Hace 100 años la mejor ciencia mundial estaba en Europa. El país con más premios Nóbel en ciencias hasta 1939 es Alemania (34). El segundo, Gran Bretaña (23). El tercero, Francia (15). Estados Unidos, ya un país fuerte por sus recursos y potencial, tenía un total de 12 premiados. La prensa española, calentando motores y conciencias camino de las derrotas de 1898, tildaba a Estados Unidos de «país de tenderos». En su cegato chovinismo, no les faltaba un punto de razón. Estados Unidos, que había incluido cien años antes en su Declaración de Independencia el derecho inalienable de toda persona a la búsqueda de la felicidad, había apostado por una sociedad de consumo donde los nuevos adelantos se llevaban con rapidez al mercado, de las manos de los inventores, a las de los industriales y mediante los «tenderos» a las del ciudadano norteamericano. Tres grandes industrias, que nacen a comienzos del siglo XX y van a cambiar el mundo, son ejemplos claros de los sistemas de creación y transferencia de conocimiento en esa época, así como de las diferencias entre Europa y Estados Unidos: telecomunicaciones, aviación y electricidad y electrónica.

El belga Charles Bourseul y el italiano Antonio Meucci parecen ser los verdaderos inventores del teléfono, pero es el americano Alexander Graham Bell,  quien conocía esos trabajos previos y llega a recoger material y prototipos de Meucci –éste carecía  de diez dólares para renovar la patente obtenida–, el que desarrolla, patenta y produce el primer teléfono comercial.

Los primeros diseños de aparatos voladores son del italiano Leonardo da Vinci, el francés Clément Ader y el alemán Otto Lilienthal, pero nuevamente, quienes basados en esas experiencias europeas previas construyen un primer prototipo operativo, lo patentan y consiguen que en pocos años pase a ser una realidad comercial son los hermanos Wright, pioneros de la industria aeronáutica y, por extensión, de la aeroespacial.

Es evidente que el conocimiento de la electricidad se debe a europeos como el italiano Alessandro Volta, el inglés Michael Faraday, el francés André-Marie Ampère y el alemán George Ohm, pero otra vez quien lo pone en valor, ya sea para iluminar las ciudades, para proyectar películas, para generar una red de distribución eléctrica o para aplicar la pena capital es Thomas Alva Edison. Edison une a su talento, una clara visión comercial y un comportamiento feroz con competidores e incluso con colaboradores que le permite desarrollar un imperio económico. Su empresa, General Electric, es en la actualidad la segunda compañía más grande del mundo.

Por tanto, Estados Unidos puso en marcha un sistema de desarrollo de aplicaciones tecnológicas, producción en masa y rápido acceso al mercado que generó lo que ahora llamamos una cultura de emprendedores y fundó las bases para que en el siglo XX se convirtiera en la primera potencia mundial. Las bases: sistemas rápidos de patente y generación de prototipos, eficacia y disponibilidad de capital-riesgo, producción en cadena y grandes conglomerados industriales al servicio de un sistema de mercado muy abierto y competitivo. Europa tuvo menos éxito en la conversión de los nuevos conocimientos en nuevas aplicaciones y nuevas industrias.

Las universidades americanas eran en la primera mitad del siglo XX comparables a las europeas. Instituciones elitistas, que acogen a menos del 5% de la población y que ofertan formación para profesiones (Medicina, Derecho,…) y donde además se imparten programas de artes liberales, destinados a formar ciudadanos con una educación generalista y flexible. Ni Bell, ni Edison, ni los Wright eran universitarios; su investigación no se hizo en las universidades y aunque sus desarrollos comerciales y tecnológicos posteriores fueron llevados a cabo por personas formadas en los sistemas universitarios, las instituciones de enseñanza superior en la primera mitad del siglo XX son ajenas a esos cambios de paradigmas, a la creación de una nueva economía y una nueva sociedad. Las universidades hacen ciencia básica y el desarrollo de esos conceptos se produce en talleres y empresas.

Las guerras generan un nuevo reparto del poder y la situación al final de la Segunda Guerra Mundial cambia el mapa de la investigación, la universidad y la ciencia. Los presidentes Franklin D. Roosevelt y  Harry S Truman, influidos en especial por el consejero científico Vannevar Bush, el primero de una presidencia, se enfrentan a dos situaciones: el riesgo de una crisis económica y de empleo con la vuelta a casa de las tropas desplegadas en los frentes y la necesidad de mantener la supremacía alcanzada por medios militares. En el primer tema, la desmovilización de los cientos de miles de jóvenes norteamericanos que se encuentran luchando en Europa y en el Pacífico hace temer que Estados Unidos pueda recaer, quince años después, en la Gran Depresión. Tienen fábricas por valor de 26.000 millones de dólares que no existían antes de la Guerra pero que construyen tanques o aviones. El cierre provocará nuevos cientos de miles de parados, muchos de ellos mujeres que han accedido por primera vez a un empleo en el sector secundario. La mayoría de los jóvenes soldados, voluntarios o reclutados, se han incorporado a filas nada más terminar la escuela secundaria, se han pasado los años siguientes años peleando en Guadalcanal, en Sicilia, en las playas de Normandía pero carecen de formación y de profesión. En 1944 se aprueba la «G.I. bill», o por su verdadero nombre la Ley de Reajuste de los Hombres en Servicio (Servicemen’s Adjustment Act). El gobierno ofrece apoyo económico para conseguir una educación superior a las personas que han contribuido al esfuerzo bélico. Los Estados Unidos tienen 140.000 millones de dólares en ahorros y bonos de guerra y con ese dinero se afronta la ayuda económica a los jóvenes desmovilizados y la reconversión del sistema industrial (las fábricas de armamento pasarán a hacer vehículos, lavadoras, frigoríficos y un enorme etcétera, lo que contribuirá decisivamente a la estabilización y bienestar de la clase media).

