Una versión resumida de este ensayo se publicó en El País el día 12 de enero de 2009

En bastantes ciudades y bastantes universidades estamos viendo grupos de estudiantes que se manifiestan, en ocasiones violentamente, en contra de la adaptación al Espacio Europeo de Educación Superior, lo que también se conoce como proceso de Bolonia. Fue en la Universidad de Bolonia, la más antigua de la cultura occidental, donde se puso en marcha un compromiso de los países de Europa para hacer que los títulos universitarios tuvieran una dimensión internacional, una fácil comprensión por un empleador de cualquier país europeo, una estructura común de los planes de estudio que facilitara el intercambio y la movilidad, un impulso a una mayor competitividad de nuestras titulaciones y a aumentar su atractivo para captar estudiantes de América, Asia y África y un replanteamiento de los métodos docentes para convertir al estudiante en el centro del proceso de aprendizaje y en su verdadero protagonista. Los grupos estudiantiles anti-Espacio europeo incluyen habitualmente un componente anti-sistema pero fuera de ello resulta difícilmente comprensible que algunos estudiantes universitarios prefieran mantener lo que ahora tenemos. Parecen ludditas, asustados por lo que pueda deparar el futuro y aferrados a un sistema basado en la repetición memorística de los apuntes Aula antigua usotomados en clase y su regurgitación, lo más fidedigna e indigerida posible, en un examen escrito. El diálogo abierto con el profesor o profesora, la discusión de casos prácticos, el trabajo en equipo, la investigación sencilla, la reflexión y defensa pública de un tema son desgraciadamente más la excepción que la regla en las aulas universitarias. Y cuando lo hacemos nos maravillamos, docentes y estudiantes, de lo divertido e interesante que puede ser dar y recibir clase.

El aula Fray Luis de León de la Universidad de Salamanca, quizá el más antiguo que se conserva en una universidad de cualquier país del mundo, nos debería hacer reflexionar, pensando en su estructura y mobiliario, sobre su naturaleza y función. En este espacio docente del siglo XVI un profesor se subía, al fondo del aula, a una silla, una cátedra, y resumía y comentaba los aspectos más relevantes de un libro escrito por una autoridad en la materia. La cátedra está cubierta y elevada en una tarima, en un diseño que recuerda directamente a un púlpito. Cátedra Fray LuisEs un púlpito. Los estudiantes se sientan en bancadas corridas donde tienen una estrecha mesa delante en la que se dedican a tomar apuntes, a hacer marcas y grafitos y a charlar con el compañero de al lado. En un banco lateral, algo más amplio y cómodo, se sientan los ayudantes del profesor, alumnos aplicados y becarios. Los bancos son prácticamente troncos desbastados y, por supuesto, no hay calefacción por lo que aquellos pobres estudiantes tenían “derecho al pataleo”, la posibilidad de golpear el suelo con las piernas en momentos determinados para poder entrar en calor. Pero si no fuera por esta llamativa incomodidad, podríamos seguir dando clase en este aula con total normalidad. Profesores y estudiantes hacemos lo mismo que aquellos colegas del XVI, solo que utilizando proyectores y presentaciones en powerpoint. No es una buena señal en un mundo que ha cambiado tanto.

Debemos reflexionar sobre qué estamos enseñando. Hablando con empresarios que contratan a los licenciados a los que he dado clase, jamás me he encontrado con que me dijeran que les faltaban conocimientos de una materia, un tema del programa. Lo que echaban de menos es que tuvieran una cultura de compromiso y esfuerzo, iniciativa prudente, un conocimiento suficiente de idiomas, que supieran resolver problemas (no de matemáticas, de la vida real), que supieran elaborar un informe claro y legible, preparar un presupuesto, que supieran, en fin, escribir una carta. El Espacio Europeo es la oportunidad para sin dejar de tener los conocimientos imprescindibles de cada disciplina, no dediquemos todo el esfuerzo a memorizar datos que quedan olvidados pocos días después del examen y nos centremos en lo que de verdad es necesario, lo que un titulado necesita saber y saber hacer. Y es llamativo que a la hora de definir qué es necesario no coincida lo que opinan profesores, estudiantes, empleadores y la propia administración.

