El director de uno de los campos de refugiados de Haití ha decidido poner junto al buzón de reclamaciones una caja para que  los residentes en el campo escriban cartas a quien deseen. En muchos casos van dirigidas a los directores o a los miembros de las ONGs o a los ciudadanos de los países ricos, a nosotros. Algún periódico lo ha recogido (leo a Deborah Sontag en el New York Times) pero una forma de hacer algo o sentir que hago algo, es compartirlo contigo.

Marjorie Saint Hilaire, después de que sus tres hijos se hayan dormido en la tienda de campaña que comparten escribe junto a una vela: “A todos de los miembros de las organizaciones implicadas, le agradezco lo primero que sientan nuestra dolor“, escribe con un lápiz en un papel lleno de restos de goma de borrar “Me doy cuenta que se han hecho cargo de casi todos nuestros problemas y algunas de nuestras mayores necesidades” Entonces explica que tiene 33 años, que perdió a su marido y su modo de vida en el terremoto del 12 de enero y que ahora se encuentra hambrienta, estresada y tirada en un anexo al campo. No tiene escuela, ni centro de salud, ni mercado ni ningún tipo de actividad. “Por favor, hagan algo” Escribe desde su nueva dirección “tienda j2, bloque 7, sector 3.” En los últimos quince días, miles de haitianos han manifestado de la misma manera, mediante cartas, sus preocupaciones, su desesperación callada, el grito de una población que se siente progresivamente impotente e ignorada.

En estos momentos hay 1.300.000 desplazados en unos 1.300 campos. No tener hogar es la normalidad allí. Dos marchas de protestas han convertido la vivienda, o mejor la carencia de ella, en un tema crucial de la próxima campaña presidencial. La Organización Internacional de Migraciones fue quizá la primera que propuso colocar unos buzones de sugerencias en algunos campos de refugiados.

En algunos casos, las cartas contienen una letanía de miserias, una cadena de desastres y desgracias unidas por comas “Me siento sin ánimos, no duermo, di a luz hace seis meses, mi bebé murió, tengo otros seis hijos, no tienen padre, no tengo trabajo, la lona de mi tienda está rota, la lluvia me aterroriza, mi casa se derrumbó, no tengo dinero para alimentar a mi familia, realmente me encantaría si me pudieran ayudar”, escribe Mary Jean Jean. En otros casos la desesperación está escrita de una manera más formal “Vivir en una tienda de campaña no es favorable ni para mi ni para mis niños. Agradecería enormemente su ayuda para tener un futuro, algo que no está hoy en nuestro horizonte“. Otros incluyen una lista en formato ficha. “Nombre: Paul Wilbert. Campo: Boulos. Necesita: Casa. Petición: 1250 $. Proyecto: Construir una casa. Gracias”

En algunos casos se ve que la verdad ha sido alterada. Ketteline Lebon, que vive en un campamento en una barriada marginal llamada Cité Soleil no sabe leer ni escribir. Dictó su carta a un primo que alteró la historia de Ketteline diciendo que su marido había muerto en el terremoto cuando en realidad había muerto en un accidente de automóvil. “¿Y qué más da?” dice la Sra. Lebon, encogiendo los hombros. “Sigo siendo una viuda en una tienda de campaña con cuatro muchachos que no puedo permitirme mandar a la escuela”

Sandra Felicien dice que escribe cartas casi diariamente porque le hace sentir que está actuando, que está haciendo algo. “Estamos tan impotentes” dice “es como que estuviéramos flotando en las olas de un océano, esperando que nos vengan a salvar” En una de sus cartas escribía “un saco vacío no puede sostenerse en pie, un perro hambriento no puede jugar. Otros campamentos tiene clínicas o escuelas o algo para hacer. ¿Por qué nosotros no? ¿No somos personas también?” El organizador de la campaña dice que no habrá respuestas a esas cartas. Algunas se leen en la radio, pero el objetivo no va más allá de dar un desahogo a la gente. Y sin embargo, hubo cartas hacia Haití también. Una maestra de quinto de primaria de una escuela del norte de Los Ángeles, California Amylynn Robinson, encargó a su clase Fifth-graders at Balboa Magnet Elementary School in California sent letters of hope to Haiti.que escribieran a los niños de esos campos.  Las cartas incluían dibujos de flores, corazones y arcoiris y empezaban simplemente: “Hola Haití, encantado de saludarte”, “Querido colega” “Hola, yo también soy un niño” “Querido amigo, soy tu amigo. Te escribo esta carta para decirte que estoy preocupado por ti.” Los chicos estadounidenses escribían sobre su escuela en el condado de Los Ángeles Norte que fue el epicentro de un terremoto de magnitud 6.7 en 1994. Aunque ellos no lo vivieron, muchos han oído historias de los daños en la zona. Así que quizá podían entender a esos niños que habían sufrido un terremoto de magnitud 7.0 pero que vivían mucho peor que ellos antes y mucho mucho peor después.

Las cartas de los muchachos eran como son las cartas de los muchachos, hablando de sus mejores amigos, de los deportes que los gustaban, de sus hobbies. Algunos incluían poemas y otro un trozo de un cómic “porque como habían perdido todo, no tendrían nada para divertirse”. Los estudiantes californianos también juntaron su dinero y recaudaron 1732 dólares con 33 centavos que donaron a la Cruz Roja en Haití.

Las cartas que enviaron llevaban dentro caramelos y paquetes de semillas para plantar verduras. En los sobres pusieron pegatinas y escribieron cosas como “Love Hati” o “”Para un niño en Haití” A unos miles de kilómetros unos niños que se juntaban junto a los escombros de lo que había sido su escuela recibieron las cartas e hicieron lo que hacen las personas bien educadas: contestar. Hablaron de su vida, de sus casas derrumbadas, de la pérdida de seres queridos, pero también de fútbol, de las películas de Transformers.

Lo que más me impactó es que algunos niños haitianos al responder a los californianos, quisieron ellos también, que solo tienen la ropa que llevan puesta,  mandarles un regalo: Así que a través de un periodista les mandaron coches de juguete que ellos hicieron con cartones de zumos, tapones de botellas como ruedas y el palo de dos chupachups como ejes. También hicieron dibujos de flores, casas y de ellos mismos. También dieron las gracias de muchas maneras:

Stefica Jean Pierre, una muchacha de dieciséis años escribió

Stefica Jean Pierre, 16, wrote her letter in English.

“Gracias por el dinero que mandaste a mi país. Estoy muy contenta por el poema que me enviaste. No sé nada de poesía pero cantaré para ti” Así que la música más hermosa que existe, la voz humana, subió sobre los escombros y la miseria cantando “Estoy tan contenta de tenerte en mi vida” y el periodista lo grabó y se lo mandó a los muchachos de la Balboa Elementary en California.

Después de leer la carta de respuesta, Carla Villanueva, estudiante de quinto de primaria dijo que estaba contenta de que su clase hubiese hecho algo más que solo mandar dinero y que había que “animar a otras personas a que les escriban, porque aunque ayudar es darles comida y cosas, otra cosa que realmente necesitan es cariño y sentirse cuidados.

Así que no sé muy bien como terminar este post. Simplemente como recuerda el maestro Forges en cada viñeta “No te olvides de Haití“.