Una estrategia para luchar contra el calentamiento global ha sido lo que se llama “geoengineering”, que no es el grado en Ingeniería Geológica sino utilizar grandes procesos estructurales, gigantescas obras públicas, a escala planetaria con objeto de contrarrestar el efecto de los gases invernadero en la atmósfera. Me voy a referir a ello como ingeniería planetaria. Algunos de estos procesos incluyen colocar gigantescas pantallas o espejos en órbita para reflejar la luz del sol antes de que llegue a la atmósfera, poniendo el planeta a su sombra, difundir superficies reflectantes en ciudades y edificios o sembrar los océanos con limaduras de hierro para aumentar la producción de fitoplancton, con eso fijar CO2 y por tanto, disminuir los gases atmosféricos que causan el efecto invernadero. Muchas de estas propuestas tienen efectos secundarios peligrosos o solo eliminan parte del problema (la reflexión de la luz solar puede reducir la temperatura pero no evita la acidificación de los océanos por el exceso de CO2).

Ninguna de las ideas en las que está basada la ingeniería planetaria se ha probado. En los edificios se ha visto el ahorro energético de los techos fríos en zonas tropicales y subtropicales (colocar superficies reflectantes o cubiertas vegetales en los tejados) y se están haciendo ensayos a pequeña escala de los efectos de fertilizar el mar con polvo de hierro. Ello no obstante, una de las evidencias de que la ingeniería planetaria podría funcionar son las erupciones volcánicas. La erupción del Monte Pinatubo en las Filipinas en 1991 enfrió la tierra aproximadamente 0,5 ºC. Muchas otras grandes erupciones como la del Krakatoa también enfriaron el planeta en torno a 0,2 ºC. La más importante pero menos conocida tuvo lugar en el monte Toba de Sumatra hace 74.000 años. Se calcula que bajó la temperatura del planeta unos 10 ºC.

Monte Pinatubo expulsó más de 20 millones de toneladas de dióxido de azufre que alcanzó las capas altas de la atmósfera. Se piensa que el frío invierno de Nueva Zelanda en 1992, el enorme daño de huracanes como Andrew e Iniki en el otoño de 1992 y las lluvias torrenciales en el Medio Oeste de Estados unidos estuvieron relacionadas con los efectos atmosféricos de la erupción del Pinatubo. Toba expulsó una cantidad 100 veces mayor de cenizas y gases bloqueando parcialmente la luz del sol y absorbiendo mucho vapor de agua por lo que se generó una grave sequía que duró años.

A los pocos días de la erupción del volcán islandés Eyjafjallajökull, el tráfico aéreo se ha restablecido.  Un estudio reciente calculaba que las estelas de los aviones a reacción causan un aumento de 0.003 ºC al año al formar nubes que atrapan el calor. El CO2 que emiten esos mismos aviones genera un efecto seis veces menor, pero es mucho más persistente, afectando a la atmósfera durante cien años después del vuelo de ese avión.

La actividad volcánica en Islandia parece que sigue un periodo entre 50 y 80 años y ha aumentado la sismicidad (incluyendo el terremoto de magnitud 6.1. que se registro en Reykjavik en mayo de 2008). Así que todo sugiere que estamos entrando en una fase de mayor actividad sísmica, con más erupciones volcánicas y, quizá, más problemas en el tráfico aéreo.

En 1783, otro volcán islandés, con un nombre más sencillo, el Laki estalló. Mató más de la mitad del ganado islandés y generó una hambruna en la que murió un cuarto de la población de la isla. En 1816, la erupción del Monte Tambora generó lo que se llamó en Europa el año sin verano. Byron empieza su poema “Oscuridad” (“Darkness”), escrito ese año, con los versos “Tuve un sueño, que no fue en absoluto un sueño. El sol brillante se extinguió”. Pero no solo no hubo verano, tampoco hubo invierno. La erupción generó la amortiguación del cambio estacional, con veranos más fríos e inviernos más templados. Puede sonar bien, pero no es muy tranquilizador.

