No hay mayor riqueza que los buenos amigos ni mayor placer que compartir tiempo con ellos. Recientemente, Ana y Antonio me han hecho el regalo de llevarme a conocer el Tejo de Bermiego. Ana forma parte de los Amigos del tejo o texu en su asturiano y pelean por cuidar estos hermosos árboles, rescatar del olvido su historia, que entronca con tantos aspectos de nuestra cultura, y conseguir que la administración cumpla sus propias normativas. El Tejo de Bermiego está al lado de una ermita, en un paraje precioso, con el valle abriéndose a sus pies y las montañas coronadas de nieve cerrando el paisaje. Fue declarado Monumento Natural en 1995 y el perímetro del tronco supera los siete metros.

La única forma que se me ocurría de corresponder a tanta amabilidad es escribir algo sobre los tejos confiando que ellos, que saben tanto, puedan descubrir entre estas líneas algún detalle nuevo. En el post anterior en el que comenté sobre las plantas más antiguas no mencioné que durante mucho tiempo se pensó que el árbol más viejo que existía en Europa era un tejo escocés, el Tejo de Fortingall, al que ahora se le calculan “solo” dos mil años de vida. En 1769 se midió su tronco, que tenía 16 metros de circunferencia. Su aspecto actual es peor porque en el siglo XIX los turistas empezaron a llevarse astillas del tronco como recuerdo. El Sierra Club de Estados Unidos tiene un lema, atribuido al jefe indio Seattle, un mensaje para todo el que visita algún paraje natural: “No te lleves más que tus recuerdos, no dejes más que tus pisadas” Cuando veo que algún imbécil ha grabado sus iniciales en algún árbol espléndido, recuerdo a los mosqueteros mostrando la señal hecha a Milady de Winter con un hierro al rojo y echo de menos al bueno de D’Artagnan vengando algunos árboles.

El tejo decía antes, es parte de nuestra Historia. Julio César cuenta que Catuvolcus, jefe de los Eburones se envenenó con tejo antes que rendirse a Roma. Los arcos de tejo han sido claves en grandes batallas y fueron un elemento clave del comercio y la industria militar durante bastantes siglos. Se dice que la superioridad de los largos arcos de tejo cambió el curso de muchas batallas en la historia de Europa. Pero no eran un hallazgo reciente. Ötzi, el hombre herido que fue encontrado en un glaciar de los Alpes tras pasar 5.300 años en el hielo, llevaba un arco de tejo.

En Biología el tejo es también interesante por el taxol. Es un principio activo presente en la corteza del árbol (el género en latín es Taxus, de ahí el nombre) que bloquea la multiplicación de las células. En los años 80 se empezó a usar como anticancerígeno. Se había comprobado que conseguía reducir los tumores de ovario en la mitad de las mujeres afectadas. Sin embargo, para tratar a un paciente era necesario sacrificar unos cien árboles y hacían falta unos 10.000 para conseguir un kilogramo de taxol. Cuando se vio que también era eficaz contra el cáncer de mama fue evidente que no habría tejos suficientes en el mundo para las necesidades de los tratamientos. En 1991, tras muchos años de fracasos se consiguió sintetizar el taxol en el laboratorio, pero los resultados no fueron buenos. En el 2000 se consiguió obtener taxol a partir del avellano pero la demanda sobre el tejo seguía siendo muy fuerte. Finalmente se consiguió una solución: en la actualidad, las células vegetales de tejo se cultivan en un biorreactor, se multiplican en cantidades ingentes y de ahí se obtiene el taxol. Con ello, no solo disponemos de medicamentos suficientes para tratar a todos los pacientes que lo necesiten sino que evitamos llevar a los tejos a una casi segura extinción.

En una tradición asturiana, el Día de Todos los Santos se dejaba una rama de tejo en la tumba de los que habían muerto recientemente para que supieran encontrar el camino. Al ser el tejo también un lugar de reunión, de concejo, es posible que la ruta marcada, en esta vida o en la otra, era también un reencuentro. Estaban, ellos también, mostrando el camino de la amistad. Gracias, Ana. Gracias, Antonio.