Quizá es el momento para que pensemos cuál debe ser el perfil mínimo de un universitario. ¿Estamos satisfechos con lo que enseñamos y lo que aprendemos? En mi opinión, no. Un estudiante universitario tiene que tener unas características distintivas, no es o no es solo haber entrado en un mayor grado de complejidad, profundidad y especialización de los estudios, sino haber estructurado su mente de una forma “superior”. ¿Y cuáles son esos requisitos, esa estructura mental, esa formación que debe tener un universitario? Primero, debe saber leer. Suena insultante pero es cierto, debe saber leer y extraer las ideas principales de un texto, someter a juicio crítico lo que ese autor afirma, ser capaz de contrastar con otras fuentes si es necesario y llegar a conclusiones propias, personales. Segundo, debe saber escribir. Y no hablo de no cometer faltas de ortografía, ni de saber poner letras juntas, eso lo doy por hecho, sino de comunicar con claridad, con eficacia, con una extensión equilibrada, con rigor en el uso de información externa, con la mente puesta en el lector. Puede ser un informe jurídico, una historia clínica o un proyecto de edificación, pero todos estos jóvenes universitarios van a tener que escribir y todos deben saber escribir bien. Hay tantos trabajos de clase productos del corta y pega, del plagio indiscriminado sin ni siquiera releerlo, de la banalidad más terrible, de un sentimentalismo cursi, del uso de fuentes sin credibilidad ninguna en igualdad de estatus con fuentes contrastadas, huérfanos de elaboración personal, que éste debería ser tema de preocupación para cualquier docente, para cualquier Facultad o Escuela Universitaria. Tercero, debe saber hablar. Hablar a una persona y hablar a cien. Ser capaz de presentar las ideas propias e indagar las ajenas. Conducir y ganar un debate. Respetar los tiempos y usar apoyos efectivos. Debe ser capaz de vender un objeto, su trabajo o a sí mismo. No es baladí: saber hablar bien se considera el primer factor de éxito en la carrera profesional de un universitario. Cuarto, debe tener disciplina. Realizar esfuerzos continuados en el tiempo. Hacer una programación, un plan y cumplirlo, comprometerse y respetar los compromisos. Ser leal con sus compañeros y consigo mismo. Y eso se aprende en un aula, pero también en un equipo de rugby o en el coro de la Universidad. Quinto, debe tener una visión internacional. Debe hablar inglés con soltura y tener una comprensión razonable de al menos otro idioma. Debe conocer otros países pero no como turista, sino como universitario. Eso implica tener unos conocimientos básicos de la política, la historia, las aspiraciones, fortalezas y dificultades de ese país. Debe ser capaz de viajar y adaptarse con rapidez y seguridad a otro país, a otra cultura. Debe tener flexibilidad y respeto a las costumbres ajenas y ser capaz de ajustar las propias. Sexto, debe ser creativo. En su trabajo y en su vida. Debe explorar el arte en cualquiera de sus manifestaciones: música, pintura, teatro, fotografía,… No solo como espectador sino como autor, involucrarse personalmente en una orquesta de jazz o en un fanzine punki, pero debe “pringarse”, no quedarse siempre al margen, debe implicarse. Debe enamorarse de algo y azuzar esa pasión. Séptimo, debe conocer las herramientas propias de su disciplina. En las ciencias, eso incluye el método científico y el análisis cuantitativo. En las ciencias sociales, el análisis histórico y también los métodos cuantitativos. En las Humanidades, las principales referencias de las grandes tradiciones culturales. No puedo concebir un estudiante de Física preocupado por lo que pone el horóscopo ni a una estudiante de Arqueología que odie el latín. Octavo, debe estar alfabetizado en las nuevas tecnologías. No solo chatear con el Messenger pero también chatear con el Messenger, configurar una cuenta de correo electrónico y usar una hoja de cálculo, construir una base de datos y editar un texto, una imagen y un video. Noveno, debe tener una cultura general. No puede ser que el estudiante de Historia del Arte, ante una regla de tres, o calcular un tanto por ciento, diga “yo es que soy de Letras” ni que el de Ingeniería Informática confunda a Augusto con San Agustín (o que no tenga ni idea de quienes son). Décimo y último. Un universitario tiene que tener una visión ética. En todas las épocas del mundo ha habido problemas y dilemas que han dado la medida del hombre. No es distinto en este comienzo del siglo XXI, y además ya no hay problemas locales ni soluciones únicas. Un universitario debe decidir sus valores, pensar su posición personal y lo que ello implica de actuación vital ante temas como el calentamiento global, la crisis energética, la eutanasia, la desigualdad norte-sur, la extinción de las especies, el uso de las células madre, la proporción capital-trabajo en los salarios, la relación Iglesia-Estado, y tantos otros. Estamos continuamente confrontados con dilemas éticos y morales, con problemas que marcan el futuro de nuestra sociedad y los universitarios deben tener una responsabilidad, una visión, un compromiso con sus conciudadanos y consigo mismos.

Desgraciadamente, vemos que la mayoría de nuestros estudiantes no participan en estos debates y entre los pocos que lo hacen, junto a muchos sensatos y ejemplares, hay algunos que tiran piedras contra Europa, otros solo están preocupados por si las tasas suben el 2% o el 4% y seguro que no es baladí que el usuario de la enseñanza universitaria pague el 10% o el 10.1% de su coste, algunos hablan de la desaparición de la universidad pública, cosa que no va a suceder porque es la mejor universidad que existe en España y en Europa y realmente, tengo la sensación que estamos en riesgo de desperdiciar una oportunidad única, realmente magnífica para construir el futuro. El futuro de la Universidad y el futuro de la Sociedad. La generación actual de estudiantes es la mejor de nuestra Historia. Tienen todo lo necesario para mejorar este país y conducir su futuro. Son nuestra gran esperanza y nos vamos a implicar para que aprovechen las oportunidades y las esperanzas que la sociedad actual tenemos puestos en ellos y ellas. A veces siento que tenemos las manos llenas de hojas y el rábano firmemente hincado en el suelo. Y el rábano es tener las mejores universidades y formar a los mejores universitarios del mundo. Y todo lo demás es secundario.