El poema completo de Byron

I had a dream, which was not all a dream.
The bright sun was extinguish’d, and the stars
Did wander darkling in the eternal space,
Rayless, and pathless, and the icy earth
Swung blind and blackening in the moonless air;
Morn came and went–and came, and brought no day,
And men forgot their passions in the dread
Of this their desolation; and all hearts
Were chill’d into a selfish prayer for light:
And they did live by watchfires–and the thrones,
The palaces of crowned kings–the huts,
The habitations of all things which dwell,
Were burnt for beacons; cities were consum’d,
And men were gather’d round their blazing homes
To look once more into each other’s face;
Happy were those who dwelt within the eye
Of the volcanos, and their mountain-torch:
A fearful hope was all the world contain’d;
Forests were set on fire–but hour by hour
They fell and faded–and the crackling trunks
Extinguish’d with a crash–and all was black.
The brows of men by the despairing light
Wore an unearthly aspect, as by fits
The flashes fell upon them; some lay down
And hid their eyes and wept; and some did rest
Their chins upon their clenched hands, and smil’d;
And others hurried to and fro, and fed
Their funeral piles with fuel, and look’d up
With mad disquietude on the dull sky,
The pall of a past world; and then again
With curses cast them down upon the dust,
And gnash’d their teeth and howl’d: the wild birds shriek’d
And, terrified, did flutter on the ground,
And flap their useless wings; the wildest brutes
Came tame and tremulous; and vipers crawl’d
And twin’d themselves among the multitude,
Hissing, but stingless–they were slain for food.
And War, which for a moment was no more,
Did glut himself again: a meal was bought
With blood, and each sate sullenly apart
Gorging himself in gloom: no love was left;
All earth was but one thought–and that was death
Immediate and inglorious; and the pang
Of famine fed upon all entrails–men
Died, and their bones were tombless as their flesh;
The meagre by the meagre were devour’d,
Even dogs assail’d their masters, all save one,
And he was faithful to a corse, and kept
The birds and beasts and famish’d men at bay,
Till hunger clung them, or the dropping dead
Lur’d their lank jaws; himself sought out no food,
But with a piteous and perpetual moan,
And a quick desolate cry, licking the hand
Which answer’d not with a caress–he died.
The crowd was famish’d by degrees; but two
Of an enormous city did survive,
And they were enemies: they met beside
The dying embers of an altar-place
Where had been heap’d a mass of holy things
For an unholy usage; they rak’d up,
And shivering scrap’d with their cold skeleton hands
The feeble ashes, and their feeble breath
Blew for a little life, and made a flame
Which was a mockery; then they lifted up
Their eyes as it grew lighter, and beheld
Each other’s aspects–saw, and shriek’d, and died–
Even of their mutual hideousness they died,
Unknowing who he was upon whose brow
Famine had written Fiend. The world was void,
The populous and the powerful was a lump,
Seasonless, herbless, treeless, manless, lifeless–
A lump of death–a chaos of hard clay.
The rivers, lakes and ocean all stood still,
And nothing stirr’d within their silent depths;
Ships sailorless lay rotting on the sea,
And their masts fell down piecemeal: as they dropp’d
They slept on the abyss without a surge–
The waves were dead; the tides were in their grave,
The moon, their mistress, had expir’d before;
The winds were wither’d in the stagnant air,
And the clouds perish’d; Darkness had no need
Of aid from them–She was the Universe.

En español

“Tuve un sueño que no era del todo un sueño.
El brillante sol se apagaba, y los astros
Vagaban apagándose por el espacio eterno,
Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
Oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.
La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
De esta desolación, y todos los corazones
Se congelaron en una plegaria egoísta por luz,
Y vivieron junto a hogueras, y los tronos,
Los palacios de los reyes coronados, las chozas,
Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,
Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
Para verse de nuevo las caras unos a otros.

Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
De los volcanes, y su antorcha montañosa,
Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
Se encendió fuego a los bosques, pero hora tras hora
Fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos
Se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.

Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza
Tenían un aspecto no terreno cuando de pronto
Haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían
Y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
Sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían;
Y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban
Sus pilas funerarias con combustible, y miraban hacia arriba
Suplicando con loca inquietud al sordo cielo,
El sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez
Con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
Y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban
Y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
Y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
Venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
Y se enroscaron escondiéndose entre la multitud,
Siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.
Y la Guerra, que por un momento se había ido,
Se sació otra vez; una comida se compraba
Con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo
Atiborrándose en la penumbra: no quedaba amor.
Toda la tierra era un solo pensamiento y ese era la muerte
Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
Del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres
Morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne;
El magro por el magro fue devorado,
Y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno,
Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
A raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
Hasta que el hambre se apoderó de ellos, o los muertos que caían
Tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
Y un corto grito desolado, lamiendo la mano
Que no respondió con una caricia, murió.

De a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos
De una ciudad enorme sobrevivieron,
Y eran enemigos; se encontraron junto
A las agonizantes brasas de un altar
Donde se había apilado una masa de cosas santas
Para un fin impío; hurgaron,
Y temblando revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
En las débiles cenizas, y sus débiles alientos
Soplaron por un poco de vida, e hicieron una llama
Que era una ridícula; entonces levantaron
Sus ojos al verla palidecer, y observaron
El aspecto del otro, miraron, y gritaron, y murieron.
De puro espanto mutuo murieron,
Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
La hambruna había escrito “Enemigo”. El mundo estaba vacío,
Lo populoso y lo poderoso era una masa,
Sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida;
Una masa de muerte, un caos de dura arcilla.
Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
Y nada se movía en sus silenciosos abismos;
Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
Dormían en el abismo sin un vaivén.
Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
Antes ya había expirado su señora la Luna;
Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
Y las nubes perecieron; la Oscuridad no necesitaba
De su ayuda… Ella era el universo”.