Los temas híbridos como el enunciado de este post, suelen ser al mismo tiempo atractivos e incómodos. Todos queremos salir de los límites estrictos de nuestra disciplina, asumimos que este hibridaje puede ser creativo y fructífero pero nos sentimos en terreno poco sólido, en hielo fino, cuando hablamos con gente que utiliza otra jerga y cuyas referencias no son las nuestras.

Los científicos asumimos que nosotros trabajamos con datos y los colegas de las Humanidades, pensamos, dan más peso relativo a las opiniones, lo que no deja de ser algo sesgado y, probablemente, falso. Pensamos que nuestro mundo es objetivo y el suyo subjetivo, pero ninguna de las dos visiones es cierta, nuestra objetividad es presumible y está marcada por las trayectorias personal y colectiva. Su subjetividad se  consolida con el contraste, la experiencia, la razón y se va objetivando, al menos para la mayoría inteligente.

Un punto clave sobre la naturaleza humana es la consideración del hombre como especie biológica y qué nos acerca y qué nos separa de las demás especies animales. Igualmente, es interesante la descripción de rasgos “superiores”, “morales”, “humanos” en otras especies más o menos próximas a nosotros. David Hume hablaba de la existencia de “sentimientos morales”, de la tendencia a ayudar a otros, a evitar herir a otros, a corresponder a la amabilidad y al cariño. Los principios morales (si algo así existe) de nuestra especie, este mamífero primate con pelo muy fino,  han sido motivo de discusión entre científicos y humanistas desde los tiempos de Darwin. El propio Darwin, sin embargo, lo incorporaba con naturalidad en sus teorías. Consideraba que existía una similitud entre nuestras emociones y las de los demás primates. No era algo característico de nuestra especie sino una prueba más de la continuidad filogenética, de la hermandad entre todos los seres vivos.

He trabajado con animales toda mi vida, con peces, ratones y ratas, sobre todo, pero también con macacos. Existe un latigazo especial en la columna vertebral cuando te miras en los ojos de un mono y también cuando observas sus manos. Somos nosotros y no somos nosotros.

Frans de Waal, un primatólogo holandés que ahora trabaja en Estados Unidos, ha mostrado videos que demuestran que cuando se enseña un video de un chimpancé bostezando a otro chimpancé, este también lo hace. Lo ha llamado “contagio motor”. Los ratones muestran “contagio emocional” y responden, asustados o agresivos, al dolor aplicado a otros ratones. Después de una pelea, los chimpancés se besan y se abrazan, hacen lo que a nuestros ojos es claramente una reconciliación. Cuando dos chimpancés no consiguen reconciliarse por su cuenta se ha visto a una hembra vieja acercar el uno al otro, aproximarlos buscando el contacto físico, hasta que lo consigue. Se supone que estos mecanismos son formas en las que un animal puede compartir la experiencia de otro, y también ponerse en su lugar. Es tan sencillo, tan complejo y tan hermoso, pensar en un chimpancé intentando mediar, calmar, reencontrar. A veces, nosotros no somos capaces de hacerlo.

Los monos también muestran un comportamiento “prosocial”: Un experimento consistía en dar a elegir al animal entre un objeto que tenía una recompensa para él y otro mono o uno que solo tenía la recompensa para él. El mono prefería de una manera estadísticamente significativa que el premio fuera para los dos, especialmente si tenían algún parentesco entre sí. La conclusión del investigador fue que “los monos se preocupan por los demás”. No sé si se preocupan, pero muestran saber que existe un “otro” y que sus deseos, sus emociones, incluso sus sentimientos, son parecidos a los suyos. La famosa regla dorada.

Mi experimento favorito de De Waal es uno del que he leído no hace mucho tiempo. Se entrenaba a monos capuchinos a realizar un test sencillo cuya recompensa era un trocito de comida: un pedazo de pepino. Ocasionalmente se podía incluir algo más dulce y atractivo, una uva. Se ponía a dos monos juntos a hacer el mismo experimento. Si los dos monos eran premiados con pepino, les gustaba hacer el test y lo repetían siempre que se les proponía. Son como nosotros, les gusta la novedad, la competencia, los retos. Pero si uno de los dos monos empezaba a recibir uvas como recompensa y el otro seguía con los pepinos, el que recibía pepino tiraba el trozo de comida (de hecho se lo tiraba al experimentador) y finalmente se iba a una esquina de la jaula y se negaba a hacer más tests. Así que los monos también quieren un juego limpio, las mismas reglas de juego, justicia y equidad, ser tratados con igualdad. Así que algunas virtudes como el compañerismo, la empatía, la búsqueda de la ecuanimidad, la preocupación por el débil, no son exclusivas de los humanos sino algo presente en nuestros genes, desde antes de que nos separásemos de otras especies de primates. Algo que surge de lo más profundo de nosotros mismos y nos ayuda a ser una tribu un poco mejor. No está mal. No está nada mal.