Las universidades norteamericanas se encontraron con que el gobierno estaba dispuesto a facilitar el acceso a la educación universitaria a toda una generación. La Universidad de Michigan tenía antes de la guerra menos de 10.000 estudiantes. En 1948 tenía más de 30.000. La Universidad de Siracusa vio pasar el número de alumnos de 6.000 antes de la guerra, a 19.000 en 1947. Por primera vez en la historia de la Humanidad, un país decidió que la educación universitaria no era un privilegio exclusivo de las élites económicas sino un derecho de todos, un elemento vertebrador y creador de cuadros medios y superiores y un sistema para el desarrollo económico del país. La G.I. bill tuvo otro efecto. Se indicaba específicamente que era también aplicable a las mujeres y a las minorías raciales que hubiesen participado en el esfuerzo militar y permitía matricularse en universidades extranjeras. De este modo el sistema universitario norteamericano se convirtió de una forma casi instantánea en mucho más abierto al interior y al exterior de lo que lo había sido nunca en su historia.

Con esta ley, Estados Unidos dio educación universitaria a 14 futuros ganadores del Premio Nóbel, a tres jueces del tribunal supremo, a tres presidentes, a una docena de senadores, a dos docenas de ganadores del premio Pulitzer, a 238.000 maestros, a 91.000 científicos, a 67.000 médicos, a 450.000 ingenieros, a 240.000 contables, a 17.000 periodistas, a 22.000 dentistas así como a un millón de abogados, enfermeras, empresarios, pilotos y otros. En el ámbito de las artes y las Humanidades, actores como Clint Eastwood o Paul Newman, escritores como Norman Mailer o Mario Puzo, también se acogieron a esta ley. Se generó y consolidó una enorme red de universidades, centros de investigación, escuelas superiores que formaron la base para el desarrollo de las siguientes décadas, consiguiendo desde entonces que Estados Unidos sea el país con mayor porcentaje de población universitaria del mundo, una garantía ante cualquier nuevo reto económico o social.

El segundo gran tema era cómo mantener y acrecentar el liderazgo mundial. La decisión política del presidente Truman fue un impulso gubernamental, con una planificación estratégica cuasimilitar al fomento de la investigación. Truman vio evidente que Estados Unidos ganaba la guerra por el esfuerzo, no solo de los infantes de Marina en Guadalcanal e Iwo Jima sino por los miles de científicos comprometidos en el esfuerzo militar. Toda una serie de productos salidos de los laboratorios de investigación: el radar, el sónar, el detonador de proximidad, los vehículos anfibios, los sistemas de guía de bombas y el más evidente, la bomba atómica estaban cambiando y acelerando el final de la guerra. También en el desarrollo necesario para pasar de la investigación básica a la producción en masa de medicamentos como sulfamidas y penicilina. También en el apoyo a heridos, construyendo centros de investigación en quemados, tuberculosis, estudios pioneros sobre cómo afrontar el daño psicológico o el diseño de la primera silla de ruedas motorizada. Los resultados de investigación se compartieron con los aliados y se transfirieron con rapidez al ámbito empresarial. En esa idea de ganar la paz mediante un esfuerzo inversor en investigación, la salud tenía un carácter prioritario: cada año morían más personas en Estados Unidos por cada una de distintas enfermedades que el total de bajas en la Guerra. Ese esfuerzo en salud se vio ya durante el desarrollo del conflicto bélico. La mortandad por enfermedades en las tropas americanas pasó de 14 por mil en la Primera Guerra Mundial a 0.6 por mil en la Segunda. En el informe «Science, the endless frontier», «La Ciencia, la frontera sin límites», realizado al terminar la guerra, se decía «Los descubrimientos relacionados con el progreso médico han venido a menudo de fuentes alejadas e inesperadas. Es seguro que volverá a suceder en el futuro. Es totalmente probable que el progreso en el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares, los trastornos renales, el cáncer y otras enfermedades para las que no tenemos cura vendrá como resultado de descubrimientos fundamentales en temas no relacionados con estas enfermedades y quizá de forma totalmente inesperada por el investigador. Es pues necesario un apoyo a la investigación básica, a la ciencia de frontera, al esfuerzo creativo»

La segunda mitad del siglo XX fue el escenario de un esfuerzo continuado a favor de las universidades y los centros de investigación. De este modo se produjo el mayor avance científico y tecnológico de la historia, siguiendo un claro diseño estratégico, combinado con una enorme flexibilidad para cada equipo de trabajo sobre lo que había que hacer y cómo hacerlo. El proceso de mejora fundamental entre 1950 y 2008 se basó en los siguientes parámetros:

•        Amplio apoyo gubernamental, sin regateo de medios, no sujeto a avatares políticos y dejando total libertad individual al investigador.

