La Dra. Karla van Meter ha estudiado los registros de 2.453.717 niños nacidos en California entre los años 1996 y 2000. De ellos, unos 9.900 fueron posteriormente diagnosticados con autismo. Se localizaron en un mapa los lugares de residencia de las madres en el momento del nacimiento y se buscaron “tendencias”, factores en común en las familias donde nació un niño afectado. Van Meter y su grupo de colaboradores ha publicado en la revista Autism Research los resultados de este estudio con un resultado sorprendente: la prevalencia de autismo se incrementa con el nivel de educación de los padres, de una forma gradual desde los que no habían terminado la secundaria hasta los que habían conseguido un título universitario, donde la frecuencia llega a ser cuatro veces mayor. Resulta asombroso e inquietante, pues el análisis parece sugerir que la educación es un factor de riesgo para el autismo. Van Meter es cauta a la hora de interpretar los resultados y señala que ambos factores muestran una correlación pero que eso no implica una relación causa-efecto.

Llevamos tiempo buscando un contaminante, un factor ambiental que dispare el autismo en un embarazo donde exista una propensión genética. Todavía no se ha encontrado. Es importante lo que este estudio de localización geográfica no encuentra: no hay relación con fábricas o zonas especialmente contaminadas, o con sistemas de distribución de agua, o con vertederos o plantas depuradoras.

En relación con el paralelismo con una formación extensa, una primera idea es que a lo largo de la enseñanza superior, los padres o con más probabilidad, las madres estuvieran expuestas a alguna sustancia química o contaminante. Es cierto que en muchas carreras estamos en contacto con tóxicos y que debemos esforzarnos con un manejo apropiado y por observar las medidas de seguridad aconsejadas, pero no encaja. No se ven patrones lógicos (tendría que ser mayor el riesgo en los hijos de químicos que en los hijos de abogados o filólogos y nunca se ha señalado algo así). Mi apuesta es que  la respuesta puede estar en un mayor nivel de concienciación sobre la discapacidad, sobre el autismo. El Dr. Peter Gerhardt, presidente del consejo científico de la Organización de Investigación sobre el Autismo piensa que “al menos en parte, cuanto mejor educación tienes, estás más preparado parea reconocer los síntomas del autismo y moverte para conseguir un diagnóstico apropiado”.

La comparación con otros estudios recientes, parece indicar que ésta es la razón y que la educación es realmente un factor positivo. Varios estudios en Estados Unidos (Yeargin-Allsopp et al., 2003, Bhasin y Schendel, 2007) y Gran Bretaña (Baird et al., 2006) indican esta correlación entre educación de los padres y prevalencia de autismo. Sin embargo, un estudio en Dinamarca (Larsson et al., 2005), no lo encuentra. La diferencia es que en Dinamarca todos los niños de tres años son cribados para ver si tienen rasgos autistas. En Estados Unidos, Reino Unido y España el diagnóstico se suele iniciar con una preocupación de los padres que llevan a su hijo a un especialista en busca de una respuesta y muchas veces requiere esfuerzo, iniciativa, constancia y saber “navegar” el sistema sanitario y asistencial. Por tanto, muchos niños quedan sin diagnosticar en Estados Unidos y Gran Bretaña (y presumiblemente en España) especialmente en familias con menor nivel cultural-educativo. Estos niños no se benefician de la atención médica, ni de las asistencias sociales, ni del apoyo educativo temprano cuyos efectos son tan claramente beneficiosos para el desarrollo del niño afectado.

Leer más:

  • Van Meter et al. (2010) Geographic distribution of autism in California: a retrospective birth cohort analysis. Autism Research en prensa.