Regreso recientemente de un viaje a Bolivia, donde he tenido la oportunidad de realizar actividades de cooperación y encontrarme y reencontrarme con rectores, profesores, estudiantes y, sobre todo, con amigos.

La universidad boliviana, como en muchos otros países de América Latina, se encuentra en un momento interesante de su historia. Se generan programas de acreditación que atienden a la calidad de la formación, de la plantilla, de las instalaciones. Se consolidan las carreras tradicionales, pero se buscan nuevos desarrollos, nuevas competencias, atender nuevas demandas de la sociedad. Hay un fuerte interés por los postgrados, por la formación especializada, por la inserción prelaboral, por la capacitación de sus profesores y profesionales. Se inicia tímidamente un fomento de la investigación, con la construcción de edificios y centros, creación de servicios y laboratorios, compra de equipos, financiación propia y establecimiento de convocatorias competitivas. La universidad se inserta aún más en la sociedad, convirtiéndose en un centro irradiador de cultura, asistencia, apoyo a las industrias locales y lugar de discusión y diálogo social. La universidad también se internacionaliza, se firman convenios con universidades europeas, norteamericanas y asiáticas y se impulsan los intercambios de docentes y estudiantes. De hecho, aumenta el número de estudiantes que hacen parte de su formación en el extranjero y, por primera vez, se convierten en centros receptores de estudiantes internacionales a los que se ofrecen posibilidades y realidades distintas a las de sus universidades de origen (riqueza cultural, herencia indígena, economía en desarrollo, complejidad política, y también carencias en educación, sanidad o infraestructuras) Los españoles, que nos consideramos hospitalarios, nos asombramos de la calidez y generosidad con que somos recibidos. También en la hospitalidad como en el fútbol, hay clases y ellos están en primera división. Probablemente una estancia en una universidad boliviana es para un estudiante europeo una oportunidad única, una experiencia que marcará su vida, en lo profesional, pero sobre todo en lo personal, en los aspectos humanos.

Junto a estos aspectos indudablemente positivos, hay también motivos de preocupación. Para un profesor universitario español, el aspecto más llamativo es el “Cogobierno”. La representación estudiantil, fuertemente politizada, tiene un 50% del peso electoral en todos los órganos de gobierno y debate, consejos de gobierno, juntas de facultad, desde hace varias décadas.  Es lógico que la representación  estudiantil abogue por cuotas de poder y es loable que los destinatarios de la formación universitaria participen en las discusiones y en la toma de decisiones sobre la vida académica y universitaria, pero la realidad para un visitante foráneo es clara, el cogobierno no funciona, es imposible tomar decisiones incómodas pero necesarias y la presión estudiantil bloquea muchas de las reformas imprescindibles e incluso el cumplimiento de algunas leyes.

Otro aspecto llamativo es el “raquitismo” de la estructura de gobierno. Solamente un vicerrector en las universidades que he visitado. Además, el vicerrector se presenta con su candidatura propia para este puesto, por lo que la sintonía con el rector no está garantizada. Las universidades españolas tienen un número variable de vicerrectores en función de su tamaño y estatutos (8 en la Universidad de Salamanca, 9 en la Universidad de Sevilla, 13 en la Universidad Complutense de Madrid, 14 en la Universidad de Castilla La Mancha) pero normalmente la carga que soporta cada vicerrectorado es muy alta y su ámbito de actuación es mucho más especializado. Un único vicerrector tan solo puede suplir las ausencias del rector y colaborar en algunas tareas puntuales, no es realmente un equipo de gobierno.

Por último, el gobierno de Evo Morales está impulsando desde el año pasado la creación de “universidades indígenas”. Según el diario La Prensa, el proceso iniciado con la creación de universidades indígenas en tres localidades “pretende descolonizar el país ideológica y culturalmente”. Las tendencias en muchas universidades europeas van hacia la impartición de clases en inglés para hacer a sus estudiantes más competitivos en un mundo cada vez más globalizado. No sentimos que ello vaya en detrimento de nuestras culturas propias. Las universidades indígenas utilizan la lengua autóctona (guaraní, quéchua y ayamara) y se basan en los conocimientos ancestrales sobre medicina, construcción, tradición oral,.. Se han dado experiencias comparables en Ecuador, Colombia y Méjico. Es evidente que la creación de las universidades indígenas es parte de una actuación política hacia la población campesina, tradicionalmente muy infrarrepresentada en la educación superior y en las profesiones liberales, pero creo que no es un camino acertado. Fue criticado por el Comité Ejecutivo de la Universidad Boliviana (CEUB) como contrario a la autonomía universitaria y a las propias leyes de educación. Sigue la línea de las “universidades populares” de Cuba y las “universidades del poder popular” de Venezuela. En España también hemos tenido “universidades laborales” y hay “universidades populares” de ayuntamientos y asociaciones, pero estas instituciones no están pensadas para impartir licenciaturas, maestrías y doctorados, como aquellas. Es positivo pretender aumentar la proporción de universitarios, de personas formadas pero no es buena idea hacerlo eliminando los estándares de calidad y cuando eso es imposible ante la negativa de las universidades tradicionales, creando un sistema paralelo que proporcione unos títulos devaluados. El gobierno venezolano suprimió por ley el sistema de acceso a la universidad pero no ha funcionado y las universidades siguen estableciendo sistemas de filtro. Junto a la defensa, protección y potenciación de las culturas indígenas, cosa que se puede hacer sin la creación de universidades ad hoc, habría que apoyar decididamente mediante becas a las personas con méritos y sin recursos. Esta actuación tiene que empezar tempranamente porque un problema es que los centros privados, inaccesibles para familias con poco recursos, son los que mejor preparan a los estudiantes para el acceso a la universidad y copan las carreras más demandadas. También hay que atender a que esa persona tenga el respaldo de su familia para estudiar. Eso no es fácil en un un sistema de producción agrícola básica donde dos brazos son un refuerzo para la economía de la familia.

En muchos aspectos, la situación de la universidad boliviana no es muy diferente de la situación de la universidad española en el inicio del período democrático, mismas dificultades y mismas ilusiones. En España, el número de universitarios se multiplicó por 10, pero no se hizo  a costa de la calidad sino consiguiendo incluso mejorar en muchos parámetros objetivos. Ojalá podamos ayudarles a aprender de nuestros errores, a aprovechar nuestras experiencias en su toma de decisiones y a dar pasos hacia adelante sin necesidad de que trascurran las décadas que nosotros hemos necesitado. Merecen todo nuestro apoyo, toda nuestra generosidad, poner en valor nuestra capacidad, preparación y sensibilidad como universitarios. Ellos, realmente, merecen mucho la pena.