•        Promoción de grandes instituciones públicas impulsoras, coordinadoras y financiadoras de la ciencia: National Science Foundation, National Institutes of Health, NASA, National Institute of Standards and Technology, National Cancer Institute, DARPA (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa) y un largo etcétera.

•        Compromiso con la investigación básica. En el informe anteriormente mencionado «Ciencia, la frontera sin límites» se decía «la investigación básica es el marcapasos del progreso tecnológico y los nuevos productos y los nuevos procesos no aparecen de repente, sino que se fundamentan en nuevos principios y nuevos conceptos, que a su vez son esforzadamente desarrollados por la investigación en los ámbitos más puros de la Ciencia».

• Apoyo al mecenazgo y el esfuerzo investigador de entidades privadas: Rockefeller Foundation, Ford Foundation, J. Paul Getty Trust, Alfred P. Sloan Foundation, Bill and Melissa Gates Foundation, y varios cientos más. La Fundación de los esposos Gates disponía en el cierre del año fiscal 2006 de unos fondos de 33.120 millones de dólares.

• Captación de talento en todos los continentes. Los EEUU se convirtieron en el destino principal para jóvenes investigadores de todos los países del mundo. En la actualidad, 35.000 jóvenes hacen anualmente sus postdocs en universidades e instituciones norteamericanas. El primer firmante de un 43% de los artículos publicados en Science, quizá la principal revista científica, es un postdoc, muchos de ellos europeos.

• Fomento de la cooperación en investigación entre el sector público y el privado, facilitando la disponibilidad de los profesores e investigadores públicos para hacer trabajos útiles para las empresas.

• Refuerzo de las universidades, incluyendo su situación económica, marco legal y visibilidad social, como principales generadoras de mentes inquietas e investigación pionera.

• Apoyo a los sistemas de divulgación, estructuración y difusión de la ciencia incluyendo asociaciones profesionales, ciclos de conferencias, premios científicos, concursos para estudiantes de enseñanza primaria y secundaria, reconocimiento a los mejores maestros y un largo etcétera.

El efecto de estas medidas de apoyo a la investigación fue evidente y lo sigue siendo. Frente a los datos del periodo prebélico, Estados Unidos ha barrido en todos los premios Nóbel científicos desde entonces: entre dos tercios y tres cuartos de todos los premios en química, física o medicina y fisiología han ido a manos de norteamericanos. La diferencia es difícil que se reduzca, porque mientras que el gasto en I+D pública en Estados Unidos es un 1.06% del PIB, en la Unión Europea es del 0.78%. Ni siquiera Finlandia, el país que invierte una mayor parte de su presupuesto en I+D (1.03%) alcanza el nivel de Estados Unidos. Y hay 7 países de los 27 de la UE que no alcanzan el 0.3% (Grecia, Chipre, Eslovaquia, Luxemburgo, Rumanía, Letonia y Malta) . El esfuerzo total, público y privado, en I+D de la Unión Europea fue del 1.84% del PIB (1.12% en España). No solo era sustancialmente menor que sus principales competidores internacionales como Japón (3.33%) y los Estados Unidos (2.62%) sino que estaba lejos de la meta del 3% establecida para 2010 en la estrategia de Lisboa. Aunque China tiene un porcentaje aún menor que nuestra media (1.34% del PIB), en Europa está bajando ligeramente mientras que China lo aumenta a pasos agigantados. Quiero pensar que nunca habrá una Tercera Guerra Mundial, pero sigue siendo necesario ganar la paz. Y la conclusión es sencilla, Estados Unidos lo consiguió con dos medidas: facilitar el acceso a una educación superior de calidad a toda la población e impulsar la investigación y el desarrollo en todos los sectores, cuidando la ciencia básica y la transferencia tecnológica. Europa, con un sistema social más estructurado y unas raíces culturales más profundas lo puede y lo debe hacer aún mejor y así, construir un futuro sostenible y solidario para el mundo, con una visión de paz.

Leer más

Bok, D. (1990) Universities and the future of America. Duke University Press, Durham.

Humes, E. (2006) Over here. How the G.I. bill transformed the American dream. Harcourt, Orlando.

Registro de Fundaciones. http://foundationcenter.org/findfunders/topfunders/top100assets.html

Schoellhammer, W. (2003) The nobel Prize Survey 2003. http://intl.fh-pforzheim.de/about_pf/intl_office/publications/archiv/nobel03/default.html

Science, technology and innovation in Europe. Eurostat. 10 de marzo de 2008.