económicos diferentes a los tradicionales.
  • la discusión de los “grandes temas”: acceso a la salud, tecnologías apropiadas, independencia alimentaria, agua limpia y vivienda para todos.
  • iniciativas centradas en la gente.

En nuestro país el término “desarrollo sostenible” se ha asociado al abandono de un modelo económico basado en un monocultivo del ladrillo a un crecimiento fundamentado en una economía del conocimiento, basado en la innovación, la investigación, el desarrollo tecnológico, las actividades con más valor añadido ¿Es así? No parece:

En el proyecto de presupuestos presentado para el año 2011 todos los ministerios reducen su presupuesto para 2011 en mayor o menor cuantía. No se salvan ni Educación (-7,8%) ni Ciencia e Innovación (-4%). La Confederación de Sociedades Cientificas ha calculado que el gasto para I+D en los presupuestos disminuye un 8,37% frente al de 2010, que a su vez estaba reducido en un 5% frente al de 2009. El MInisterio de Ciencia e Innovación, en sus recursos para I+D tiene un descenso del 3,55% mientras que en el de Industria cae un 17,56%. Las transferencias a las Comunidades Autónomas, de quien dependen las universidades también sufren un severo descenso. Siendo difícil, recortar es fácil: trasladas al ministro o ministra de turno el problema, él a sus directores generales y ahí la cadena hasta el becario, que queda encargado de arreglar las cosas. Lo verdaderamente difícil, lo que es de verdad gobernar es pensar en cómo mejorarás la situación en el futuro, generando una estructura sólida, un proyecto “sostenible”. Ya he dicho que el único camino en el que creo para este país es un compromiso por la educación y el I+D+i, que se debería ver con claridad en los presupuestos, aunque haya que hacer ajustes dolorosos en otros sitios. No ha sido así. En esa búsqueda de un modelo de desarrollo sostenible se dice que las universidades tienen un papel clave.

De hecho, la Ley de Economía Sostenible, aprobada en este 2010 plantea para las universidades los siguientes objetivos:

Sección 3.ª Formación, investigación y transferencia de resultados en el sistema universitario

Artículo 61. Objetivos en materia universitaria.
Con el fin de contribuir a los objetivos de esta ley, el sistema universitario atenderá a la consecución de los siguientes objetivos:
a) Facilitar, a través de la formación, la adquisición de las cualificaciones demandadas por el sistema productivo y la adaptabilidad ante los cambios económicos y sociales y, en general, la capacidad para afrontar los desafíos a largo plazo.
b) Promover la competitividad e internacionalización de las universidades mediante la modernización de sus infraestructuras y la mejora en la eficiencia en su gestión, con un compromiso reforzado con el Espacio Europeo de Educación Superior y el Espacio Europeo de Investigación.
c) Impulsar la productividad científica, la transferencia de conocimiento, el desarrollo tecnológico y la innovación, en todas las ramas del saber.
Para ello, las universidades atenderán a un esfuerzo de modernización, mejora de la eficiencia y búsqueda de la calidad y de la excelencia académica.

Como suele ser habitual, no se habla de con qué financiación se van a conseguir esos objetivos. No parece sencillo conseguir mejoras sensibles con menos dinero.  La única financiación específica es para los Campus de Excelencia Internacional, pero estos alcanzarán un tercio-un cuarto de las universidades existentes. ¿Significa que las únicas universidades que tendrán que atender a ese esfuerzo de “modernización, mejora de la eficiencia y búsqueda de la calidad y de la excelencia académica” serán las que participen en esos Campus? ¿A las aproximadamente cincuenta universidades que no estarán en esos Campus, qué se les va a pedir?¿Se generan nuevas desigualdades territoriales? ¿Dónde están los centros de investigación de los ministerios en España, del CSIC al INIA?

Lo que hacemos ahora, me recuerda a una de mis historias favoritas que contó Richard Feynman en la inauguración de curso en Caltech en 1974. Feynman hablaba sobre tribus en la Melanesia en los años 1950s y su deseo de mejorar su calidad de vida:

“Durante la guerra [la II Guerra Mundial], habían visto aviones cargados de cosas buenas que aterrizaban en la isla y querían que lo mismo volviera a suceder ahora. Así que se pusieron a despejar zonas  que se parecieran a pistas de aterrizaje, encendieron fuegos a los lados de la pista, hicieron una estructura de madera para que un hombre se sentara allí, con dos medios cocos en las orejas como si fueran los cascos de unos auriculares y dos troncos finos de bambú saliendo de la cabeza como si fueran antenas –él es el controlador- y se quedaron esperando a que los aviones aterrizaran. Lo han hecho todo correctamente. La apariencia es perfecta. Parece exactamente lo que había antes. Pero no funciona. No aterriza ningún avión”

Es una historia trágica y cómica a la vez. Parece que un militar americano llamado John llegó en los 1930s. Después otro yanqui volvió en los los años de la guerra, vestido de blanco, un marino. Para ellos era el mismo John que volvía cargado de sueños que se harían realidad. Según los relatos de los ancianos “les prometió que les traería aviones llenos  y barcos cargados de cosas si le rezaban”. “Radios, botes, relojes, neveras, medicinas, coca-colas y todo tipo de cosas maravillosas.” Pero la guerra pasó y con ella se fueron los aviones.

En los años siguientes, en medio de la Crisis, aquellos grupos tribales echaban de menos el bienestar pasado, el enorme acopio de suministros que hacían los aliados para la guerra de Pacífico y de cuya bonanza se beneficiaban ellos también. Recordaban lo que hacían aquellos hombres de la economía floreciente, a los que les llegaban todos aquellos aviones maravillosos y decidieron imitarlos. Lo siguen haciendo. Cada 15 de febrero, los habitantes de la isla de Tanna danzan en honor de aquel John, izan una vieja bandera americana y desfilan usando cañas de bambú como si fueran rifles con puntas aguzadas manchadas de rojo, como si fueran bayonetas manchadas de sangre. Querían un cambio, querían mejorar, querían salir de la Crisis pero sus medidas eran solo superficiales. ¿Y nosotros? ¿Hacemos un proyecto de país para que los aviones empiecen a llegar o nos ponemos unos tronquitos de bambú en la cabeza?