Las universidades son entidades al mismo tiempo, globales y locales. Su estructura, fines y proyección son claramente internacionales y participan sin excepción en redes transcontinentales pero al mismo tiempo tienen fuertes y profundas raíces en las sociedades que las acogen, en las ciudades universitarias, en el territorio de sus distritos, en sus comunidades autónomas. Estas instituciones de enseñanza superior han demostrado ser un factor clave para el desarrollo económico, social, político  y, sobre todo, humano de la sociedad española. El fortalecimiento democrático en la transición, el desarrollo económico que nos llevó junto a las economías avanzadas del planeta y el proceso de integración de España en la Unión Europea no habrían sido posibles  si nuestro país no hubiera consolidado una población educada y bien formada que había pasado en pocas décadas de 150.000 estudiantes universitarios a más de 1.500.000 al año. Gracias a la universidad, la sociedad española se convirtió en una sociedad educada, europea, inclusiva y democrática. Y no debemos olvidarlo.

Las dos funciones clásicas de la universidad, educación superior e investigación, han sido recientemente ampliadas con una tercera, la transferencia del conocimiento. El motivo es el convencimiento profundo en los países desarrollados de que el mantenimiento y mejora de su competitividad, de la actividad con alto valor añadido, de su calidad de vida, depende de que las universidades impulsen la creación de empresas de base tecnológica, la producción y puesta en valor de patentes y modelos, el apoyo  con metodologías e ideas para el desarrollo de nuevos productos por el sector manufacturero y de nuevos y mejores campos de actividad en el sector servicios. Estas actividades van destinadas a la creación y robustecimiento de tejido empresarial y económico y son claves en un mundo donde los mercados son globales y no podemos ni queremos competir en el coste de la mano de obra frente a los países en desarrollo.

Para desarrollar estos tres campos de actuación, las universidades públicas reciben una financiación mixta, con cuatro grandes partidas: transferencias de las comunidades autónomas, ingresos de matrículas y tasas, ingresos procedentes de colaboraciones con empresas e instituciones (de forma especial en investigación pero no solamente) y finalmente actividades de patrocinio y mecenazgo. Las universidades del mundo se gobiernan mediante el principio de autonomía, consagrado también en nuestra Constitución, pero es importante rendir cuentas a la sociedad del uso de esos recursos, de nuestra situación actual, nuestros proyectos de futuro, todo ello en el marco del compromiso por el servicio público y el apoyo al desarrollo y el progreso de nuestra sociedad.

En el ámbito de la docencia superior, la universidad da respuesta, de forma general, a la demanda de la sociedad en materia de grados, las anteriores licenciaturas y diplomaturas. La oferta de títulos cada vez es más amplia y al no estar limitadas a un catálogo, cada vez serán más diversos y flexibles. Los másteres, que estaban en el mundo de la empresa privada, tienen ahora su principal desarrollo en el ámbito universitario, con precios públicos en las universidades públicas. También se impulsan los doctorados, la herramienta clave para la formación de personal investigador de calidad. Los resultados de esta labor educativa son evidentes. Los datos demuestran que una persona con titulación universitaria recibe mayores ingresos a lo largo de toda la vida que otra que abandona sin terminar sus estudios de grado. Por lo tanto, además de lo que supone de formación integral de personas y ciudadanos, en mi opinión lo más importante, la inversión en formación universitaria representa un claro beneficio personal y social, ya que mayores sueldos significan también mayores impuestos.

El principal agente investigador de España son las universidades, con aproximadamente dos tercios de la producción científica. El mundo de la investigación está cambiando, de forma especial en su impacto en la sociedad. Las empresas están pasando de un sistema en el que hacían su I+D en sus propios laboratorios, de una forma secretista, a  un sistema abierto con amplias colaboraciones, tanto con otras empresas con las que se puedan establecer sinergias como con organismos públicos de investigación. Las grandes multinacionales están deslocalizando su investigación y acercándola a las universidades de cualquier parte del mundo. Los investigadores universitarios están integrados en redes internacionales, están al día de los últimos desarrollos en su campo, se renuevan constantemente con el contacto con las mentes más despiertas, trabajadoras e inteligentes de cada generación y han demostrado ser más flexibles, más innovadores, y más productivos que los propios laboratorios de investigación de las empresas. De hecho, grandes empresas tecnológicas como Intel decidieron desmontar sus laboratorios propios e incrementar la colaboración con los laboratorios universitarios. Es también un camino en marcha e incompleto pero los avances son claros y contundentes.

En una sociedad basada en el conocimiento, aunque el sector industrial puede proporcionar una respuesta potente y rápida, es evidente que cada vez se pueden sintetizar más productos con menos personal, mientras que el sector servicios es el principal generador de empleo. Es evidente que algunos de estos servicios requieren personal no cualificado pero en muchos otros se requieren las habilidades y capacidades individuales que las universidades son capaces de desarrollar, cultivar e implementar. Y lo podemos hacer aún mejor en el futuro.

En resumen, las universidades públicas reciben una financiación importante de los gobiernos pero es quizá el único servicio público que no dispone de una financiación mínima suficiente en cada presupuesto anual, tanto del estado como de las comunidades autónomas. En muchos, casos ni siquiera es suficiente para pagar las nóminas de los empleados por lo que es necesario buscar financiación complementaria. Por supuesto, nada de eso sucede en otros ámbitos de lo público como la sanidad, la justicia o la seguridad. En segundo lugar, todos los docentes universitarios son continuamente evaluados en su actividad, tanto en la docente como en la investigadora, y la repercusión de estas evaluaciones cada vez es mayor. Tercero, las universidades participan en todo tipo de convocatorias competitivas para conseguir nuevos proyectos y trabajan frecuentemente con contratos programa donde la financiación va ligada a objetivos de mejora específicos. En los últimos tiempos ha habido mensajes preocupantes de algunas Comunidades Autónomas sobre la dificultad para atender los compromisos asumidos por su parte. Además de todo esto, las universidades están comprometidas con la rendición de cuentas a la sociedad, a través de los Consejos Sociales, de la presencia en medios de comunicación, de la presentación pública en claustros y páginas web de los resultados de su actividad anual, de la publicación de estadísticas e indicadores y un largo etcétera. Una mejor universidad implica una sociedad más democrática, más desarrollada, más incluyente, más justa, mejor.