Clark Kerr, que fue el primer rector de la Universidad de California Berkeley, y 12º presidente de todo el sistema Universidad de California, presentó unos datos históricos sobre el devenir de las universidades que han tenido una enorme repercusión. Según Kerr, de las instituciones que existían en el mundo occidental en 1520, el año del primer viaje alrededor del mundo por tres barcos españoles, 85 han llegado con una clara continuidad de estructura, función, incluso de edificios, hasta nuestros días. Entre ellas, la Iglesia católica, el parlamento británico, algunos cantones suizos y unas 70 universidades.

Para algunos, sería una prueba de que las universidades son estructuras estáticas que han permanecido prácticamente sin cambios desde la Edad Media. Pienso que es todo lo contrario, han probado ser instituciones flexibles capaces de adaptarse a los cambios sociales, distintos niveles políticos, situaciones económicas, guerras y cambios de fronteras, demostrando a la sociedad ser instituciones imprescindibles y eficaces. En España, el sistema universitario actual se desarrolló en el tercer cuarto del siglo XX, donde las 10 universidades existentes en la regulación de mediados del XIX se convirtieron en 33 en 1982 y en 70 en el 2004. En 1954 se rompe el privilegio de la Universidad Central, como la única que puede conceder el título de doctor desde la Ley Moyano de 1857, recuperando la Universidad de Salamanca ese derecho, con lo que un modelo con una universidad “central” y otras “de provincias” toca a su fin. La población estudiantil pasó de 150.000 estudiantes en a 1.500.000 en unos pocos años, coincidiendo con el desarrollo económico del país. El acceso a la universidad cambió radicalmente la estructura social de España. Por un lado, se convirtió en una principal estructura de movilidad y ascenso social. La educación se convirtió en una garantía de futuro y en un crisol de ciudadanos y democracia. También llegó la incorporación de la mujer a las carreras universitarias, mayoritaria ya en todas las titulaciones y que supuso, además de una obligación moral y un derecho debido de primer nivel, que este país no perdiera la contribución de la mitad de su población para su desarrollo y su futuro. El último cuarto del siglo XX parte del compromiso constitucional de la autonomía universitaria y de una mejora general de instalaciones, servicios y plantillas pero fue también el de la consolidación de algunos de los problemas que en estos momentos nos afectan: universidades numerosas, donde todas deben investigar (no se separa entre universidades y “colleges” como en Estados Unidos), primacía de compromisos políticos frente a la eficacia de costes, coexistencia de universidades públicas infrafinanciadas y universidades privadas infravigiladas, generándose una situación potencialmente arriesgada. La transferencia de las competencias en educación a las comunidades autónomas supuso la existencia de 17 modelos universitarios. Por un lado, no existe comunidad autónoma, por pequeña que sea, sin universidad o universidades. Algunas autonomías optaron por una única universidad repartida en distintos campus (Castilla-La Mancha, País Vasco, Aragón,..) o por poner una universidad en cada provincia, menos la que tenga dos (Andalucía). Las universidades confesionales católicas que tenían buena imagen (Deusto, Navarra, Pontificia de Salamanca,..) se vieron acompañadas en los últimos años de otras universidades privadas de reciente creación y solvencia más dudosa. En este plazo se produjo también una mejora en la investigación (puesto que los principales estímulos para el desarrollo de la carrera académica y para la consecución de financiación complementaria para las universidades eran en este ámbito) con un peligroso arrinconamiento de la valoración de la actividad docente. Sin embargo, en las dos últimas décadas no ha habido cambios significativos y es posible que no nos hayamos preparado para el gran salto hacia la Universidad del Tercer Milenio.

Vivimos en estos momentos la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior. El vértigo actual de los desarrollos normativos y la implantación de los nuevos planes de estudio adaptados al Espacio Europeo de Educación Superior no debería impedirnos reflexionar sobre la situación del sistema universitario español ni sobre nuestros objetivos a medio y largo plazo. La sensación en muchos universitarios es estar achicando agua con un cubo en la bodega de un gran portaaviones sin saber por donde entra el agua ni hacia donde se dirige el barco. Y, sin embargo, vivimos en un momento trascendente, el 2010, cuando todas las titulaciones tendrán que estar adaptadas al EEES  y donde nos jugamos nuestras posibilidades como país, y nuestros proyectos universitarios para las próximas dos décadas.

Uno de los aspectos clave de demanda por la sociedad, es cuál es la oferta formativa de las universidades, cuál es el mapa de titulaciones. En estos momentos toca a su fín un sistema universitario que es el que conocemos desde hace siglos. Ya no habrá licenciados y diplomados sino serán todos graduados. El máster, el título que compensaba su alto precio con una preparación específica para el mercado laboral, para los puestos directivos, para las actividades con más valor añadido, se extiende al sistema universitario, pero a precios públicos en el sistema público. Universidades clásicas como la de Oxford han tenido ya más alumnos de postgrado que de grado. Tendremos que acostumbrarnos a una mucha mayor flexibilidad, a títulos de máster que se ponen en marcha y que al cabo de unas pocas ediciones, cubierta ya la demanda o el nicho laboral al que iban dirigidos, se modifican o simplemente, se cierran.

El patrón de los grados tendrá probablemente una fase expansiva, donde aparecerán muchas titulaciones con títulos basados en el tirón del nombre más que en la riqueza o pertinencia de sus contenidos. Un ejemplo puede ser nuestro vecino Portugal. Según informaba el rector Fernando Seabra de la Universidad de Coimbra, y presidente de la Conferencia de Rectores de las Universidades Portuguesas, existían en el país 39 titulaciones de grado, con 17 denominaciones diferentes que incluían la palabra “Diseño” en otras 44 títulos, con 20 nombres diferentes, aparecían las palabras “ambiente” o “ambiental”; en 60 carreras de grado, con 29 títulos diferentes aparecía la palabra “informática”. Pero en sus propias palabras “el campeón absoluto en este ránking del disparate es la palabra gestión, que aparece en 87 carreras con 46 denominaciones diferentes”. En total, mientras que en España había en 2007 unas 120 carreras de grado, que un estudiante podía elegir, en Portugal existían ese mismo año 1800 carreras, con 825 designaciones distintas. Es lógico que tras una etapa expansiva, donde primará quizá la mercadotecnia, el intentar conseguir estudiantes como sea, el diferenciarse y aparecer como más modernos, más atractivos, más innovadores, vendrá otra época “darwinista” de selección de lo realmente bien diseñado, bien impartido, bien pensado. De lo que merece la pena.