Una película reciente, con malas críticas de prensa y público, lleva por título 2012. Dirigida por Roland Emmerich y distribuida por Columbia Pictures, en el reparto destacan John Cusack, Amanda Peet y Chiwetel Ejiofor. La película realizada con un presupuesto de 200 millones de dólares había recaudado a 31 de enero de 2010, 768 millones, un 21% en los Estados Unidos y el resto en los mercados foráneos. El tema, recurrente en muchas películas norteamericanas, quizá relacionado con la tradición del país en predicadores apocalípticos, es que el fin del mundo está próximo.

Como es habitual en tantas películas, mezcla apariencias científicas, con disparates evidentes. Menciona las tormentas solares pero indica que los neutrinos inician reacciones que elevarán la temperatura del núcleo de la Tierra o relaciona el calendario maya con un supuesto suicidio masivo en Tikal, Guatemala. Parece que el problema es el solsticio de invierno en diciembre, por lo que solo habría que irse al Hemisferio Sur, donde el solsticio de invierno tiene lugar en junio. Tectónica de placas descontroladas, tsunamis que anegan Asia y megaterremotos conspiran para convertir las andanzas de los protagonistas en una montaña rusa geológica. Hay un mensaje procapitalista ya que los multimillonarios pueden salvarse pagando 1.000 millones de euros por asiento en las naves/arcas que pondrán a salvo a una representación de la Humanidad y a los que no tenemos el dinero que nos haría falta, ¡como tantas veces!, se nos da la opción de participar en la lotería, algo que también conocemos bien. Entre las cosas divertidas está imaginar a los gobiernos de la tierra conspirando para construir gigantescas naves/arcas en la cima del Himalaya sin que nadie se entere y que el presidente de los Estados Unidos es negro (Danny Glover), algo difícil de pronosticar en 2008, cuando la película se empezó a filmar pero que ya ha sucedido en otras ficciones (Impacto profundo o la serie 24 horas). Menos gracioso es que el único continente que se salva es África, lo que parece casi un sarcasmo en su situación actual.

La empresa productora ha sembrado Internet de páginas web pretendiendo crear una preocupación social, que no existe, y un debate científico, que es risible. En realidad, lo que pretende es que más gente vaya a ver su película y mejore su ya jugosa cuenta de resultados. Al final del trailer, se lanzaba un mensaje al público para que “averigüen la verdad” buscando 2012. Nos señalan las miguitas de pan, pero son ellos los que las han puesto para conducirnos … a la taquilla. También han creado una página web de la entidad ficticia “Institute for Human Continuity” o “Instituto para la Continuidad Humana”, donde en estos momentos aparece el ganador de la lotería para salvar el pellejo, un tal Michael S. Mala suerte para usted y para mí, en caso de que no sea usted Michael. Sembrar Internet de información falsa, rodearla de un envoltorio con una apariencia similar a las instituciones investigadoras o a los datos científicos, todo ello con objeto de ganar dinero no es nuevo, pero cada vez alcanza cotas más novedosas de impunidad y descaro.

Esta película, como muchas otras, sí incide en algunas pulsiones humanas, el miedo a la muerte y el deseo de conocer el futuro. Ya no en la bola de cristal de una pitonisa sino en la pantalla plana de un cine. No en privado sino para grandes multitudes. Periódicamente nos sentimos en el final de los tiempos. De la crisis del año 1000 a Nostradamus al famoso efecto 2000 donde todos nos quedaríamos atrapados en los ascensores durante décadas. Ahora le ha tocado al calendario maya.

El calendario maya está basado en múltiples ciclos temporales, como todos los calendarios. Al igual que nosotros hacemos con el calendario escolar, el de la liga de fútbol o el currículum educativo, los mayas desarrollaron distintos calendarios con distintos propósitos. El Tzolk’in se usaba para los cultivos agrícolas y el Haab seguía los ciclos del sol, y aparecían distintos períodos normalmente en un sistema de base 20 (nuestro sistema de base diez tiene décadas, siglos y milenios). Uno de los más largos es el baktun, un período de 144.000 días, un poco más de 394 años. El 21 de diciembre de 2012, termina baktun 13, pero al igual que el calendario de mi mesa termina el 31 de diciembre de 2010, no espero que eso signifique el final del mundo, sino que en el calendario maya, el 22 de diciembre de 2012 empezará baktun 14 y el 1 de enero, en el nuestro empezará 2011.

Pero estos desastres siempre son beneficiosos para algunos: al menos cinco libros han sido publicados sobre los posibles desastres de 2012. Uno de ellos es por un tal José Argüelles, que se define en la solapa de uno de sus libros como “artista, poeta e historiador visionario”. Argüelles, que tiene un doctorado de la Universidad de Chicago en historia del Arte, une el periodo baktun 13 con un rayo que actúa como un filamento invisible de la vida galáctica que una la gente, el planeta, el sol y el centro de la galaxia y que enfatiza “el principio de la resonancia armónica”. Los planetas serían “giróscopos armónicos en órbita” que juegan un papel en la coordinación de todos los seres con ADN. ¿Un iluminado? No tanto. En 1987 Argüelles predijo que la noche del 16-17 de agosto de ese año se produciría una “convergencia armónica” maya y galáctica. Algunos miles se reunieron en los lugares designados como “puntos de acupuntura” del planeta para crear una “batería colectiva bio-electromagnética sincronizada y unificada”. Como decía el personaje de una tira cómica, no sabemos si se juntaron para la hermandad entre seres terrestres y extraterrestres o para preparar el fin del mundo, pero parece probable que hubiera una feria de artesanías. Parece que 20 años más tarde, hay quien sigue viviendo de esta palabrería New Age.

Hay también ideas más disparatadas, y por lo tanto más divertidas. Voy a proponer la mía: el Apocalipsis de 2012 es una estrategia de los gobiernos (ponga aquí Usted el nombre del político que desee) para salir de la crisis. Existe una evidente retracción en el consumo. Si pensamos que nuestros euros o dólares, duramente conseguidos y difícilmente ahorrados, no van a valer nada dentro de poco más de dos años, es posible que decidamos pulirlos cuando todavía valen algo y aumentemos el gasto en todo tipo de bienes superfluos, desde coches descapotables (para el solsticio de verano) a vinos añejos (baktun 12 es demasiado añejo). Veo menos probable que esta estrategia reactive el sector de la construcción porque nadie querrá gastarse el dinero en ladrillos que van a ser aplastados por un asteroide o un planeta pero las preocupaciones “pequeñas” (paro, terrorismo, inseguridad, …) desaparecen ante una preocupación “grande” (fin del mundo) y ésta también da poco que pensar si está fuera de nuestras posibilidad el enmendarla (ni siquiera podemos echar la culpa al gobierno de que, como temía Astérix, se nos caiga el cielo encima). ¿A quién le va a importar la jubilación o los riesgos en el sistema de pensiones si el planeta Nibiru nos va, supuestamente, a golpear en dos años? Tengo una “prueba científica” para demostrar que 2012 es un año con mal karma, con muy malos augurios: ese año se cumple el centenario de una las tragedias más conocidas, más cinematográficas, más simbólicas de la Era Moderna, el hundimiento del barco más famoso de la historia, el RMS Titanic, en 1912. Y luego se meten con el pobre número 13.